Diálogo ciencia y fe

Aportaciones en la búsqueda de la verdad

15
Cielo estrellado. Foto: Vincent Chin de Unsplash
Cielo estrellado. Foto: Vincent Chin de Unsplash

Por Pedro Castrillo. Físico. Profesor titular de universidad.

Las ciencias experimentales (física, química, biología, etc.) gozan de un prestigio social innegable, tanto por llevar asociada la imagen de conocimientos rigurosos como por la utilidad que aportan. Así, los logros tecnológicos, como aplicación de la ciencia a campos de interés práctico (tales como la ingeniería y la medicina), contribuyen a aumentar la confianza en la potencialidad del conocimiento científico. La estima por la ciencia puede llegar incluso a una mitificación de esta, aceptando a veces de manera acrítica resultados parciales, o extrapolando los hallazgos a campos que no le son propios. En este mismo contexto, no es extraño que se pongan en tela de juicio la validez, objetividad o universalidad de los otros tipos de conocimiento, y esta valoración afecta con cierta frecuencia a la filosofía y a la teología.

La publicación de varios libros de gran tirada ha vuelto a poner en la palestra el diálogo entre ciencia y fe, presentando la ciencia como un camino para la fe[1], [2]. Los datos que presentan estos libros no son nuevos pero, más allá del título (muy comercial aunque poco preciso), tienen el mérito de presentar de forma clara y relativamente sencilla cómo los resultados de la ciencia se entienden mejor si se admite la existencia de Dios.

El diálogo entre ciencia y fe cobra una importancia especial en la situación de primer anuncio del Evangelio en la que nos encontramos, que tiene analogías con la de los cristianos de los primeros siglos. Como señalaba san Juan Pablo II en Fides et ratio: «Los primeros cristianos, para hacerse comprender por los paganos, no podían referirse solo a “Moisés y los profetas”; debían también apoyarse en el conocimiento natural de Dios y en la voz de la conciencia moral de cada hombre»[3]. Y, como apunta Javier Sánchez Cañizares, no se trata de quitar importancia o protagonismo a la iniciativa de Dios en la conversión de los corazones. Se trata de entender que la eventual acción eficaz del Espíritu Santo en las almas necesita que estas comprendan lo que se les está proponiendo. Para ello, el Evangelio anunciado debe entrar en diálogo con el sustrato científico-técnico del hombre actual, aceptando aquello que es verdadero y bueno y colaborando con él en una visión más completa del mundo y del ser humano[4].

La ciencia, su método y sus límites

Las ciencias empíricas requieren fenómenos experimentables y reproducibles, susceptibles de ser expresados de manera objetiva y, preferiblemente, cuantitativa. A partir de las observaciones experimentales se formularán posibles explicaciones, llamadas hipótesis, de las cuales se deducirán consecuencias y se harán predicciones concretas. Cuando las predicciones son cuantificables se expresan con fórmulas matemáticas. Las predicciones deben poder ser contrastadas con nuevos datos experimentales. De esta forma se va comprobando la validez de las hipótesis. Si los experimentos no concuerdan con las predicciones hay que depurar las hipótesis, actualizándolas por otras que sean capaces de explicar todos los datos disponibles. Se establecen así conexiones y explicaciones que hacen inteligibles los datos. Las teorías son más ciertas cuantos más datos engloban y predicen. Este método ha dado lugar a un espectacular avance en múltiples áreas de conocimiento, estableciendo disciplinas científicas universalmente aceptadas, capaces de explicar multitud de datos.

No obstante, los límites de la ciencia vienen impuestos por la misma metodología que es la clave de su éxito. Por un lado, cada disciplina científica restringe su campo a una determinada dimensión de la realidad y a ella ajusta sus procedimientos. Por otro lado, quedará fuera de su ámbito de aplicación todo lo que no se pueda ceñir al método arriba descrito, de modo que también quedarán fuera de su área las preguntas sobre la finalidad y el sentido último de lo observado. Estas preguntas serían propias de la filosofía de la ciencia, que reflexionará sobre la ciencia y sus resultados, pero que usa un método diferente del arriba descrito.

El cientificismo es la corriente de pensamiento que no reconoce los límites mencionados, sino que afirma que la única forma de conocimiento válida es el conocimiento científico e, incluso, un paso más allá, sostiene que solo existe aquello que puede ser conocido mediante el método científico[5]. En un célebre debate, el cientificista Richard Dawkins comenzaba su discurso diciendo que lo que lo llevó a centrarse en la ciencia fue su interés por comprender por qué existe el universo, por qué existe la vida y por qué existe el ser humano[6]. Con estas premisas se comprende que, al centrar en la materia su búsqueda de sentido, solo encontrara respuestas materiales. Sin embargo, las ciencias naturales en sí mismas no son un apoyo al materialismo. Al estudiar solo la materia no afirman, ni pueden afirmar, que únicamente exista esta, pues esto se sale de su campo de conocimiento.

