Tenemos una pena alegre porque morir se acaba

6
Abelardo de Armas, explorador de rutas inéditas de santidad
Abelardo de Armas, explorador de rutas inéditas de santidad

La muerte no existe porque no es un lugar estable y definitivo. La muerte es un puente, un tránsito, una puerta de paso, como la definió Vallejo Nájera: La puerta de la esperanza.

Se nos ha ido al cielo (así lo creemos) Abelardo de Armas, cofundador del instituto secular Cruzados de Santa María. Estamos tristes, claro, pero a la vez contentos. Se entremezclan dos sentimientos opuestos porque, como dice José Luis Martín Descalzo: «Morir es cruzar una puerta a la deriva / y encontrar lo que tanto se buscaba».

«Encontrar lo que tanto se buscaba»: Cristo, ¡alegría eterna! No podemos estar tristes porque ya está en su casa, con su Señor.

Abelardo de Armas fue siempre alegre en el sufrimiento. Por su gran sentido del humor, por su prodigiosa voz hecha canción y capacidad oratoria y por la alegría que le generaba saberse hijo predilecto de un Dios misericordia.

Era un español más, oficialmente católico, hasta que hizo ejercicios espirituales, donde «se convirtió al catolicismo» como a él le gustaba decir.

El encuentro personal con Cristo le cambió radicalmente su vida. Se transformó en un laico testigo del Evangelio hasta convertirse en un adelantado a su tiempo, pues en una España tan clericalizada como en la que le tocó vivir, fue un apóstol seglar entre sus contemporáneos, especialmente entre los jóvenes. Acertó a llevar a la práctica —y transmitirlo a otros— lo que, cuarenta años después, escribiría el papa Francisco en su exhortación apostólica Christus vivit: «Jóvenes, no renuncien a lo mejor de su juventud, no observen la vida desde un balcón. […] ¡Hagan líos!» (nº 143).

Quiso ser jugador de fútbol de primera división —y así se lo pedía a la Virgen en su ingenuidad— pero la fe lo llevó por otros campos deportivos: campamentos de formación juvenil, más de doscientas de tandas de ejercicios espirituales ignacianos internos, miles de horas gastadas en charlas personal, alma a alma…

La fe aporta un ángulo de visión distinto, otro punto de vista. Con la fe se sube bajando, se es pleno con las manos vacías, se enriquece uno con las miserias. Con la fe, la muerte no es el final de nada sino el principio de todo. Con la fe, la muerte es una tristeza que nos introduce en la eterna alegría.

Se nos ha ido Abelardo, pero nos queda su legado de confianza en la misericordia de Dios. Estamos tristes por su ausencia, pero esperanzados y alegres porque triunfó en Cristo, de la mano de Nuestra Señora la Virgen de Gredos. Tenemos una pena alegre.

Artículo anteriorAbelardo de Armas, cofundador
Artículo siguienteAbelardo y la Milicia de Santa María