Virgen montañera

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Estatua de la Virgen en los Alpes.
Imagen de la Virgen María en los Alpes austriacos.
María se levantó y se puso en camino de prisa hacia la montaña… (Lc 1,39).

¿Por qué multitud de cumbres en toda Europa y América están coronadas por imágenes de la Virgen? ¿Por qué nuestra geografía aparece sembrada de ermitas y santuarios marianos en sus montañas?

Porque María es la primera montañera de los tiempos nuevos, surgidos del nacimiento de Cristo. La primera página del evangelio nos muestra a la Virgen como alpinista del espíritu, con Jesús en sus entrañas, en camino hacia la montaña para visitar a su prima Isabel.

María sube con estilo montañero:

Se levanta. No se deja llevar por la pereza o por la indecisión. Sale de sí misma.

Se pone en camino. Las dificultades no la arredran; no se queja. Los caminos de altura no son fáciles: pedregosos, empinados, mal señalizados y poco transitados; para recorrerlos se requiere un esfuerzo continuado. María es maestra de constancia montañera.

De prisa. El amor le da alas; se mueve impulsada por el Espíritu Santo.

Su movimiento es un subir bajando. Sabe abajarse para ascender: escala para servir, en humildad.

Más aún, María entona el primer himno de montaña: el Magníficat. Cuando entra en casa de Isabel canta lo que estaba meditando en su corazón desde el anuncio del ángel, y prorrumpe en una explosión de adoración, alegría y agradecimiento.

Con su canto, María proclama el primer manifiesto montañero: la misericordia de Dios «llega a sus fieles de generación en generación (…) derriba del trono a los poderosos y encumbra a los humildes, a los hambrientos los colma de bienes y a los ricos los despide vacíos».

Desde la Visitación María se ha convertido en guía de montaña para cuantos la invocamos: es nuestra madre y protectora, y desde la cima custodia nuestros pasos. Como los niños en el parque, jugamos seguros mientras nos sabemos mirados por nuestra madre. Como expresa el dicho montañero: «Cuando en lo alto de la montaña hay un amigo, es más fácil subir». Cuánto más si la amiga es María. Ella nos eleva la mirada y nos acerca al cielo. Como cantamos en un precioso himno montañero: «Nuestra vida camina hacia la altura / de un dichoso y riente paraíso, / que es la vida una excursión / que va a la eterna mansión».

Y al ascender, descubrimos en la belleza del paisaje el aroma montañero que deja la Virgen con el Verbo camino de lo alto, como exclamó el montañero del Monte Carmelo san Juan de la Cruz: «Mil gracias derramando / pasó por estos sotos con presura / y yéndolos mirando / con sola su figura / vestidos los dejó de hermosura».

El P. Morales no se cansaba de cantarla y escribía: «María será la Virgen de las Nieves, la santa Madre de todos los montañeros del mundo escalando picos, coronando montañas que empujan hacia Dios (…) La Madre de las altas cumbres, de los glaciares y neveros, de los campamentos y albergues, de montañas y mares, de la Campaña de la Visitación».

Como aplicación final: la Virgen montañera nos invita a que la dejemos prolongarse en nosotros: saliendo de nosotros mismos, en actitud de servicio, custodiando a los demás y llevándoles al Señor. Es decir, María nos impulsa a vivir con ella una nueva Visitación. Nos acogemos a Ella y le pedimos en una nueva letanía para nuestro verano: ¡Virgen montañera, ruega por nosotros!

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