Pentecostés. Vidrieras en Zamora (IV)

Belleza Trinidad

53
Pentecostés, vidriera IV
Pentecostés, vidriera IV

Por Rogelio Cabado

El camino de la contemplación de la Trinidad continúa en esta tercera vidriera, Pentecostés. Es novedad, gozne entre la creación del Padre, la redención del Hijo y la plenitud de la Vida Consagrada (cuarta vidriera), máxima expresión de la Belleza de la Trinidad que se hace persona, humanidad en Jesús. Esta vidriera de Pentecostés se asienta nuevamente en el camino de la vida. Dios se abaja a los hombres también a través del Espíritu Santo. Ninguna naturaleza podría soportar tanta belleza y tanto bien sin el Espíritu.

El musgo verde ya no está en el camino como en la segunda vidriera «La Redención», ni es color de arco iris como en la primera vidriera «La Creación». El camino de Pentecostés es de tierra y piedra. «Los discípulos se habían reunido con las puertas cerradas por miedo a las autoridades judías» (Jn 20,19). El Espíritu viene a suavizar la piedra y vestir la tierra, musgo sobre roca.

El Espíritu desciende al camino de la vida, entre los hombres. Se introduce en nosotros y desde dentro, todo lo baña y llena de luz. Aquel que está habitado por el Espíritu Santo es una criatura nueva, una presencia del Amor en la tierra, una luz encendida que ilumina la oscuridad del mundo, una linterna de esperanza.

Pentecostés es todo color en esta vidriera, el color vivo de la primera vidriera de la creación. Esta vez el arco iris se encuentra en cada una de las lenguas de fuego que representa a los apóstoles reunidos en cenáculo con María, madre de Jesús, en el centro. Doce llamaradas. El número doce simboliza el orden y el bien, la perfección absoluta, es la aspiración de la justicia. Esas doce lenguas tienen su propia personalidad. Son todas diferentes. La santidad es única y particular. El Espíritu los ha vestido así, diversos, únicos e irrepetibles, ni mejores ni peores, «antojos de Dios». No hay un santo igual a otro. El Espíritu nos santifica y ama en particular y nos hace diversos; nuestra huella digital y ADN, llamemos espiritual, es único y particular.

El colegio apostólico queda unido por una elipse imaginaria, curva, plana, simple y cerrada con dos ejes de simetría, la imagen afín de la circunferencia, la perfección. Es la elipse que se forma en el agua contenida en un vaso cilíndrico que inclinamos. Esta elipse en el arte es una representación de la santidad. Muchas obras de Miguel Ángel presentan esta realidad. Caravaggio era el gran maestro de las elipses. Frank Gery diseñó parte del museo Guggenheim de Bilbao sobre la inmensa escultura La materia del tiempo, de su amigo el escultor Richard Serra, un conjunto enorme de volúmenes basados en elipses que «permiten moverse entre lo público y lo privado, lo exterior y lo interior» (Richard Serra).

«Me seduce la curva libre y sensual, la curva que encuentro en las montañas de mi país, en el curso sinuoso de sus ríos, de curvas está hecho todo el universo, el universo curvo de Einstein» (Oscar Niemeyer). «La curva tiene un espíritu rebelde, flexible, abierto y, en ocasiones, cerrado… Las curvas suponen un descanso en el pensamiento matemático, la puerta a un universo infinito de relaciones, formas, sorpresas, familias…, las curvas desencadenan una asociación con la sensación de movimiento (Josep Sales y Francesc Banyuls).

Hay otra elipse imaginaria menor en el interior del colegio apostólico. Aparecen siete flores que configuran la nueva línea, son los dones del Espíritu Santo: temor, fortaleza, piedad, conocimiento, ciencia, entendimiento y sabiduría. Son los siete dones, número que simboliza el equilibrio, la totalidad y la perfección. Consideraba este número la armonía de las leyes cósmicas y la unión del ser humano con el universo.

Cada don viste la identidad de cada lengua de fuego, de cada discípulo de Jesús. Cada don del Espíritu se estructura por ocho ejes de color, número de estabilidad, orden y confianza. Es la representación de la abundancia y la prosperidad. Es el número positivo en el camino de la vida. El Espíritu actúa así en nosotros.

Y a la izquierda una llama de fuego discreta, entre los apóstoles y María; una llama que se eleva, como entrelazando dos manos en oración que tienden al infinito vertical en rojo y ocres. Nos recuerda la noche oscura del alma en S. Juan de la Cruz, en el silencio del anonadamiento, «con las puertas cerradas por temor a los judíos» (Jn 20,19). Antes la oscuridad era miedo, ahora es refugio. Quedan paralizadas todas sus iniciativas, con la duda y la interrogante del futuro. Sólo queda vivir plenamente el ahora, el momento presente. Ya sólo queda el abandono absoluto y misterioso de la voluntad de Dios y de su Espíritu. Así vivían los discípulos en cenáculo.

En el centro, María, la Inmaculada, presente en la creación y la redención, vidrieras marianas, blanco y azul. Ella en el camino, en el cenáculo, esperando al Espíritu. «Todos ellos perseveraban en oración, con un mismo espíritu en compañía de… María, la madre de Jesús» (Hch 1,14). Ella… inunda todo.

Artículo anteriorSer maestro
Artículo siguienteEl artificial conflicto entre ciencia y fe