Religiosidad popular: revitalizar la fe en un mundo descreido

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Revitalizar la fe. Foto: María Fernández Santos
Revitalizar la fe. Foto: María Fernández Santos

En un mundo en el que, al menos aparentemente, se promueve la ausencia de Dios, ¿qué sentido tiene la religiosidad popular, el hacer presente a Dios en nuestra sociedad y cultura? El pueblo necesita expresar su fe de forma intuitiva y simbólica, imaginativa y mística, festiva y comunitaria, sin olvidar la necesidad de la penitencia y de la conversión. Por eso debemos hacer de la religiosidad popular una herramienta de expresión pública de la fe.

El papa Francisco, en la Jornada de las Cofradías y de la Piedad Popular, dijo a las Cofradías y Hermandades (5-V-13): «La piedad popular es un tesoro que tiene la Iglesia, espacio de encuentro con Jesucristo».

El papa san Juan Pablo II señala que la manifestación popular «cuando es genuina, tiene como fuente la fe y, por lo tanto, tiene que ser apreciada y favorecida», e insistía en que esta manera de transmitir la creencia en Dios «tiene que estar purificada con prudencia y paciencia».

En el mundo, decenas de millares de creyentes forman parte de cofradías y hermandades de todo tipo (sacramentales, marianas, penitenciales…). El gran reto del siglo XXI para llenar de valores morales y espirituales este importante sector es, sin duda, la formación.

Ciertamente, hace falta una auténtica catequesis de la religiosidad popular y también de las devociones en general. María —o los santos— sin Cristo no tienen sentido. Es decir, la Madre de Dios o las vidas ejemplares de hijos de Dios, tienen que ayudarnos a llegar a conocer o a encontrar a Nuestro Señor y si, en cambio, son un obstáculo, habrá que resituarlos en su lugar correcto.

En nuestra época, donde se realza todo lo visual, las imágenes son la gran fuente de la devoción de las cofradías y la religiosidad popular en general. De hecho, una imagen de Cristo crucificado, bajo las ricas y diversas manifestaciones, o una de la Madre de Dios, también bajo cualquier advocación, representan el gran espejo donde los creyentes expresan su fe, y desde el cual se dirigen a Dios ya sea directamente o mediante la figura de algún intercesor.

No es bueno que decaiga la vida devocional; máxime si las devociones no son sustituidas por nada. El itinerario habitual no es dejar de rezar el rosario por la recitación diaria de la Liturgia de las Horas, por ejemplo. No, el paso habitual ha sido abandonar el rosario por la nada. Y eso es un gran error. Si algo se hace mal, hay que corregirlo, pero no dejar de hacerlo.

En una sociedad que parece dar la espalda a Dios, la religiosidad popular tiene el gran reto de revitalizar la fe en un mundo descreído.