Nacido de mujer (Gál 4)

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La Virgen de Rosario. Bartolomé Esteban Murillo. Museo del Prado
La Virgen de Rosario. Bartolomé Esteban Murillo. Museo del Prado

Por Mar Carranza Jiménez

Acabamos de vivir el mes de la Virgen, y de su mano hemos comenzado el mes de junio, mes del Corazón de Jesús, su Hijo, al que tantas veces llevaría cogido de la mano en sus primeros pasos por Nazaret, y al que acompañó hasta su muerte y resurrección.

Ese corazón humano fue todo de María. Se formó y creció en su útero materno; en el claustro de la mujer que dijo «sí», sin condiciones, al don del amor, de la entrega, del servicio; la mujer que no tuvo miedo a la soledad, a la crítica, al juicio de los otros. Ella le abrió la puerta al amor y así el corazón humano de su hijo se nutrió del suyo. «Ella le ofreció una naturaleza con la cual se identificó el Verbo, y el fruto fue Jesucristo» (I. Larrañaga).

Fue María quien comunicó el estilo humano de amar al Verbo encarnado. De ella recibió el amor tierno de la madre que le recogió del suelo tantas veces cuando de niño se caía. De ella escuchó el susurro, orando en la noche, antes de dormir. De ella recibió el beso de buenas noches: «Descansa hijo mío; yo estoy aquí a tu lado». Con ella gustó el pan y el vino que se ofrece sin reservas al que entra a la casa o al invitado a la boda. Años adelante le recordaría a su hijo el apuro de aquellos novios que se quedaron sin vino (Jn 2,3). Y Jesús mismo en la noche del amor, «sabiendo que había llegado la hora de dejar este mundo para ir al Padre, y habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo […]» (Jn 13,1-2), tomó pan y vino y los transformó en su cuerpo para compartirlo con nosotros para siempre.

Fueron María y José quienes crearon para él aquel hogar lleno de pequeños detalles, donde los sentidos de la «llena de gracia» fueron las ventanas del corazón del hijo: el olor de la comida, siempre a punto, el de la madera recién cortada, el sonido del agua de la fuente y la del pozo al caer el cubo, el tacto de la caricia de la madre rozando la cara del adolescente que empieza a cambiar, y que algún día se irá de casa. Ella, con tantas delicadezas de amor, tocaba su corazón y le mostraba la mirada del Padre y, con la ayuda de José, fue modelando en la personalidad de aquel muchacho, el equilibrio afectivo que da el sentirse amado y acogido por unos padres que entregan su vida humilde y silenciosa por él. Y es que el amor descansa y se fortalece en el amor.

Ella le custodió desde lejos en su misión con la fuerza del amor, sin desánimo, aceptando cada palabra, cada uno de sus gestos, porque comparten el corazón. Aprendió las ternuras del amor de la mano de su madre. Y fue ella quien, aceptando sin comprender, miró a su hijo con su corazón de madre y lo acompañó herido por la traición, de los que entonces abandonándole huyeron (Mc 14,50), y de los que hoy se han apartado de Dios y han convertido la vida de los más débiles (pobres, enfermos, niños, mujeres), en el gemido de los descartados de la sociedad.

Los más débiles enternecieron el corazón de Jesucristo. ¿Era esto solo por ser Dios o heredó de su madre esa ternura, fortaleza y delicadeza de mujer llena de gracia?

El Verbo de la vida no quiso privarse del amor de una madre. Quiso estar nueve meses en su vientre, nacer de mujer, ser amamantado por una mujer y —lo que es más importante— recibir todos los afectos de una madre en esos momentos de la vida de bebé que, impotente, solo sabe recibir amor y ternura. Aprendió de ella la paciencia, la firmeza delicada y la suavidad en la educación. Jesús observó a su madre con admiración, la amó cuando guisaba para él y le daba a probar la comida, cuando ayudaba a sus vecinos, cuando iba con él por agua al pozo y jugaban a refrescarse con alguna gota derramada. Admiró a esa madre que aceptó la muerte de José sin desesperación, sin quejas. Esa mujer libre a la hora de decidir, que supo cuidar la vida material y espiritual de los que estaban a su alrededor, que supo reír y llorar en silencio. Que siempre estuvo a su lado hasta en el momento del Calvario, que le daba fuerza con solo cruzar sus miradas, la que recogió su sangre y la que le acompañó, sin desmayarse, para darle fuerza, a lo largo del camino hacia el Gólgota y al pie de la cruz. María tuvo —y tiene— esta influencia permanente en su hijo.

Por eso nos la dio como madre. Escribe Abelardo: «¡Madre, ha resucitado! grita (Juan) abrazándola. Y al poner la mirada en el rostro de ella descubre una paz, una serenidad, un gozo tan íntimo […]. Hasta ahora nunca se había fijado tanto en que los ojos de María eran idénticos a los ojos de Jesús. Y así, abrazando a la madre […] sucedió lo incomprensible: a través de María, Cristo resucitado se le estaba haciendo sensible. Sí, era él […]. Ahora ella se había transfigurado en Cristo, era el Verbo de la vida lo que palpaba con sus manos, estrechaba entre sus brazos y contemplaba con sus ojos» (Tiempo Pascual, p. 26).

Damos gracias a Cristo porque tuvo una madre y nos la regaló. Y damos gracias a todas las mujeres del mundo por el don de la maternidad: «Te doy gracias, mujer-madre, que te conviertes en seno del ser humano con la alegría y los dolores de parto de una experiencia única, la cual te hace sonrisa de Dios para el niño que viene a la luz y te hace guía de sus primeros pasos, apoyo de su crecimiento, punto de referencia en el posterior camino de la vida» (San Juan Pablo II, Carta a las mujeres, 1995, n.º 2).