Nada ni nadie debe escapar al influjo del Evangelio

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Calle. Foto: Cemeron Venti
Calle. Foto: Cemeron Venti

Extracto de Hora de los Laicos (pp. 181-210)


El laico se hace UNO con Cristo en el Bautismo. Comprende que Cristo no tiene hoy en la tierra otro corazón para amar, otros labios para hablar, otros pies para andar que los suyos. Si no los mueve, Jesús queda bloqueado en el sagrario, inmóvil en el cielo.

Jesucristo puede salvar sin intermediarios a todos los hombres, pero no quiere hacerlo sin nuestro concurso. Ni en Caná ni en la multiplicación de los panes hizo el milagro sin servirse del trabajo de los sirvientes llenando de agua las ánforas o de los «cinco panes de cebada y dos peces» (Jn 6,9) de aquel muchacho, que no sospechaba que iba a alimentar con su insignificante aportación nada menos que a «cinco mil hombres sin contar mujeres y niños» (Mt 14,21). Nosotros tampoco comprendemos que los hombres se conviertan si vivimos nuestro Bautismo, si dejamos que el dinamismo divino que encierra se expansione.

El objetivo de esta santidad laical tienes que situarlo en las estructuras temporales del mundo en que vives. Impregnar y transformar todo el tejido de la convivencia humana con los valores del Evangelio es vuestro cometido. «No hay actividad humana ajena a la solidaria tarea evangelizadora de los laicos» (san Juan Pablo II); pues «el cristiano que vive en el mundo es responsable de la edificación cristiana del orden temporal en sus diversos campos: política, cultura, arte, industria, comercio, agricultura» (san Juan Pablo II).

La pupila de un cristiano se dilata al contemplar la gama variadísima de actividades que el laico debe evangelizar. «Las grandes fuerzas que configuran el mundo —política, mass-media, ciencia, tecnología, cultura, educación, industria— son precisamente las áreas en que los laicos son especialmente competentes para ejercer su misión. Si estas fuerzas son conducidas por verdaderos discípulos de Cristo y, al mismo tiempo, plenamente competentes en el conocimiento de las ciencias seculares, entonces el mundo se transformaría con eficacia desde dentro mediante el poder redentor de Cristo» (san Juan Pablo II).

Múltiples son las realidades temporales que el cristiano tiene que evangelizar, pero todas se articulan alrededor de la familia, el trabajo y la cultura. En torno a este triple eje giran las restantes realidades: amistad, enseñanza, política, economía, editoriales, prensa, mass-media, diversiones, espectáculos, etc.

Nada ni nadie debe escapar al influjo del Evangelio. Cristo-Iglesia solo puede vivir y actuar con naturalidad y eficacia en las estructuras profanas del mundo a través del seglar que vive inmerso en ellas. La sangre solo vivifica la multiplicidad de células perdidas en las capas más recónditas del cuerpo humano utilizando los capilares. No bastan las arterias o venas. Sin el seglar, no puede penetrar la vida divina en los estratos más ocultos e invisibles del tejido social.

En el mundo del trabajo, y el de la cultura y de la ciencia, de la universidad y de la investigación, de la política y de la economía, de los sindicatos y de la enseñanza, de la prensa y de la televisión…, son los laicos quienes encarnan a Cristo-Iglesia.

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