Pon en tu casa un nazaret

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Por José Luis Acebes
Cada Navidad se multiplican por todos los ambientes esas maravillas de
inculturación de la fe que son nuestros belenes populares. Este año he tenido
la oportunidad de saborearlos en distintos rincones de España y de Perú, tan
diferentes pero tan entrañables a la vez. En ellos el mayor de los misterios
(al que llamamos “el Misterio”, sin más) se representa rodeado de las escenas
más prosaicas: lavanderas, mesoneros, carpinteros, pastores… y hasta cazadores,
oficinistas de correos, y animales de toda especie y tamaño tienen su espacio
en el belén, para regocijo de pequeños y mayores. Y es que toda actividad
humana y toda cultura quieren expresar su estremecimiento por la Navidad y
quedan iluminadas por la Luz del Verbo encarnado.
¡Qué interesante sería que popularizásemos en nuestros ambientes, además de los
belenes, los “nazarets”, es decir, las representaciones de la Sagrada Familia
en su vida diaria en Nazaret! Porque Jesús pasó en esta humilde aldea treinta
años, y de su vida oculta ¡sabemos tan poco…! Ha comentado recientemente el
Papa Francisco: “Los Evangelios, en su sobriedad, no relatan nada acerca de la
adolescencia de Jesús y dejan esta tarea a nuestra afectuosa meditación. El
arte, la literatura, la música recorrieron esta senda de la imaginación…”
(17-XII-2014) ¡La senda de la afectuosa meditación! ¿No nos recuerda esta
forma de orar la invitación
de san Ignacio a contemplar “viendo las personas con la vista imaginativa”?
¿Cómo imaginamos la vida de la Sagrada Familia en Nazaret?
¿Cómo sería su vida de familia, de trabajo, de oración, sus relaciones sociales? ¿Cómo serían sus
momentos de reunión en torno a la mesa, las conversaciones entre ellos, el
ambiente del taller…? Comenta el papa Francisco: “En Nazaret todo parece
suceder «normalmente» (…) se trabajaba, la mamá cocinaba, hacía todas las cosas
de la casa, planchaba las camisas… todas las cosas de mamá. El papá,
carpintero, trabajaba, enseñaba al hijo a trabajar…” (17-XII-2014) ¡Cuánto
nos enseña esta vida de asombrosa sencillez!
En nuestros
nazarets tendríamos que introducir el conjunto de cuevas y edificaciones de la
aldea, su sinagoga, los caminos y los campos de mieses doradas. Pero no podrían
faltar en ellos —siguiendo el estilo de la inculturación de los belenes— un
supermercado, unos grandes almacenes, un polideportivo, una escuela… y hasta
jóvenes con sus cascos y ‘smartphones’, que pasan cerca de la Sagrada Familia,
ajenos a la redención que realizan bajo las apariencias más ordinarias.
Porque el
Verbo al encarnarse quiso asumir hasta lo más profundo nuestra condición humana
excepto en el pecado. Y desde entonces toda actividad humana vivida desde la fe
es ámbito de santificación, ya que Él permanece unido a nosotros cuando la
realizamos.
¿Cómo abordamos nuestras tareas profesionales, cómo son nuestras relaciones
familiares o con la comunidad de vecinos, en la escuela o en la Universidad, en
el autobús o en la calle? ¿Pensamos cómo las vivirían Jesús, María y José? No es una
consideración meramente imaginativa. ¡Jesucristo las vive con nosotros! Está
deseando que le dejemos entrar en nuestros claustros de profesores, en las
asociaciones de vecinos y de padres de alumnos, y en los sindicatos, en cada
una de nuestras actividades y relaciones.
Por eso el
recuerdo de la vida de Nazaret nos hace mucho bien en nuestra vida de laicos en
medio del mundo. Pongamos un nazaret en nuestra casa, pero mejor aún en nuestra
vida.