¡No nos basta con ser buenos!

Conferencia en la XVIII Reunión de Amigos de la Ciudad Católica, Valladolid, 14.10.1979 (extracto). Publicada en Rocas en el Oleaje. Abelardo de Armas. Ed. Cruzada de Santa María, 1980.

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El esposo y las vírgenes necias
El esposo y las vírgenes necias

Quiero hacer a todos un llamamiento: ¡No es suficiente ser buenos! Los momentos que estamos viviendo nos precisan no solamente como buenos, ni siquiera como muy buenos, sino precisan que nuestras vidas sean santas. El capítulo 25 de san Mateo es sorprendente. En este capítulo el evangelista nos propone dos parábolas y una profecía de los últimos tiempos. En ellas se condenará, no por hacer el mal, sino por lo que podríamos llamar el no bien.

La primera parábola es la de las vírgenes necias. Aquellas vírgenes en el momento en que se presentan llegan tarde: «¡Ábrenos, ábrenos!». Pero Cristo las rechaza. ¡Son vírgenes! ¡No han hecho nada malo! Pero se les ha acabado el aceite. Habían agotado la luz para iluminar, el alimento para dar de comer, la medicina para curar.

La segunda parábola es la de los talentos y aquí Cristo rechaza a un alma que no dice en el momento de pedirle cuentas: «no tengo nada». Entrega el talento que tiene todavía, pero no es suficiente: «Quitádselo a éste y dádselo al que tenga cinco».

La condenación —en la aseveración del juicio final— es «porque tuve hambre y no me diste de comer, tuve sed y no me diste de beber, porque estaba desnudo y no me vestiste, porque estaba enfermo y no me visitaste». No es porque hiciste mal, es porque no hiciste bien.

Entonces, ¡no nos basta con ser buenos, ni siquiera muy buenos; hay que ser santos! Hay que actuar. Ahora bien, en el momento en que se descubre ante nosotros un panorama gigantesco de acción, donde nos sentimos incapaces frente a las necesidades del momento presente para realizar grandes acciones, en seguida sufrimos el espejismo de querer proyectar nuestra acción con el tecnicismo, como si el bien espiritual que nosotros deseamos realizar, pudiese equipararse al bien material que cualquier empresa puramente humana proyecta, planifica, realiza, desarrolla. Los planes de Dios son distintos de los de los hombres y por eso hay que poner la mirada en Él.

Nos advierte san Ignacio: ¡Cuidado con el deseo de riquezas, que a veces podemos apetecer por deseo de hacer bien! ¡Cuánta necesidad vemos en el mundo! ¡Cómo me gustaría ser millonario para distribuir mis millones! ¡Cómo me gustaría tener mucho más talento, ser un gran orador para poder utilizar los medios de comunicación social, escribir, tener una magnífica pluma ágil! Queremos talento para hacer el bien y es magnífico ese deseo de riquezas para hacer el bien, pero ¿qué se sigue a tener riquezas? Inmediatamente que una persona tiene riquezas (por ejemplo, en el campo del dinero), a su alrededor está la adulación, y además pone más la seguridad en el dinero que la confianza en Dios; pone la confianza en las riquezas. Y en los talentos humanos, que son riquezas, porque todo don, todo bien, todo talento que es estimable para una persona y para los demás, eso es riqueza. ¿Tengo salud?, ¿la salud es estimable para mí? Sí. ¿Es estimable para los demás? Sí. Luego tengo riqueza. ¿Tengo inteligencia? ¿Tengo belleza? ¿Tengo simpatía? Pues poseo riqueza.

De todos estos dones y talentos de los cuales Dios nos ha dotado, —y que tenemos en posesión como administradores— se nos va a exigir cuentas. De esta riqueza mía personal tengo que dar a los que están a mi alrededor. Esa es la parábola de los talentos. Ahí está el no hacer el bien. Ahí está la condenación de las vírgenes necias. Todos podemos hacer mucho más.