Sólo educa quien ama

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Por Andrés Jiménez

Juan Bosco: Educar y evangelizar en el amor, en la alegría, en la exigencia

Celebramos el 200 aniversario del nacimiento de San Juan Bosco, cuya
figura es evocada universalmente como la del santo educador por excelencia. El
siglo XIX fue escenario de una floración asombrosa de fundadores y de
iniciativas a favor de la educación de los niños y jóvenes; una floración de
santidad educadora. Pero el talante humano de Don Bosco y la frescura de
su vida y de su obra le hacen destacar entre esa legión de gigantes.
Don Bosco escribió poco de educación, pero creó
pedagogía. No dejó de escribir a lo largo de su vida, pero siempre prefirió los
hechos a los libros. En la desbocada carrera del proceso industrialista,
sembrador de desigualdades y de abandono social y moral para los jóvenes, lo
que hacía falta era, ante todo, actuar. El joven sacerdote turinés estaba
convencido de haber sido llamado por Dios para abrazar y dar su vida a los
jóvenes. La obra educativa, y los métodos, los edificios y las iniciativas
escolares y de formación profesional fueron el cauce de su apostolado y de su
entrega, de algún modo la consecuencia de su amor efectivo.
Amaba a los niños y a los jóvenes, y sabía amarlos. Frente a mezquinas caricaturas
del verdadero amor, afirmaba ya Aristóteles que “amar es querer el bien para el
otro” (Retórica, II, c. 4, n.
2). Y Jesús iba aún más lejos, aportando la más revolucionaria de las
sentencias que jamás se haya pronunciado: “Nadie tiene amor más grande que el
que da la vida por sus amigos” (Jn
15, 13). Juan Bosco es un volcán de amor y de alegría, de
vida entregada. Pero ese volcán no es arranque ocasional, flor de un día. Es
una energía constante, tenaz, creadora, consecuente hasta el final y que mira a
la vida eterna. Su vida y sus trabajos serán amor del bueno hecho pedagogía.
Porque obras son amores.
Su intuición, su formación y su experiencia le llevan a sistematizar
un método, el “método preventivo”, que viene a ser su manera concreta de
dar su vida y aportar dignidad a los niños y a los jóvenes “descartados” por la
sociedad de su tiempo.
En la estela de la educación y la espiritualidad
católicas
En su tiempo no faltaban los teóricos de la educación, siguiendo la
estela de Rousseau, de Comenius o de Pestalozzi. Unas veces para bien, otras
para mal, pero casi siempre ubicados en el limbo de las teorías.
Juan Bosco
sabía
leer libros aún más elocuentes y luminosos: sabía leer en el corazón de los
jóvenes y ver donde otros no eran capaces de ver. Era un “lector
de almas”,
y por
eso no se quedaba en las meras presunciones, y menos aún en los juegos
florales: se complicó la vida para resolver los problemas concretos de personas
concretas a las que amaba con un amor operante.
No obstante, no le faltaron inspiradores: en los tiempos modernos ya
habían aparecido grandes educadores católicos como José de Calasanz o Juan
Bautista de la Salle, y su estela era bien palpable. Halló además una singular
inspiración en Francisco de Sales, el santo que animaba a confiar en el Dios de
la misericordia en medio de la propia limitación y que predicaba aquello de que
“se hace más bien con una cucharada de miel que con un barril de vinagre”. Don
Bosco

