Solidaridad y empresa. ¿Es posible ser solidario siendo empresario?

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Solidaridad y empresa
Solidaridad y empresa

Por Jesús Segura Zariquiegui

Intentaré contestar a esta pregunta desde mi experiencia. Treinta años trabajando en el mundo de la hostelería en la empresa familiar Segura Hostelería, S.A., como gerente de dos hoteles: el Hotel Ciudad de Burgos y el Hotel Gran Bilbao. Más de 350 habitaciones y 100 trabajadores que coordinar.

En primer lugar nos tendríamos que poner de acuerdo para definir Solidaridad, palabra tan gastada que ha perdido la esencia de su significado por su sobreexplotación. Si la solidaridad es cuando dos o más personas se unen y colaboran mutuamente para conseguir un fin común, si es ofrecer ayuda a los demás desinteresadamente —definición comúnmente aceptada— responderíamos que sí es posible.

Si nuestra referencia es la Doctrina Social de la Iglesia, nos entran dudas. Según san Juan Pablo II: La solidaridad es la determinación firme y perseverante de empeñarse por el bien común; es decir, por el bien de todos y cada uno, para que todos seamos verdaderamente responsables de todos. El matiz es fundamental: no se trata de colaborar para conseguir un fin común, sino del bien de todos y de cada uno.

Si la referencia es el evangelio, ahí tenemos la parábola del joven rico (Mt, 10). También Jesús nos dice con radicalidad que no se puede servir a dos señores al mismo tiempo (Mt, 6). Ya en este punto parece difícil contestar afirmativamente a la pregunta. Para completar el panorama, el mundo empresarial forma parte del sistema neoliberal del que dice el papa Francisco: No se puede ser cristiano y neoliberal. Si antes era difícil, ahora parece que la única respuesta posible a la pregunta es decir que no.

Y, ¿cuál es mi respuesta? Mi respuesta es . Un sí con mayúsculas. Se puede ser empresario y solidario. Diría más, cuanto más impregnada está la empresa de solidaridad y generosidad, paradójicamente más competitiva es. Para que la empresa sea un lugar de solidaridad, hay unas claves vitales donde nos tenemos que mover.

Una clave es la idea de donación. Todo se me ha donado gratuitamente. No soy merecedor de lo que poseo, ni tengo gran mérito en el éxito de mi empresa. ¿Qué he hecho yo para tener en Burgos nuestra magnifica catedral? ¿La preciosa costa vasca existe gracias a mí? Lo que yo soy se lo debo a mis padres, a mis amigos, a generaciones enteras que han trabajado durante siglos para crear un mundo mejor y, sobre todo, a la Iglesia. Así que cuando tengo actitudes solidarias no doy nada a la sociedad, sencillamente devuelvo solo una pequeñísima parte de lo recibido gratuitamente.

Solo somos administradores. Uno de los grandes dones recibidos es la tradición y enseñanza de nuestra Iglesia. Ya en el siglo IV san Basilio, uno de los primeros Santos Padres de la Iglesia decía: El mandato de Dios no nos enseña que hayamos de rechazar y huir de los bienes como si fueran males. Sino que los administremos. Una sana administración de ellos, conforme al mandato del Señor, es ayuda grande para muchas cosas necesarias.

Mi mayor campo de acción de vida solidaria y mi mayor responsabilidad es mi trabajo de gerente. Generar puestos de trabajo con condiciones dignas es la mayor obra de solidaridad que puedo hacer. Desde mi experiencia esto solo se puede dar si los puestos ofrecidos son mayoritariamente fijos. Aquí la Doctrina Social de la Iglesia también nos ilumina. San Juan XXIII nos dice que para determinar la remuneración justa del trabajo se tengan en cuenta los siguientes puntos: primero, la efectiva aportación de cada trabajador a la producción económica; segundo, la situación financiera de la empresa en que se trabaja; tercero, las exigencias del bien común de la respectiva comunidad política, principalmente en orden a obtener el máximo empleo de la mano de obra en toda la nación; y, por último, las exigencias del bien común universal.

Otra clave es dar protagonismo a los trabajadores; saber delegar y confiar en ellos es parte fundamental para el buen funcionamiento de la empresa. Esto no quiere decir que no haya que llevar un control riguroso de los recursos humanos, sino ver a los empleados como solución más que como problema. Lo normal es que si dejas trabajar a la gente en buenas condiciones, todo funciona mejor y se saca mayor productividad.

