Nuevos y viejos conversos

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Fuego. Foto: Harut Movsisyan
Fuego. Foto: Harut Movsisyan

Por Miriam del Álamo Toraño

Para los que tenemos la suerte de haber heredado la fe hay un gran peligro: quedarnos con esa fe sin hacerla propia. Hasta que no tienes un encuentro con Cristo, tu fe es fe heredada y, si solo es eso, acabará por morir o hacerse superficial.

Quizás puede parecer que las conversiones tienen que ser espectaculares como la caída del caballo de san Pablo o el impresionante cambio de vida de la actriz Eva Lavallière. También los cristianos de siempre podemos y debemos experimentar un cambio que pase de «no sé muy bien si este Dios del que me han hablado existe» a como diría el también converso André Frossard «Dios existe, yo me lo encontré».

La conversión es un camino

En mi caso la conversión es un camino. El primer momento de conversión quizás no fue algo como para lanzar fuegos artificiales exteriormente, pero me marcó tanto que recuerdo incluso la fecha y el instante en que pasó: en un momento de oración supe que Dios existía y que me había creado a mí en concreto por amor. Esta experiencia fue el inicio de un camino que no siempre ha sido de rosas.

Ahí descubrí —y a día de hoy sigo experimentando— que la conversión es como una subida a la montaña, llena de ascensos y descensos. Es decir, después de una conversión como la que tuve el 18 de diciembre de 2014 he vivido momentos de oscuridad en los que no se siente a Dios. Yo me imagino que es algo así como ser madre. Cuando observo la entrega de las madres pienso que quizá no siempre les apetezca cuidar de sus hijos, por ejemplo, cuando lloran a las tres de la mañana, pero el amor y la entrega que les profesan, supera el sentimiento de apetencia del momento. Es decir, aprendí que no siempre podemos vivir con el sentimiento de la presencia de Dios y es ahí donde verdaderamente se demuestra el amor.

Intuyo que esta es la razón por la que fracasan muchas de nuestras relaciones en la sociedad en la que vivimos. Estamos acostumbrados a que cuando no hay sentimiento no hay amor y abandonamos la tarea comenzada o el compromiso adquirido. En la vida cristiana hay momentos de luz en los que tienes todo muy claro y el amor que sientes te lleva a emprender grandes acciones, pero otros hay que seguir caminando más a oscuras y vivir de fe.

La eucaristía: fuerza de conversión

Otro de los momentos cumbre en mi impulso de conversión fue cuando un amigo me invitó a ir a misa diaria en la universidad. Dios me concedió la gracia de ser consciente de la fuerza que me daba la eucaristía. En un ambiente que no era nada cristiano salía todos los días con una fortaleza especial para enfrentar todo lo que tuviera en el día y poner a Dios en mi vida, inundando mi realidad y la de mis compañeros. Es cierto que esta fuerza dejé de sentirla con el tiempo, pero confío en que Dios, que mostró en su momento esta realidad, sigue actuando, aunque ya no tenga este sentimiento.

Esto me ha hecho pensar mucho sobre el valor de la eucaristía. La eucaristía es algo tan cotidiano que nos acabamos acostumbrando a ella, incluso desconectamos muchas veces o vamos «por cumplir». Y, sin embargo, creo que aquí se cumple más que nunca la frase esa tan citada de El principito de que «lo esencial es invisible a los ojos». En la eucaristía ocurren verdaderos milagros y no somos conscientes de nuestro encuentro con Cristo en ella. Dios ha querido quedarse con nosotros para siempre y nunca deberíamos acostumbrarnos a ello, siempre debería ser motivo de celebración.

Recientemente he visto una película que se titula Vivo; muestra la conversión de una serie de personas contemplando el cuerpo de Jesús en la eucaristía. Me impresionó porque interpela nuestro corazón: Cristo eucaristía, que nosotros vivimos ordinariamente, es algo extraordinario, oculto en nuestra cotidianidad.

Nos acostumbramos a ir a misa todos los domingos, incluso todos los días. Pedimos «pequeños» milagros a Dios (la curación de alguien, la conversión de un familiar, tener el trabajo de mis sueños…) y no nos damos cuenta o, mejor dicho, no nos enteramos de que, realmente el mayor milagro es que Dios esté en un trozo de pan y que suceda todos los días, a todas las horas todas las horas y en todo el mundo.

¿Por qué no nos damos cuenta de lo extraordinario de tener a Cristo eucaristía al alcance de nuestro corazón? Quizá sea necesario que pasemos momentos de oscuridad y desde la ausencia experimentar su presencia infinita. Pidamos el milagro de la conversión diaria, de un encuentro diario, de una escucha diaria.

La conversión de la vida

Podríamos hablar de una primera conversión, más o menos espectacular a los ojos de los hombres, pero volver todos los días los ojos para mirarlo, el oído para escucharlo, las manos para acariciar a un Dios que ya no es un desconocido, este es el gran regalo. Un regalo que hay que cuidar, como se custodia el amor de un amigo que merece la pena cuidar. Así tiene que ser nuestra relación con Dios.

La primera conversión podríamos plasmarla en la imagen de una cerilla encendiéndose, lo hace de repente y pasando de la oscuridad a la luz. Sin embargo, la conversión de la vida es ese mismo fuego constante, que se cuida para que no se apague. Puede que ya no sorprenda tanto como el primer momento del amor apasionado, pero es la llama que crece si sabemos alimentarla con los troncos adecuados. La oración es esos troncos, porque es el dialogo con aquel que sabes te ama y tú le amas a él.

Orar es como cuando quedas a hablar con un amigo; la lectura de los evangelios, como cuando quieres conocer toda su vida; acercarse a los sacramentos, como cuando alimentas la mistad, cuidar los detalles más delicados que sabes agradan a tu amigo; y hacer unos ejercicios espirituales como cuando dedicas tiempo exclusivo para convivir y conocer a ese amigo.

La conversión es un don que debemos pedir con fe a nuestro Padre que siempre está deseoso de concedérnoslo, pero requiere de una apertura, de una escucha, de una mirada abierta, de una constancia en el amor. Cuando somos capaces de verlo, el premio es nuestra felicidad.

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