Y usted, ¿de qué se asombra?

143
¿De qué se asombra? Ilustración: José Miguel de la Peña
¿De qué se asombra? Ilustración: José Miguel de la Peña

Una de las cualidades que tienen los niños y que hemos perdido —también ellos a partir de cierta edad y por culpa de los mayores— es la capacidad de asombro: esa emoción gratificante que nos produce la contemplación de algo o alguien que atrae nuestra atención, que encierra algo misterioso y que nos invita a descubrirlo.

Si queremos educar de verdad y aprender a vivir, urge recuperar la capacidad de asombrarse: mirar con los ojos de un niño la realidad e intentar comprenderla de modo respetuoso, ya se trate de la naturaleza, de obras humanas o de las mismas personas.

A partir del asombro surge la necesidad de investigar, de profundizar en lo contemplado. Así surgió la filosofía cuando unos griegos fomentaron su capacidad de admirar la naturaleza y, más allá de su utilidad, buscaron una explicación racional. En la misma línea, santo Tomás decía que el asombro es el motor del conocimiento. Pero, de modo más personal y cercano, podemos recordar que el amor, las aficiones, la amistad o el enamoramiento comienzan por el asombro: algo o alguien llama nuestra atención, nos atrae.

Por lo tanto, en la medida en que no hay asombro, es difícil que surja el aprendizaje; mucho menos la sabiduría, la contemplación ni el amor.

En la actualidad, nuestros jóvenes, y también los adultos, han perdido la capacidad de asombrarse y, en gran medida, de ser felices con lo que los rodea. Lo peor de todo es que estamos quitando esa capacidad a los niños, les estamos robando su imaginación, su creatividad y los estamos convirtiendo en adultos precoces, aburridos: les robamos lo mejor de la infancia, al abortar la capacidad de asombro por culpa de la sobre estimulación de tantos aparatos electrónicos y del mundo audiovisual. Juguetes sin botones ni pilas, dicen los pedagogos. Nada de móviles ni tabletas hasta una determinada edad, dicen los padres que trabajan en el Silicon Valley donde se genera parte del mundo digital que nos domina.

Pero si el asombro es una capacidad humana, ¿cómo la hemos perdido en la sociedad del conocimiento? Una primera causa es el embotamiento que padecemos por exceso de noticias, de estímulos sensitivos: ya no se soportan el silencio ni la reflexión. El consumo incesante de series, los mensajes en las redes, la hipertrofia informativa, etc., en definitiva, el exceso de ruido nos ha atrofiado la capacidad de asombro.

Una segunda causa es la aceleración de la vida. Todo transcurre demasiado deprisa: apenas hemos digerido las noticias de ayer y ya un tsunami de información —generalmente irrelevante— nos inunda. Es normal que el ritmo incesante de estímulos impida digerir las noticias, los acontecimientos, las películas o las series. No podemos saborear, solo deglutir y olvidar.

En consecuencia, la tercera causa es la frivolidad y superficialidad con que se aborda todo. Es imposible que nada deje poso porque no hay reposo. Prima la rapidez y la inminencia de las noticias más que su veracidad, el número de seguidores de una serie más que su calidad artística, etc. En definitiva, se confunde la opinión con la verdad, la apariencia con la belleza. Ambas —opinión y apariencia—, se miden por la audiencia y se consumen como si el número de seguidores fuera el criterio máximo.

Ante este panorama, urge aprender a mirar como si acabásemos de despertarnos a la vida para poder disfrutar de la misma con todos sus encantos. Hay que recuperar la mirada de los niños ante la realidad, dejar que esta nos atraiga por sí misma, no por el precio ni el consumo que ha establecido la sociedad. Estas navidades he aprendido mucho de ellos. Uno de mis nietos, con apenas año y medio, al recibir uno de los regalos de Reyes, nos sorprendió a todos mostrando su asombro y felicidad al ver la caja del juguete en el que aparecía impreso uno de sus muñecos favoritos. Eso le bastaba para ser feliz. Poco le importaba el juguete mismo que contenía, a pesar de la insistencia de los adultos en que se fijara en el mismo.

Para recuperar el asombro se necesita reducir la velocidad vital. Como dijo uno de sus precursores del movimiento slow life, que cada vez tiene más seguidores: «Tranquilízate y disfruta de la vida. Al ir demasiado rápido, no solo perderás el paisaje que te rodea, sino también la idea de hacia dónde vas y por qué».

En segundo lugar, tenemos que fomentar el silencio. Un bien cada vez más escaso, aunque también más necesario. Pascal decía que la mayor parte de los problemas de la humanidad provienen de la incapacidad de estar a solas en silencio en su habitación.

Por último, cultivar la humildad. Olvidarse de uno mismo, aceptar que no somos ni el centro ni lo más importante del universo, que hay algo o alguien más importante, que no depende de mí, pero que tiene un valor que merece la pena descubrir.

Si sabemos mirar con la mirada fresca y confiada de quien descubre el mundo como un espectáculo, nos surgirán muchas ocasiones de disfrutar.

La naturaleza es una ocasión constante para suscitar nuestro asombro: la contemplación de una simple flor, la sinfonía del viento en un bosque con su policromía, la puesta de sol, el amanecer o la inmensidad del mar. Recuerdo cómo me emocionó, tras días de internamiento en un hospital, oír la lluvia, ver y oler la tierra, la naturaleza como recién lavada, etc., todo un espectáculo que había dejado de disfrutar en la vida ordinaria acelerada.

La contemplación pausada del arte, ya sea la literatura, la pintura, la música o el cine etc., es un segundo bloque para cultivar el asombro. Son obras de arte porque han sabido reflejar la belleza a través de creaciones materiales: desde la simple lectura de los clásicos, hasta la visión de una gran película nos permiten conversar con lo mejor de los mejores. Por eso soportan y soportarán el paso del tiempo. Por el contrario, lo que hoy se produce con demasiada frecuencia es entretenimiento consumista que pretende distraer, entretener, divertir, con mil cosas que atrapan pero que no aportan nada.

Pero el asombro alcanza todo su esplendor en la contemplación de las personas tal como son: un misterio maravilloso, irrepetible que solo se comprende «cuando se ve con el corazón, porque lo esencial es invisible a los ojos» que diría el Principito.

El asombro genera una actitud de alegría, frescura y gratitud ante la vida, ya se trate de vivencias extraordinarias como de esos asuntos ordinarios que cada día nos rodean y que no suelen despertar nuestra atención. En estos días de pandemia hemos aprendido a valorar las pequeñas cosas, tales como salir de casa, tomar un café, pasear o disfrutar del ocio. Una buena lección si la sabemos aprovechar.

Como decía el famoso psicólogo Maslow: «Las personas autorrealizadas tienen la maravillosa capacidad de apreciar, una y otra vez, los bienes fundamentales de la vida, […] cualquier puesta de sol puede ser tan hermosa como la primera, cualquier flor puede tener un encanto arrebatador, […] un hombre puede seguir tan encantado con su matrimonio y maravillarse de la belleza de su esposa a los 60 años igual que cuando tenía 20 […] —y concluye— para una persona así, incluso un día normal de trabajo, el vivir cotidiano, puede ser emocionante y estar lleno de ilusión.

Artículo anteriorNada ni nadie debe escapar al influjo del Evangelio
Artículo siguienteLa aventura cristiana de comunicar