¿Un ex-endemoniado como patrono del apostolado seglar?

Abelardo de Armas (Agua viva, diciembre 1986)

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Sébastien Bourdon. El endemoniado de Gerasa (1653-57).
Sébastien Bourdon. El endemoniado de Gerasa (1653-57).

¿Sería un disparate convertir a un ex-endemoniado en patrono del apostolado seglar?

Si meditamos el capítulo quinto de san Marcos, comprenderemos que sería casi una exigencia de los tiempos actuales y de todos los tiempos. Contemplemos la escena:

Después que Jesús permitiera a la legión de demonios que se albergaban en aquel endemoniado de Gerasa, introducirse en una piara de dos mil cerdos y éstos se ahogaran en el mar, los porqueros comunicaron el portento ocurrido, y las gentes de aquellas tierras gentiles vinieron a rogar a Jesús que abandonara la comarca.

Y tú, como otro día en Nazaret, pasando por en medio de ellos te alejas. Fue entonces cuando el geraseno que había estado endemoniado te rogaba le admitieras entre tus íntimos, porque quería estar contigo.

Mas Tú se lo impediste diciéndole: «Vete donde los tuyos, y cuéntales lo que el Señor ha hecho contigo, y que ha tenido compasión de ti». Entendiendo tu drama, tu dolor, aquel hombre renunció a su vocación de seguirte y se fue a hacerte presente entre los suyos, en las estructuras mismas en que eras rechazado. Nacía con él el apostolado seglar. La cristianización de las estructuras desde dentro. El laico apóstol entre los laicos. Y lo más grandioso de esta misión es que nacía de tu voluntad de Dios.

El apostolado de los laicos es la misión más urgente de los tiempos modernos. Hoy hacen falta millones de apóstoles laicos. Hombres y mujeres que se entusiasmen con la ingente tarea de la evangelización. Es una misión sublime, enormemente atractiva. Los tiempos que vivimos gritan que ésta es nuestra hora. La hora de los laicos. La hora de hacer presente a Cristo y su Iglesia allí donde se les rechaza, y lo que es más, se les desprecia.

El mismo Cristo es quien nos urge esta consigna de ir a los nuestros, a los de nuestra casa, los de nuestro ambiente de trabajo, estudio, diversión, y a todo el amplio marco de realidades sociales en que nos desenvolvemos.

En medio de esas estructuras temporales Jesús no tiene otros portavoces de su Evangelio que nosotros. No tiene otra boca para anunciar su Verdad que la nuestra, ni otros ojos para mirar que los míos, ni pies para caminar sino los míos, ni otras manos para hacer el bien que las mías, ni otro corazón para amar que el mío. Por consiguiente, Cristo necesita estos apóstoles laicos, insustituibles misioneros en su mundo de cada día.

El apostolado seglar es exigencia de nuestro bautismo. Y es exigencia de cuantos nos rodean y padecen la indiferencia, la desorientación, la duda, la tristeza de vivir sin fe. Y reclaman nuestra ayuda, nuestro apoyo, nuestro amor y comprensión. En suma, la comunicación de las misericordias que el Señor ha tenido con nosotros.

El pasaje que estamos comentando acaba de una forma singular: «Él empezó a proclamar por la Decápolis lo que Jesús había hecho con él, y todos quedaban maravillados». Es decir, que Cristo mismo iba en aquel hombre. Por eso se maravillaban, como de la predicación del Maestro. Su palabra y su vida eran palabra de Dios y vida transformada en Cristo. La fuerza de su predicación nació de que las misericordias del Señor, realizadas en él, Jesús quiso prolongarlas en aquella comarca donde se le rechazó a causa de una piara de cerdos.

El Amor no es amado. Pero sigue amando y buscando a quienes le rechazan. Y de eso él, el endemoniado convertido en apóstol laico, era fiel testigo.

Que la Virgen Reina de los apóstoles colme de gracias a quienes sigan e imiten a este precursor del apostolado seglar.