Algunos cientificistas dan todavía otro paso y presentan a las religiones como antagonistas de la ciencia, pues tendrían el mismo objetivo que ésta (dar una explicación global del mundo), pero serían falsas por no ser científicas y serían responsables de muchos de los males de la humanidad.

Espacios para el diálogo

En la base del supuesto antagonismo entre ciencia y religión que postula el cientificismo hay una confusión sobre los métodos y el objeto de ambas. Dios no puede ser estudiado mediante ensayos científicos, ni la ciencia es capaz de dar respuesta a las preguntas últimas, ni es misión de la religión sustituir al conocimiento científico en ámbitos propios de este.

Pero tampoco parece válida la postura intelectual según la cual las áreas de conocimiento de la ciencia y de la religión no se solapan en absoluto, de modo que podrían sostener sin conflicto afirmaciones aparentemente contradictorias. Este planteamiento o bien sería relativista (y en realidad nada sería verdad) o bien equipararía a la religión a un relato mítico que no tendría que ver con el mundo real. Asumir esta postura supondría una fractura interna para el científico creyente. El enfoque adecuado sería respetar la autonomía de la ciencia y de la religión en cuanto a su método, y poner en diálogo las afirmaciones de ambas que se refieran a aspectos comunes[7]. Repasemos brevemente algunos.

La astronomía señala que el universo tiene un origen y que este ocurrió hace unos 13 700 millones de años. La física no puede ir más allá, ya que en ella no tiene sentido la pregunta «¿qué había antes?», pues no había «antes». Sin embargo, fuera de la física es legítima (y necesaria) la pregunta de por qué existe un universo que podría no existir, lo cual se asemeja a la tercera vía de santo Tomás. Es cierto que el origen del universo no implica necesariamente el concepto de creación pero, de hecho, la resistencia que opusieron algunos famosos astrofísicos del siglo XX para aceptar que el universo tuvo un inicio estuvo asociada a que les parecía que el que el universo tuviera un comienzo se asemejaba mucho a la idea de creación.

Además, la ciencia nos dice que, si las constantes fundamentales de la física hubieran tomado valores ligeramente diferentes de los que tienen, sería imposible que hubiera estructuras astronómicas y que hubiera variedad de elementos químicos, por lo que, entre otras muchas consecuencias, el universo no sería propicio para el desarrollo de la vida. Y no es menos sorprendente que el universo sea comprensible, de forma que la física descubra en todo patrones lógicos matematizables. Tanto el «ajuste fino» de las constantes de la física como la racionalidad del universo suscitan un asombro que, sin ser una demostración, evocan una finalidad.

La teoría sintética de la evolución constituye hoy un edificio bien establecido que aúna resultados de diversas áreas (paleontología, genética y otras) y que da cuenta de la evolución de los seres vivos. Sin embargo, esta teoría es interpretada con cierta frecuencia en una clave materialista, excluyendo así la necesidad de Dios y su existencia. Ya en 1868, John Henry Newman reflexionaba: «No me parece que se niegue la creación por el hecho de que el Creador hace millones de años impusiera leyes a la materia. La teoría del señor Darwin no debe ser necesariamente atea, sea cierta o no; puede sencillamente estar sugiriendo una idea más amplia de divina presciencia y capacidad»[8].

La aparición del hombre, como caso particular del origen de las especies, remite a la cuestión antropológica: ¿quiénes somos?, ¿de dónde venimos? La fe cristiana, reconociendo que no es su misión señalar el “cómo”, está llamada a dar luz sobre la identidad y dignidad humana, no arrojada a la existencia por azar. El concepto de pecado original ofrece una explicación al comportamiento ambivalente del hombre y a su necesidad de salvación, pero no está claro cómo compaginar el comienzo de este estado de caída con un «cuándo» y un «dónde» compatible con los datos de la paleoantropología. También en relación con el ser humano, los avances en la neurología aportan información sobre la relación mente-cerebro y sobre la libertad humana, e invitan a una mejor comprensión del concepto del alma.

