
Por Equipo pedagógico Ágora
La belleza es objeto y fundamento de una experiencia humana singular que nos permite asomarnos al orden profundo de la realidad. Esta experiencia es un encuentro —a veces un verdadero impacto—, que nos saca de la indiferencia o de la monotonía y despierta nuestra admiración, nuestro asombro.
Puede tratarse del hallazgo de algo insólito y poderosamente llamativo como la inmensidad del mar, el hechizo de una noche estrellada o la grandiosidad de las montañas; puede ser un gesto que nos conmueve profundamente, como una lágrima que se desliza por la mejilla de una persona querida, una acción compasiva o la hermosura natural de un rostro. Puede surgir también ante la expresión de la creatividad humana: una escultura, un poema, un edificio, una melodía… Ya se trate de la belleza del mundo natural, de determinadas acciones humanas o de una obra artística, experimentamos una emoción característica, un personal palpitar del corazón.
En su catequesis del 31 de agosto de 2011, el papa Benedicto XVI relataba: «Me viene a la memoria un concierto de música de J. S. Bach, en Munich, dirigido por Leonard Bernstein. Al final de la última pieza, una de las Cantatas, sentí, no razonando sino en lo profundo del corazón, que lo que había escuchado me había transmitido verdad, y me empujaba a dar gracias a Dios. A mi lado estaba el obispo luterano de Munich y espontáneamente le dije: “Oyendo esto se entiende que la fe es verdadera, la belleza expresa irresistiblemente la presencia de la verdad de Dios”».
¿Quién no se ha sentido «como fuera de sí» por el poder de una melodía y ha notado una emoción y un gozo difíciles de describir? Algo así confesaba Red, uno de los protagonistas del filme Cadena perpetua (F. Darabont, 1995), interpretado por Morgan Freeman, cuando en un momento determinado, encerrado tras los muros de la cárcel, escucha por los altavoces del patio un fragmento de Le nozze di Figaro:
«No tengo ni la más remota idea de qué cantaban aquellas dos italianas y lo cierto es que no quiero saberlo. Las cosas buenas no hace falta entenderlas. Supongo que cantaban sobre algo tan hermoso que no podía expresarse con palabras y que, precisamente por eso, te hacía palpitar el corazón. Os aseguro que esas voces te elevaban más alto y más lejos de lo que nadie, viviendo en un lugar tan gris, pudiera soñar. Fue como si un hermoso pájaro hubiese entrado en nuestra monótona jaula y hubiese disuelto aquellos muros. Y por unos breves instantes hasta el último hombre de Shawshank (el presidio) se sintió libre…».
Poco después, Andy, otro de los protagonistas, comenta:
«Es la belleza de la música. No te la pueden quitar. ¿No habéis sentido nunca la música así?… La necesitas para no olvidar que hay cosas en el mundo que no están hechas de piedra, que tienes algo dentro que no te pueden quitar, que es tuyo.
—¿De qué estás hablando?, pregunta un compañero.
—De esperanza».






