El Estado pretende ser Dios

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La adoración del becerro de oro. Nicolás Poussin (1634). National Gallery, Londres
La adoración del becerro de oro. Nicolás Poussin (1634). National Gallery, Londres

A la vista está que España no es el pueblo bendecido cuyo Dios es el Señor. Me gustaría saber si alguna de sus leyes se acerca siquiera a la ley natural, no me atrevo a hacer la comparación con la ley de Dios. Pero no os preocupéis porque lo importante es ser moderno, sentir el privilegio de que vives en el siglo XXI y, por lo tanto, en la cumbre de toda fortuna y saber. ¡Hay que ver! Con esta serie de expresiones: tienes que ser avanzado, lo importante es ser actual, tienes que ser progresista o dichos por el estilo, sin darte cuenta, habrán quitado de tu conciencia no solo la ley natural, sino la ley de Dios. Por ejemplo, no matarás.

Resulta curioso que se tenga como ideal indiscutible el no a la pena de muerte. Ningún delito por grave que sea ha de ser condenado a la pérdida de la vida, y nos parece cuando menos aceptable. Lo que no entendemos es que bajo el paraguas de la misma concepción ética, se acepte la codena a muerte de los niños, para colmo en el vientre de las madres, y se condene a muerte a desvalidos, enfermos descartados, ancianos abandonados, y todo lo que en la peligrosa pendiente se vaya sumando. De Cristo —los entendidos de la religión cuando veían sus milagros lo achacaban a obra del diablo, porque solo Dios podía hacerlos y tenían razón— lo que ignoraban era que Jesús de Nazaret es el Verbo de Dios; cuando veo a nuestro Estado me ocurre lo mismo.

Paradójicamente, desde su ateísmo a todo Dios trascendente, asume las competencias que solo a Dios corresponden, el Estado se convierte en un dios que no ha de tardar en exigir adoración. Igual que ocurrió en tantas tiranías, igual que pasó en el Imperio romano. Y mira por dónde, hago la misma deducción que los judíos sobre Cristo, esto solo puede ser obra del diablo, y además tengo la certeza de que viendo sus obras, el Estado, que no tiene más analogía que el poder recibido, no tengo la menor duda de que el Príncipe de las Tinieblas se ha asentado entre nosotros. Me detengo en el no matarás; pero repasad el decálogo desde el amarás a Dios sobre todas las cosas al no codiciarás los bienes ajenos. No hay mandamiento de Dios que no sea conculcado.

No puedo evitar que me venga el recuerdo del pueblo de Israel en el desierto en el momento en que hicieron un becerro de oro e, imitando la moral costumbres y fiestas de los pueblos vecinos, adoraron al becerro. ¿Cuál fue la reacción de Dios? Recordáis que Moisés rompió las dos tablas de piedra que recogían la Ley. Dios envió unas serpientes venenosas que mataban a quienes les picaban, pero solo se podían curar mirando el símbolo que Dios le reveló a Moisés, unas serpientes asentadas en el crucero alto de un madero. Nuestro remedio es la cruz.

A veces pienso que nuestro mundo está en medio de sus sufrimientos y contrariedades metido de lleno en una fiesta permanente. No podemos pasar sin los bares abiertos, no podemos pasar sin las fiestas de Navidad, en lo que tienen de festejo mundano —no me refiero a la celebración familiar de los creyentes en el templo y en casa— una fiesta que en lugar del Niño celebran al becerro de oro. Por eso os elijo este óleo de Nicolás Poussin (1634), La adoración del becerro de oro. El pueblo celebra al ídolo bovino mientras, a distancia, Moisés desciende del monte.

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