estaba convencido de que todo ser humano está hecho para amar y ser amado. Y la
educación, en el fondo era eso, amor. Amor auténtico, más de voluntad que de
sentimiento.
Educar en positivo
Para Juan Bosco, la educación consiste en la formación
y elevación de todo el ser humano, del hombre completo, en su doble índole
natural y sobrenatural, mediante el servicio de un amor que impulsa hacia lo
más noble y santo. Un amor que infunde alegría, que es benigno y paciente, que
sufre todo porque todo lo espera (I Cor 13).
Su acción educativa, llena de iluminadores principios, se plasma en
afirmaciones como ésta, nuclear: “Que los muchachos no sólo sean amados, sino
que conozcan que lo son”. Para ello hay que
acercarse a sus expectativas. Los golfillos del Trastévere quedan cautivados
por ese sacerdote al que aún le gusta jugar con ellos, que guarda sencillos
trucos de magia con los que robarles la sonrisa y que sabe ganárselos con
gestos de confianza: “¿Sabes silbar?…”
El amor, afirma, es fuente de confianza; y en ella los jóvenes crecen,
abren sus corazones, se afirman a sí mismos, se vuelven sencillos y animosos. Y
“cuando abren el corazón es cuando se les conoce y se les educa”. “Reconozcamos
el valor de sus inclinaciones”, “démosles pronto algún encargo”, “echémoslos al
agua para que aprendan a nadar”… “A los jóvenes les gusta la actividad alegre…
proporcionémosela”. “La fuerza castiga el vicio, pero no cura al vicioso”. “No
usen la palabra ‘quiero’; sustitúyanla por expresiones más eficaces, como:
‘¿Podrías hacerme este favor…?’ ‘¿Querrías hacer tal cosa…?’.” “No cargarles
con largos discursos sino con anécdotas, reflexiones breves, muchos ejemplos…”
Es en el fondo una exigencia suavizada por el terciopelo de la amabilidad de
quien se ha sabido ganar antes el corazón del muchacho.
Hay que empezar, tras ese primer asalto de la
simpatía, dando conocer las normas de comportamiento, y luego estar atentos,
observar permanentemente, anticiparse guiando, dando ejemplo, sonriendo
siempre, alentando, aconsejando… e intentar en todo momento ponerles en la
imposibilidad de cometer faltas. A eso ayudará el cultivar siempre un cálido
ambiente de alegría. Y cuando se corrige, que se haga siempre con amor. Pueden ser
ya un castigo o un premio eficaces una mirada entristecida o alegre por parte
del educador. No hay que castigar nunca en público sino en privado, y sin
humillar. Es preciso saber amar a cada uno, pero huyendo como de la peste de
las “amistades y afectos particulares”.
Se tratará de formar en el joven un espíritu clarividente: que sepa
distinguir lo bueno de lo malo; y fuerte: que sepa resistir y dominarse, que se
atreva a metas difíciles pero entusiasmantes, que saboree el éxito del propio
vencimiento, y sienta sobre sí la mirada complacida del educador que se alegra
sinceramente con sus logros… Pocas palabras y mucho ejemplo. Es el método preventivo, al servicio de la educación del
carácter.
Le gustaba contar pequeñas historias con una enseñanza positiva, como
aquella del viajero que criticaba la sabiduría divina porque las encinas, tan
fuertes y gigantescas, daban esas pequeñas bellotas, mientras que las calabazas
salían de unas plantas tan raquíticas. Pero sucedió que, habiéndose dormido
debajo de la encina, se despertó sobresaltado cuando, por efecto de la brisa,
una bellota le cayó encima de la nariz. Entonces —y Don
Bosco
ponía
entonces esa mirada brillante y pícara, entonando la voz como si fuese el actor
ante la última frase de su drama— comprendió la sabiduría de la Providencia,
porque ¿qué hubiera sido de él si le cae en la cara una calabaza?
La centralidad de la persona exige recuperar la
importancia del educador
Para que los jóvenes aprendices se den cuenta de que son amados es
preciso que haya un educador que sepa quererles y acertar a comunicarles hasta
qué punto son tan importantes para él. El ‘educador made in Don Bosco’ debe destacar por su amabilidad y su
vida de virtud —por sus valores y cualidades, diríamos hoy— y por la “ciencia
de enseñar”; es decir, por su ejemplo y preparación. Ha de saberse educador en
todo tiempo y circunstancia, consciente de que su misma presencia, como la de
María en la Visitación, ya es educadora. Está “consagrado al bien de sus
alumnos” y ha de saber quererlos y tratarlos “de uno en uno”.
Es fundamental para Don Bosco que el educador observe al joven hasta
descubrir en él los gérmenes de sus buenas disposiciones y trabajar para
desarrollarlas; porque experimentar la satisfacción por lo que se hace bien y
con agrado impulsa espontáneamente a seguir superándose, “de modo que cada uno
haga con placer aquello que sabe que puede hacer”. En palabras de Abilio de
Gregorio: “No se trata tanto de satisfacer las necesidades manifiestas del
educando, cuanto de activar sus potencialidades para que emerjan necesidades de
rango superior.” Cuando se considera a una persona, a un joven, tal como debe
ser, mostrándole que la meta es posible y apasionante, entonces la educación se
convierte en elevación.
El educador es concebido como un guía que, olvidado de sí mismo, es
capaz de percibir las vibraciones de cada alma y de ajustar así el paso de la
ascensión espiritual al ritmo de cada corazón. Esto es lo que le hace ser
atractivo para los jóvenes.
Como escribe Abilio de Gregorio al analizar el pensamiento y el estilo
educativo de Abelardo de Armas, “los verdaderos maestros cristianos
hacen de los tratados de espiritualidad cristiana tratados de pedagogía, al
estilo de Clemente de Alejandría, Juan Bautista de la Salle, Don Bosco…” Por
eso, la educación propugnada por el santo sacerdote turinés no es más que el
Evangelio vivido y dispensado con amor, alegría, firmeza y abnegación. Y eso
sólo puede realizarse “alma a alma”. “En esa relación alma a alma —afirma de
Gregorio— se da una suerte de amor de amistad por el que se convierte al
educando en único, en irrepetible, en insustituible.”
Concluyendo: Don Bosco nos ha dejado herederos…
Don Bosco, en realidad, no inventó nada. Desde
niño, cuando el Evangelio entró en su vida y le impulsó a sembrar alegría y
atención a los más pobres —sus birichini—, lo que hizo fue poner su vida y sus
talentos al servicio del Amor de Dios hacia cada uno de sus hijos. Y enseñarnos
a acoger ese Amor y servirle de eco. Es la suya, en la estela de los grandes
santos educadores (Clemente de Alejandría, Agustín, Casiodoro, Benito,
Francisco, Domingo, Tomás de Aquino, Ignacio, Calasanz, Francisco de Sales…),
una catequesis del amor cristiano. Y por eso mismo, por la autenticidad y el
valor de su experiencia personal, al convertirla en don y en legado, se
encontró siendo el mejor de los educadores.
Os propongo un afectuoso desafío. Si habéis llegado hasta aquí, leed
despacio esa maravilla que es el encuentro de dos aventajados discípulos de la
pasión evangelizadora de San Juan Bosco: me refiero al libro que sobre Abelardo
de Armas ha escrito Abilio de Gregorio: “Abelardo de Armas: pasión educadora.
Evangelizar educando” (Ed. Encuentro, Madrid, 2014).

La crisis de
valores y de sentido que asola a la educación en nuestros días es en el fondo
una crisis (una ausencia) de maestros. Pues bien, si, entre otros, en el padre
Tomás Morales y en Abelardo de Armas —como ha sabido mostrar Abilio de Gregorio
de manera tan magnífica— somos capaces de encontrar la huella profunda y
luminosa de Don Bosco y de experimentar
el bien que puede también aportarnos a nosotros… tal vez nos asalte al corazón
aquella pregunta comprometedora y providencial que una vez se hizo San
Ignacio
: “Si ellos lo hicieron… también yo lo tengo de hacer”.