Colgarme del cuello

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Por Antonio Rojas
“Porque tú, Señor, eres bueno y perdonador, 
y grande en misericordia para con todos los que te invocan”
— (Salmo 86:5)—

Explicaban a un chavalín la historia de Judas, su
remordimiento y el triste final al colgarse de un árbol.
—Tú, si hubieras tenido
la enorme desgracia de traicionar a Jesús, ¿habrías hecho como Judas?
—Pues sí.
Consternación.
—¿Habrías ido a
colgarte como él?
—Pues sí, ya lo creo…
Solamente que yo, en vez de colgarme de un árbol, habría ido a colgarme del
cuello de Jesús suplicándole que me perdonase.
Indudablemente el niño no tenía un concepto teológico
de la misericordia, pero intuía perfectamente lo que le decía su corazón:
“Jesús me ama y, por eso, me perdona”.
Ya Clemente de Roma o san Clemente I, escribió a los
corintios: El Padre bueno y misericordioso en todo
siente aprecio por quienes le temen; con gusto y alegría concede muestras de su
gracia a quienes acuden a él con corazón inocente.
La vida humana debe fructificar y renunciar a este
supuesto nos aboca al nihilismo, al sinsentido de la condición humana. Y
fructifica cuando practica la Regla de Oro: No
hagas a otros lo que no quieras para ti.
Se trata de que en el día a día y con toda
naturalidad, hagamos a los demás lo que uno, en las mismas circunstancias,
esperaría y desearía de otras personas. Es decir, que la compasión, la empatía,
el altruismo recíproco y la clemencia formen parte de nuestro diario actuar.
Pero tenemos un gran peligro para hacer vida esta
regla de oro: el conformismo mundano de los cristianos.
Ilustración Juan Francisco Miral
En la misa matinal de Santa Marta del 31 enero 2015,
el papa Francisco dijo: ¡Eh!, pero están ahí,
quietos, y sí, son cristianos, pero perdieron la memoria del primer amor. Y,
sí, han perdido el entusiasmo. Además, han perdido la paciencia, ese ´tolerar´
las cosas de la vida con el espíritu de amor de Jesús; aquel ´tolerar´, que
´lleva sobre sus hombros´ las dificultades… Los cristianos tibios,
pobrecitos, están en grave peligro”.
Para huir de este grave peligro y movernos con
naturalidad en la misericordia, tenemos un gran recurso: María. El Vaticano II
formuló de la siguiente manera su amor maternal: Con
su amor materno se cuida de los hermanos de su Hijo, que todavía peregrinan y
se hallan en peligros y ansiedad hasta que sean conducidos a la patria
bienaventurada.

Con una Madre prototipo de una renovada cultura y
espiritualidad cristiana de la misericordia, es fácil, a pesar de nuestras
limitaciones y flaquezas, sentir el estado de ánimo audaz y confiado necesario
para colgarnos del cuello.