Sus heridas nos han curado

17
Fuente
Fuente

Por Francisco Cerro Chaves, obispo de Coria-Cáceres

Antes de hablar propiamente del centenario de la consagración de España al Corazón de Jesús, permitidme unas breves reflexiones.

Es el de Jesús, un corazón abierto, traspasado, y así, Cristo, con el corazón abierto, es contemplado como la fuente de gracias y de perdón de los pecados.

El corazón de Cristo ha quedado abierto para siempre. En la cruz contemplamos un corazón humano plenamente grato a Dios, vuelto a él, en sintonía con la voluntad del Padre. Este es el corazón de Cristo. Por eso debemos ponernos debajo de la cruz para ser empapados de su sangre. El gran dolor del Señor sería no recoger esta agua y sangre, no beber de su costado abierto.

El centenario de la consagración de España al Corazón de Jesús nos lanza a profundizar en lo que tiene de esencial esta consagración al Corazón de Jesús para aplicarlo a cada uno de nosotros, para ser fieles hoy al proyecto de siempre de su corazón que, como dice la antífona de la fiesta del Sagrado Corazón, «subsiste de edad en edad».

Primero, es una gozada que todo el pueblo de Dios que camina en las distintas diócesis de España, nos tomemos en serio nuestro bautismo para vivir, en palabras del papa Francisco, la coherencia de nuestra fe. Somos consagrados en el bautismo para ser «santos e irreprochables» ante él por el amor. Toda consagración posterior al bautismo debe llevar el sello de vivir con radicalidad el seguimiento de Cristo. Por tanto, la consagración es siempre personal, siempre desde la fe, y, de un modo comunitario, es todo el pueblo de Dios el que quiere vivir la identificación con Cristo y las consecuencias del Evangelio.

Segundo, el acontecimiento histórico ocurrido en lo que es hoy la joven diócesis de Getafe nos llama, desde aquí, a todos los cristianos con sus pastores, a renovar nuestra fidelidad al Señor, a confiar en sus entrañas de misericordia y su esperanza de una sociedad que, impregnada del Evangelio, construya la civilización del amor, de la que tanto hablaron los papas, y donde el servicio a los pobres y sufrientes, los preferidos de su corazón, deben ser los protagonistas.

Por último, una renovación de este centenario debe situarnos con los pies en el suelo para vivir hoy, fruto de este acontecimiento, lo que el papa Francisco —tan enraizado en esta devoción— nos recuerda:

• Una Iglesia humilde que pide a Dios, una y otra vez, perdón de sus pecados.

• Una Iglesia misionera para acercarse a las periferias históricas y existenciales donde late con tanta fuerza el Corazón de Jesús.

• Una Iglesia hospital de campaña, con las puertas tan abiertas como las de su corazón. Que acoge y sana a los heridos del pecado y de la vida.

• Una Iglesia que, como pueblo de Dios, sale al encuentro y les ofrece la infinita misericordia de quien desde la palabra de Dios sabemos que «sus heridas nos han curado».