La honestidad es otra clave vital. No sólo se trata de ser honestos con los trabajadores, también tener un trato igualitario con los proveedores… Si solo gana una parte, la cosa no funciona. Tenemos que ganar ambas partes.

La gestión de los beneficios es otro aspecto fundamental a la hora de querer ser lo más solidario posible en el mundo empresarial. San Juan Pablo II nos recuerda que la Iglesia reconoce la justa función de los beneficios, como índice de la buena marcha de la empresa. Sin embargo, los beneficios no son el único índice de las condiciones de la empresa. Segura Hostelería reinvierte los beneficios al 100% en la propia sociedad, lo único que tenemos es un sueldo y vinculado al salario base. En los hoteles hay trabajadores que cobran más que yo, siendo el gerente y «propietario» de la empresa, lo cual te hace vivir sin lujos, con cierta austeridad; esto no hay que vivirlo como una renuncia, sino como una oportunidad para llevar una vida con menos ataduras materiales.

Aparte del trato a los trabajadores, proveedores, del que hacemos con los beneficios, hay una dimensión social que tenemos la obligación de cumplir: la de construir un mundo mejor. Segura Hostelería colabora con el mundo del deporte, la cultura. Procuramos no olvidarnos de las personas que más sufren en nuestra sociedad y en el mundo. Colaboramos con Cáritas, Cruz Roja. Financiamos proyectos en Honduras, Perú y Angola. Hay muchos misioneros haciendo una labor excepcional y tenemos que aportar nuestro granito de arena.

A mi entender, si este compromiso no va más allá de lo empresarial, se queda un poco cojo. Tenemos que tener una implicación personal. Hay que poner tiempo y vida propia al servicio de los demás, y, personalmente, lo intento cumplir. He sido miembro fundador de Burgos Acoge, donde aprendí a tratar con personas diferentes, y entender que todas nuestras diferencias son minúsculas comparadas con todo lo que nos une.

Llevo más de 25 años en la pastoral de ferias y circos, personas que viven de forma ambulante, gente alegre donde la familia sigue siendo un pilar fundamental. Llevo muchos años también trabajando con jóvenes, de los que he aprendido mucho de su vitalidad. En Honduras he compartido vida y misión, las personas más humildes y pobres que he conocido me han transmitido un amor por la Iglesia, una manera de entender la vida de comunión, y una fe que para mí son un ejemplo de vida.

Mi fe y compromiso lo vivo también de forma comunitaria en una asociación diocesana que se llama Promoción Solidaria, cuya finalidad es la promoción y formación de un laicado adulto, militante y evangelizador, que descubra y realice su misión en la Iglesia y en el mundo. También he intentado transmitir todo esto a mis hijos, y nada mejor que con el ejemplo personal y teniendo una casa abierta, donde hemos acogido a menores, jóvenes… Hay pocas cosas que sanen más que un hogar abierto.

El motor principal para que todo lo explicado anteriormente se haga con fidelidad, es la fe en Jesucristo y la pertenencia a su Iglesia. Como dice el papa Francisco: La fe despierta nuestro compromiso con los demás, la fe despierta nuestra solidaridad: una virtud, humana y cristiana, que ustedes tienen y que muchos, muchos, tienen y tenemos que aprender. El nacimiento de Jesús despierta nuestra vida. Una fe que no se hace solidaridad es una fe muerta, o una fe mentirosa.

Mi compromiso personal y empresarial, todo lo que me han enseñado en este camino, me ha ayudado a ser mejor persona. Todo lo aprendido, sin ningún género de dudas con el ejemplo de mis padres, es lo que más me ha ayudado a intentar ser un empresario solidario.

No quisiera terminar este artículo sin dar las gracias a tantísima gente que nos ha ayudado en esta aventura empresarial. La apertura del Hotel Gran Bilbao nos pilló en plena crisis y los bancos incumpliendo su palabra cortaron la financiación, las instituciones públicas miraron para otro lado, «los técnicos, asesores, gestores…» todos decían que estábamos en quiebra y que la única opción era malvender los hoteles. Vivimos la cara más amarga del sistema. Entonces es cuando, de forma milagrosa, empezó a aparecer mucha gente anónima que nos ayudó. Trabajadores que llevaban meses sin cobrar y nos prestaron todo su dinero, personas de nuestras comunidades que también nos dieron todo lo que tenían, familiares y amigos que pusieron sus casas como aval para conseguir financiación… Una ola de generosidad que sin ella, hoy sin duda, no estaríamos aquí. Jamás podremos devolver una pequeña parte de todo lo que hemos recibido.