Oración a san José en Nazaret

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La Sagrada Familia
La Sagrada Familia

Oracional de la Cruzada de Santa María (Madrid, 1979), pp. 63-65.


El papa Francisco ha declarado 2021 como el Año de San José. Con este motivo ofrecemos a los lectores esta oración compuesta por el P. Morales, que refleja su intimidad con san José, a la cual invitaba también a los cruzados y a todos los llamados a vivir más a fondo su vida cristiana. En ella san José aparece como maestro de vida en las tareas cotidianas.


En Nazaret adoras desapareciendo, amas ocultándote entre dificultades y sinsabores, goces y consuelos. Enséñame a vivir en paciencia aceptando contrariedades y disgustos, alegrías y satisfacciones.

En paciencia que mira al Padre mientras repites: Aceptar sin un desmayo todas tus rosas en flor. Aceptar sobre mis ojos, sin temblar, todo tu sol.

San José: Haz del corazón de cada cruzado(a) un santuario de paz en medio de la agitación del mundo. Introdúcenos en Nazaret. Música callada, soledad sonora, divino silencio, preludio de eterna armonía. Silencio que acoge y embelesa, sosiego de remanso, renacer de oasis.

Dos Silenciarios te rodean. Una sola palabra de Jesús en treinta años, nos dice el Evangelio. Una reflexión: ¿No sabíais…? De María, solo una queja: ¡Hijo!, ¿por qué…? De ti, ni una sílaba, absolutamente nada. ¡Qué bien comprendiste su lección! Enséñame a callar ante la voluntad de Dios. En todo, en todos, siempre. Tu silencio oculto en Galilea es la flor cargada de rocío y de los perfumes de tu oración. ¡José, padre y ejemplar de las almas interiores! Ir por ti a María es ir derechos a Dios. Es ser, para Ellos, otro Jesús; para las almas, otro Cristo. Alcánzame corazón virginal, profundo silencio de todas las cosas de la tierra.

Tú y María en Nazaret sois la vida más divina bajo las apariencias más vulgares. La vida más fecunda cara a todos los horizontes de la Redención. La fe lo transfigura todo. El amor todo lo eterniza. Aquí está el secreto de la santidad de Nazaret, el «caminito» de Santa Teresita y la Cruzada. Nuestros actos más insignificantes, unidos a Jesús, revisten amplitud infinita, resuenan en todos los lugares y tiempos, repercuten en todos los escenarios del mundo, agitan todos los niveles de la Iglesia, tienen inconmensurable valor de eternidad.

En Nazaret, Jesús me enamora, me enloquece, porque me enseña a proceder en las cosas pequeñas, en apariencia insignificantes. Son las que tejen mi santidad cruzada. Enséñame, José, a pasar por la tierra como la Virgen, guardando todas las cosas en el corazón, sepultándome en el fondo de mi alma para perderme, transformarme en la Trinidad que en ella mora.

Mete a toda la Cruzada en Nazaret. Enséñale a desaparecer amando, a vivir el encanto de lo diminuto. Alcánzame ser perfecto en lo ordinario y menudo, santo en lo profano, celestial en lo terreno, eterno en lo temporal. ¡Virtudes pequeñas, musgo al microscopio, bellísima flor! Silencio invernal que preludia cantares de primavera. En el sencillo tapiz de mi vida oculta en obediencia y trabajo se entremezcla siempre el hilo de oro y sangre de mi misión redentora.

San José, gran padre de las almas, mira a la Cruzada de tu Esposa virginal. Enséñanos a saborear nuestra nada, a palpar nuestra insignificancia. Así la contemplaremos sin cansarnos, viviremos su mensaje. Haznos almas pequeñas que conducidas por la Virgen «cambiarán el curso de las cosas», salvarán en Jesús, con Ella, al mundo.

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