
Por Julián Manso Aláez
Mi hermano Emiliano nació y vivió en San Román de la Cuba (Palencia-1940) hasta que ingresó en el seminario de Comillas. De niño hacía lo que hacían todos los chavales del pueblo: iba a la escuela, jugaba en los recreos, ayudaba en las tareas del campo, era monaguillo y no faltaba un solo día a misa, siempre tuvo clara su vocación sacerdotal; por eso yo digo que fue sacerdote desde su nacimiento.
Nuestro padre lo llevaba por la mañana muy temprano, hasta la hora de la misa, a arrancar lentejas, pero cuando sonaba la primera campanada del pueblo, Emiliano salía corriendo campo a través para llegar a tiempo al comienzo de la misa. Contaba que muchas veces, cuando nuestro padre quería avisarle de que ya tocaban las campanas, él ya había echado a correr, con 200 o 300 metros recorridos. Solo estaba pendiente de esa campana. Las lentejas, decía, le importaban un pimiento.
En casa, tenía su rincón favorito en el corral de los abuelos, donde vivió desde antes de que nos quedáramos sin madre —ella falleció cuando él tenía nueve años y yo menos de cuatro—. En ese rincón jugaba y pasaba mucho tiempo. Si le preguntabas: «¿a qué juegas?», te respondía siempre: «Estoy haciendo misa». Decía que le gustaba mucho el cura del pueblo porque pasaba el día en la iglesia y rezaba. Se refería a que por la mañana celebraba la eucaristía y por la tarde dirigía el rosario. Emiliano asistía encantado, tanto porque le gustaba como por su papel de monaguillo.
Mi padre tenía una pequeña tienda en el pueblo, donde se vendía de todo: aspirinas, golosinas, zapatillas, tabaco… Emiliano nunca atendió a nadie. Prefería leer, escribir, rezar y jugar a decir misa, y ni siquiera entraba en la tienda a coger golosinas. Vivía con los abuelos y con una tía soltera, hermana de mi padre, que tras la muerte de nuestra madre fue en realidad su figura materna durante toda su vida.
El campo nunca fue lo suyo. Teníamos una bicicleta para todos y recuerdo una vez que yo fui con la burra a recoger cerezas a una finca que teníamos. Él apareció con la bicicleta. Al terminar, le advertí que al final de la cuesta había una curva con arena arrastrada por la lluvia, que no bajara deprisa. Pero no hizo caso. En esa curva se dio el mayor tortazo de su vida: fue un buen golpe.
A Emiliano se le daba mejor cantar, rezar, estudiar, ser monaguillo y jugar a decir misa que montar en bici. Desde muy pequeño, su vida parecía orientada hacia el altar. Y así fue.
Emiliano Manso Aláez, sacerdote desde el 10.04.1966, en que fue ordenado en Comillas, hace 59 años, ¿o siempre fue sacerdote?
Descanse en paz mi hermano Emiliano, sacerdote.






