Ser o no ser

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Santiago Arellano
Hernández
El beligerante asunto de la
ideología de género nos exige descubrir la razón profunda del más radical y
antihumano de los modos de confrontación propios de la dialéctica marxista. La
oposición entre hombre y mujer como opresores y oprimidos, amos y esclavos,
capitalistas y obreros, pone en el punto de mira la vocación suprema del ser
humano al amor y la continuidad de la especie, en el cobijo natural de la
familia. Sólo desde un odio misterioso al ser humano puede explicarse la locura
colectiva que propicia la destrucción de la vida humana prefigurada en el grito
de Don Álvaro (Duque de Rivas) “Perezca la raza humana” o el de Vicente
Aleixandre “Humano no nazcas”.
Buscando esas claves
misteriosas recuerdo la obra teatral Calígula de Albert Camus, escritor
prototipo de un existencialismo ateo y desesperado, amargo hasta negar el
sentido de la existencia, aun de la más evidente realidad y proclive a dejar al
hombre abocado a la desesperación sin otra salida, en su lucidez, que la de la muerte
o la de la crueldad.
Escrita en 1937, y estrenada
en 1945 en el Teatro Hébertot en París, su versión definitiva apareció en 1957.
Sorprende que aún humeante el mundo por la tragedia de la Guerra Mundial, ofrezca
el autor como clave de las locuras recientes la presentación de un tirano que
acaba de descubrir el sinsentido de una existencia en que ni amor, ni belleza,
ni trascendencia sirven de consuelo. Aspirar a lo imposible es la clave de la
vida, simbolizada en el “traedme la luna” que reclama el Emperador. ¿Qué le
falta al hombre moderno para que se haya atrevido a todo? Probablemente, una
vez proclamada la muerte de Dios, destruir cualquier cosa que recuerde su
imagen, por ejemplo el amor entre un hombre y una mujer en el cobijo sagrado de
la familia. Recomiendo que leáis la escena XII del Acto primero. Cesonia es la
vieja amante, contrapunto de un mínimo de cordura y sensatez. Oigamos:

“CALÍGULA …¿De qué me sirve
este asombroso poder si no puedo cambiar el orden de las cosas, si no puedo
hacer que el sol se ponga por el este, que el sufrimiento decrezca y que los
que nacen no mueran…. si no tengo influencia sobre el orden de este mundo?

CESONIA Pero eso es querer
igualarse a los dioses.

CALÍGULA. ¿Qué es un dios
para que yo desee igualarme a él? Lo que deseo hoy con todas mis fuerzas está
por encima de los dioses. Tomo a mi cargo un reino donde lo imposible es rey.

CESONIA No podrás hacer que
el cielo no sea cielo, que un rostro hermoso se vuelva feo, un corazón humano,
insensible.

CALÍGULA (con exaltación
creciente. Quiero mezclar el cielo con el mar, confundir fealdad y belleza,
hacer brotar la risa del sufrimiento.

CESONIA (erguida delante de
él y suplicante) Hay lo bueno y lo malo, lo grande y lo bajo, lo justo y lo
injusto. Te aseguro que todo esto no cambiará.

CALÍGULA (en el mismo tono)
Mi voluntad es cambiarlo. Haré a este siglo el don de la igualdad. Y cuando todo
esté nivelado, lo imposible al fin en la tierra, la luna en mis manos, entonces
quizá yo mismo esté transformado y el mundo conmigo; entonces, al fin, los
hombres no morirán y serán dichosos.”

Alguna vez os he traído al
acuarelista Steve Hanks. Hoy no comento sus obras. Ofrezco dos imágenes
contrapuestas. Huir hacia delante o entregar la vida como razón de vivir. Esta
es la cuestión.