«La gracia llena los vacíos, pero solo puede entrar donde hay un vacío para recibirla, y es la misma gracia la que hace este vacío».
La frase que encabeza el presente artículo pertenece al personaje que traemos hoy a nuestra sección de conversos. Está extraída de su obra Amor en el vacío: donde Dios nos encuentra, y denota una sensibilidad especial hacia lo espiritual. De hecho, los títulos de algunas de sus obras (La gravedad y la gracia; A la espera de Dios; El conocimiento sobrenatural; Autobiografía espiritual; Carta a un religioso) son hitos en la búsqueda sincera de Dios.
Simone Weil (París, 1909–Ashford, 1943) fue una filósofa, activista política, sindicalista, escritora prolífica y sobre todo mujer con una predilección especial por el mundo obrero y el de las personas marginadas por la sociedad. Incluso llegó a participar en la guerra española del 36-39 como voluntaria en la republicana columna Durruti, aunque en breve volvió desilusionada a Francia al comprobar que, lo que ella consideraba una buena causa, estaba manchada. ¿El detonante? Descubrir la crueldad de sus propios camaradas al ejecutar a un sacerdote y a un muchacho de quince años por negarse a unirse a ellos.
Simone nació en el seno de una familia judía intelectual y laica. De clase media alta. Mente brillante, a los 19 años ingresa (con la calificación más alta) en la Escuela Normal Superior de París, y al finalizar sus estudios es nombrada profesora en el Liceo de Puy.
Su implicación en huelgas y manifestaciones obreras hace que una y otra vez fuera transferida de un Liceo a otro. De hecho, a los veinticinco años, abandonó provisionalmente su carrera docente para huir de París y, durante 1934 y 1935, trabajó como obrera en Renault.
Un primer encuentro con la gracia lo tuvo en un viaje a Italia en abril de 1937. Confiesa en su libro Autobiografía espiritual: «Pasé en Asís dos días maravillosos. Sola en la pequeña capilla románica del siglo XII de Santa Maria degli Angeli, incomparable maravilla de pureza, donde san Francisco oró a menudo, algo más fuerte que yo me obligó, por primera vez en mi vida, a ponerme de rodillas».
Y segundo encuentro con la gracia. Nuevamente leamos la confesión de Simone en el libro anterior: «En 1938 pasé diez días en Solesmes, del domingo de Ramos al martes de Pascua, siguiendo todos los oficios. Tenía dolores de cabeza intensos, cada sonido me dolía como un golpe, y un extremo esfuerzo de atención me permitía salir de esta carne miserable, dejarla sufrir sola, abandonada en su rincón, y encontrar una alegría pura y perfecta en la belleza indecible del canto y las palabras. Esta experiencia me permitió al menos por analogía comprender la posibilidad de amar el amor divino a través del sufrimiento. Por supuesto, durante esos oficios la Pasión de Cristo entró en mí de una vez para siempre».
Esta experiencia de Solesmes marca un cambio en la perspectiva de Simone Weil: a partir de allí comienza a producir escritos, no solo de índole social y política, sino también de corte religioso y filosófico.
En 1941, ante la ocupación alemana de Francia, se traslada a Marsella. Allí entabla una estrecha amistad con un sacerdote, el P. Joseph-Marie Perrin, dominico. Esto le permite por vez primera confrontar su pensamiento con el de un representante ministerial de la Iglesia católica.
Más aún, El mismo P. Perrin sirvió de intermediario para que Simone Weil conociera a Gustave Thibon, filósofo convertido al catolicismo por la influencia de los escritos de Leon Bloy y Jacques Maritain.
Nace así entre Simone y Gustave una amistad inquebrantable, a punto tal que al dejar ella Francia en 1942 con destino a América, deja a Thibon sus cuadernos con apuntes personales, que posteriormente publicaría él con el título de La gravedad y la gracia.
Con Thibon descubre a san Juan de la Cruz, con quien sintoniza de inmediato y que se convierte en uno de sus autores predilectos, especialmente en las cuestiones referidas a las noches del alma y del espíritu, sobre las cuales nuestra autora realiza reflexiones profundísimas. Pero, más importante aún, si cabe, descubre la oración. Leamos una de sus reflexiones al respecto:
«Hasta septiembre último en mi vida jamás me había ocurrido rezar, ni siquiera una vez, en el sentido literal de la palabra. Nunca había dirigido en voz alta o mentalmente palabras a Dios. Jamás había pronunciado una oración litúrgica. Había recitado a veces el Salve Regina, pero solo como un bello poema.
»El año pasado, estudiando griego con Thibon, le traduje literalmente el Pater del griego. Nos prometimos aprenderlo de memoria. Creo que no lo hizo. Yo tampoco en ese momento. Pero algunas semanas más tarde, hojeando el evangelio, me dije que, puesto que me lo había prometido y estaba bien, debía hacerlo. Lo hice. La infinita dulzura de ese texto griego se apoderó de mí de tal manera que durante algunos días no podía evitar el recitarlo continuamente… Todos los días antes de empezar el trabajo recitaba el Pater en griego, y lo repetía a menudo durante el día».
En la Semana Santa de 1942 asiste a la abadía de En-Calcat donde mantiene una serie de conversaciones con Dom Clement Jacob (convertido al catolicismo por influencia de Jacques Maritin).
El 14 de mayo parte para los Estados Unidos acompañando a sus padres; en Nueva York se encuentra con Jacques Maritain y con el P. Couturier, a quien dirige su libro Carta a un religioso. Pero no se queda tranquila y decide viajar a Inglaterra para colaborar con la resistencia. Su salud empeora, y muere de tuberculosis en Ashford, a los 34 años de edad.
Y es hora de cerrar con broche de oro esta breve biografía. Pues hay un hecho fundamental de la vida de nuestra autora que no hemos mencionado todavía puesto que fue conocido recientemente en mayo de 1988. En un encuentro de la American Weil Society en Cambridge, Massachussets, Simone Dietz, amiga de nuestra pensadora y compañera suya de trabajo en Londres, después de años de silencio por respeto a la familia Weil, reveló que unos pocos meses antes de morir, Simone Weil le pidió que la bautizara, lo que ella hizo de inmediato. Previamente, le había dado instrucciones para que lo hiciera en caso de que ella entrase en coma. Inclusive reveló que previamente había persuadido a su hermano (quien no era creyente) para que bautizara a su hija.