Además de estos puntos de diálogo ciencia-fe en la búsqueda de la verdad, son también relevantes los puntos de cooperación en la búsqueda del bien. Un sacerdote amigo me comentaba que dialogando con un joven éste le espetó: «Vale, supongamos que Dios existe ¿Y a mí qué? ¿Qué me aporta?». El descubrir lo que la aceptación de la existencia de Dios puede aportar a mi vida y a la sociedad no es una prueba de dicha existencia, pero sí es un motivo para que la pregunta sea relevante para el que recibe el mensaje. Por otro lado, la intuición no demostrada de que verdad y bien van juntos puede aportar indicios sobre la realidad de Dios al observar los beneficios que aporta el reconocimiento de la existencia de un Creador. Así, numerosos estudios recientes han puesto de manifiesto el efecto positivo de la fe cristiana sobre la salud psíquica y somática. Por otro lado, la fe cristiana ofrece a la ciencia una base para la fundamentación de la ética de la investigación y de la bioética, y puede ayudar a establecer un marco adecuado para el desarrollo sostenible sin ver al ser humano como un enemigo del medio ambiente.

Algunas conclusiones

En el diálogo ciencia-fe, la ciencia contribuye con un conocimiento más exacto de la naturaleza y del ser humano, suscitando un asombro más fundamentado por la maravilla del mundo. La Iglesia católica afirma que el hombre, por su sola razón, puede llegar a conocer la existencia de Dios[9]. Afirma, por tanto, que la razón, y por tanto también la ciencia, es un camino válido para conocer a Dios y para ayudar a otros a llegar a él. Lo cual no equivale a afirmar que este camino sea fácil ni que, por la sola razón, se pueda llegar a conocer todo sobre Dios. Aunque refuerce una convicción firme y fundada de la existencia de Dios, no sería exacto hablar de «pruebas científicas», sino más bien de «vías». La existencia de un Dios creador no es tan evidente que quite la libertad del hombre para aceptarlo o no, ni tan oscura que sea preciso ser un erudito para descubrirla.

Por su parte, la fe cristiana aporta la afirmación de la existencia de verdades objetivas y que es posible llegar, aunque sea de manera imperfecta, al conocimiento de la verdad. Garantiza así el clima intelectual que hace posible el desarrollo de una ciencia comprometida con la verdad y apoya su fundamentación ética. La fe no ofrece soluciones para la investigación científica como tal, pero anima al científico a proseguir su investigación sabiendo que en la naturaleza se encuentra la obra del Creador.

En particular, el científico creyente está llamado a hacer de su propia vida una síntesis entre fe y ciencia. Será un intérprete cualificado en el diálogo ciencia-fe pues, como un «nativo bilingüe», hablará ambas sin acento. Afrontará con serenidad los aparentes conflictos ciencia-fe, ya que en su labor cotidiana está entrenado a abordar los conflictos ciencia-ciencia (cada publicación científica que corrige o matiza a la anterior no deja de ser un pequeño conflicto). Su labor científica será una afirmación del valor de las realidades temporales en sí mismas, sin necesidad de que su tema de investigación tenga valor apologético. Vivirá la búsqueda de la verdad como una vocación y un servicio, con honestidad metodológica, rigor intelectual y apertura a la trascendencia.

Hombres de ciencia, como el genetista Jérôme Lejeune, en proceso de beatificación, o el sacerdote y físico George Lemaître, uno de los padres de la teoría del Big Bang, son ejemplos iluminadores de esta síntesis. En palabras de Lemaître: «Me interesaba la verdad desde el punto de vista de la salvación y desde el punto de vista de la certeza científica. Me parecía que los dos caminos conducen a la verdad, y decidí seguir ambos. Nada en mi vida profesional, ni en lo que he encontrado en la ciencia y en la religión, me ha hecho nunca cambiar de opinión»[10].


[1] Bolloré, M. Y.; Bonnassies, O. (2023). Dios, la ciencia, las pruebas. Funambulista.

[2] González-Hurtado, J. C. (2023). Nuevas evidencias científicas de la existencia de Dios. Voz de Papel.

[3] Juan Pablo II (1998). Fides et ratio.

[4] Sánchez-Cañizares, J. (2023). La purificación de las representaciones en el diálogo entre ciencia y fe. Estudios Filosóficos, 72, 49.

[5] Marcos, A. (2023). Religión y ciencia: relaciones en un espacio complejo. Estudios Filosóficos, 72, 33.

[6] Dawkins, R.; Lennox, J. (2007). The God Delusion Debate. Disponible en YouTube.

[7] Marcos, A. (2023). Religión y ciencia: relaciones en un espacio complejo. Estudios Filosóficos, 72, 33.

[8] Newman, J. H. (1868), Carta a J. Walker.

[9] Vaticano I (1870), Filius-Dei.

[10] Aikman, D. (1933). Lemaître follows two paths to truth, The New York Times Magazine, 19 Febr.

Artículo anteriorReligión y ciencia
Artículo siguienteUna familia abierta a la vida