Vida consagrada. Vidrieras en Zamora (y V)

Belleza Trinidad

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Por Rogelio Cabado

Finalizamos nuestro recorrido de vidrio, forma y color a lo largo de la Creación, la Redención y Pentecostés, con esta última vidriera llena de vida, la única vidriera vertical del conjunto. El camino recorrido nos introduce en la expresión más bella de la Trinidad, la Vida Consagrada (VC). Luis Quico, gran amigo, artista y vidrierista supo construir cada cristal desde este diseño que le ofrecí para expresar la belleza de la VC. En ella presento una flor grande del campo, como sol que centra la vidriera, amarillo de madurez, expresiva y luminosa. Cada consagrado en el mundo es esa flor del campo que expresa el P. Morales en su libro Tesoro escondido. Nos recuerda a la Virgen de Gredos, oculta en la grieta de la roca de montaña, «Flor escondida en su nada. Solo se abre para Dios». Los demás perciben el aroma según su sensibilidad. La vida del consagrado tiene sentido pleno, aunque viviese en una silla de ruedas. Su centro es la eucaristía, centro de su vocación, centro de la vidriera. La vida consagrada a Dios es prolongación del pan y vino de la eucaristía que ilumina un tesoro escondido en el campo. Es la VC en el mundo, que descubre un joven. «Va y vende cuanto tiene para conseguir aquel campo» (Mt 13,44).

La espiga de trigo que emerge del sol, multiplica sus granos por su fidelidad al carisma; el vino que derrama es ofrenda sobre el cáliz del suelo del mundo, un racimo de uva sabrosa.

El tetramorfos de nuestra vidriera expresa cuatro claves de la vida consagrada: en el mundo sin ser del mundo» —la ciudad, que embellece el consagrado, donde es testigo. Allí brotan estrellas de luz. «Vosotros sois la sal de la tierra», representado en la barca que las olas quieren hundir. Nos recuerda al Señor dormido en popa con los apóstoles. Jesús calma la tempestad, ¿recordáis? Sois la sal que en la vida del cristiano jamás debe volverse sosa (Mt 5,13-16).

El tercer tetramorfo presenta el grano de mostaza, la más pequeña de las semillas que llega a ser la mayor de las hortalizas, paradojas de Dios (cf. Mc 4,30-32). El cuarto tetramorfo, presenta esas pequeñas flores del campo que nacen al calor del sol. En la vida no es necesario aparecer en escena. La vida de cada flor tiene sentido, aunque nadie la vea. Cada una es diversa, particular. Cada una gusta al Padre, pues la ha modelado a su gusto.

Muchas otras flores allí nacerán, brotarán en la montaña, en los paisajes de altura. Al pie de las cumbres, escondidas, bellísimas, desapercibidas en las grietas de las rocas. Esas cumbres se dibujan sobre el cielo azul, junto a las praderas del circo de Gredos que tantos recordamos. En ese lugar se forman jóvenes llenos de vida, abiertos a la gracia de Dios. La Galana a la izquierda, el Almanzor a la derecha en su vista desde la Laguna Grande, con una cumbre blanca tras él. Es la «cumbre de la humildad» a la que tender.

No faltan en este camino junto al gozo de la consagración, el sufrimiento y la abnegación representados por amapolas rojas sobre las flores del campo. Dos hojas verdes amplias abren como cáliz en ofrenda. Nos invitan a mirar hacia la altura. Este verde esperanza es reflejo del verde de la creación de la primera vidriera. La VC es la belleza que Dios soñó en la creación, toda una explosión de vida y creatividad. El amarillo abunda en la segunda vidriera de la Redención, expresión de Cristo resucitado, patente en la vida del cruzado, del consagrado. El blanco del Espíritu en la tercera vidriera, se prolonga en la eucaristía de esta última vidriera: «Ya no soy yo, es Cristo quien vive en mi» (Gál 2,20). En las tres vidrieras anteriores aparece la figura de María, lirio virginal. En esta última permanece oculta, aparentemente. Ella es el sol gigante. «Es y está entre el cielo y la tierra…, en pilar sobre roca, desafías contrastes del tiempo». «Al final mi Inmaculado Corazón triunfará». El consagrado está lleno de María. Es todo y siempre de María, que todo santifica de belleza y luz.

Los cristianos bautizados somos también esa consagración al Padre de los cielos. Somos sacerdotes, profetas y reyes. El P. Morales invitaba a ser conscientes de este regalo.

El camino de la santidad de las tres vidrieras trinitarias, conduce a la Vida Consagrada, junto al altar del Señor donde cada día santifica lo creado. Así alcanzamos la cima más alta, la cumbre de la santidad, el cielo.

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