Volver a la persona. Una mirada a la esencia de la educación

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Foto: Sebastián León Prado
Foto: Sebastián León Prado

La educación es indiscutiblemente el tema de nuestro tiempo. Muchos juegan al despiste insistiendo en la política o en la economía —y no puede negarse su influencia en una sociedad bien o mal configurada—. Las ideologías de la izquierda, fieles a su lema de que «todo es política», consideran la educación una herramienta para la transformación de la sociedad mediante la configuración de las mentalidades, concibiendo a los maestros como «agentes de cambio social» y a los niños y jóvenes como su principal objetivo. Por su parte, las ideologías de corte liberal consideran la educación, sobre todo, como una herramienta para dotar de «mano de obra capacitada» al tejido económico. Y así, la preocupación por la educación —que es un asunto profunda y decisivamente personal—, se ha convertido en una preocupación por el sistema educativo en términos meramente estructurales, genéricos.

Pero es que además la calidad y el rendimiento de los sistemas educativos es, en el fondo, también una cuestión de personas. Análisis recientes del rendimiento educativo de los países de la OCDE revelan que apenas el 16% está condicionado por factores como el deterioro del PIB o el aumento de alumnos inmigrantes en las aulas, mientras que el 84% restante depende de factores como la estabilidad y calidad del tejido familiar, el nivel de formación del cuerpo docente y la calidad de los procesos educativos en los centros.

Como ha escrito el filósofo español Javier Gomá, la raya que separa la excelencia ética y social de la vulgaridad, la mediocridad y la barbarie, se dibuja en el corazón de todos y cada uno de los ciudadanos. Así pues, no es tanto una cuestión de estructuras sociales —que influyen, sin duda— como de formación de la personalidad.

Hace un par de décadas, la llamada «formación del carácter» vino a situarse entre las principales prioridades de las universidades y de los planes escolares de los países anglosajones, con EE. UU. a la cabeza. Los analistas —de vuelta ya de viejos tópicos socializantes— han venido a reconocer que la clave más decisiva para transformar la realidad y mejorarla es educar personas valiosas y competentes.

En este marco, el desarrollo de la personalidad se construye sobre dimensiones «sólidas», sobre fortalezas que capacitan a una persona para aportar calidad humana al mundo a través de sus juicios y percepciones, de su actividad y su iniciativa, de su equilibrio personal y de sus relaciones. Estas fortalezas son en última instancia hábitos, virtudes, valores humanos que configuran la urdimbre psicológico-moral de la personalidad y aportan una orientación fundamental para la vida.

No es una moda pasajera

Estos valores y fortalezas no son un barniz decorativo, un condimento «políticamente correcto» de la actividad productiva. Muy al contrario, son una parte de la personalidad —y por lo tanto de la educación— llamada a persistir siempre, incluso en una sociedad pragmática como la nuestra.

Más allá de lo que pudiera parecer una moda pasajera o coyuntural se advierte la necesidad de fomentar personalidades creativas, sociables, íntegras y abiertas. Y así, aun cuando son las tecnologías las que parecen llevarnos a un nuevo paradigma social, económico y cultural globalizado, no podemos olvidar que quien innova no son las tecnologías, innovan las personas. La tecnología es un saber hacer, una forma ordenada de aplicar determinados medios para obtener ciertos logros. Hablamos, en suma, de pensamiento, de hábitos y destrezas cuyo sujeto son personas. En sentido propio, no son las tecnologías las que nos están cambiando la vida, sino quienes las han ideado y quienes las utilizan.

Una demanda de valores

Desde hace algún tiempo, frente al cultivo de determinadas competencias específicas (Hard Skills, habilidades «duras»), se habla de competencias o habilidades transversales, propias de una personalidad equilibrada y madura, que han de estar presentes desde edades tempranas en todas las áreas curriculares, en el comportamiento general en la escuela y en la vida familiar cotidiana.

El cultivo de estas competencias no está reñido con los aspectos éticos del emprendimiento; muy al contrario, los incluye necesariamente. René Diekstra, profesor de Psicología en la Universidad de Utrecht, cuenta la siguiente anécdota:

Hace unos dos años visité a Derek Bok, antiguo rector de Harvard. Cuando nos encontramos, estaba muy estresado y casi deprimido. Le pregunté: «Derek, ¿qué le ocurre?» Y me dijo: «Lo que ocurre es que anoche estaba viendo la televisión y estaban poniendo una comisión de investigación del Senado y estaba allí Blankfein, el consejero delegado de Goldman Sachs; y el presidente de la comisión del Senado le preguntó: “¿Sabía que su empresa vendió hipotecas basura por 800 millones de dólares a un banco holandés? ¿Era consciente de que les vendía basura?”. Y Blankfein dijo: “Señor presidente, no es ilegal”. “Esa no es mi pregunta. ¿Cree que lo que hizo es moralmente aceptable?”. Entonces cogió dos correos electrónicos y le dijo: “Uno de sus propios trabajadores le escribió a otro que usted los había felicitado por vender esas hipotecas basura”.

Y Derek Bok, el antiguo rector de Harvard, dijo: “Lo que me entristece tanto es que, cuando Blankfein se defendió, argumentó que se había licenciado en la Facultad de Derecho de Harvard. En Harvard hicimos algo mal si personas así son el producto de nuestra educación”. Eso lo dice todo».

Hablamos de la calidad humana de las personas, de nuestros alumnos. Pero el factor más decisivo de toda reforma educativa es la calidad humana de los educadores. Suele decirse que solo con el modo de mostrarse un profesor o un educador ante sus alumnos —sin necesidad de decir nada, con sólo su actitud— les está diciendo: «el mundo es así». Esto nos lleva a pensar en la formación inicial y permanente del profesorado, en un sistema de selección que escoja de verdad a los mejores en ambos aspectos, moral y técnico. Se ha dicho, y está contrastado empíricamente, que nunca un sistema educativo puede aspirar a una calidad superior a la calidad de sus docentes. Y ello no solo en lo relativo a los resultados de la instrucción.

Hablamos, en el fondo de maestros. No de quienes están en posesión de un título, sino de los que con su ejemplaridad, porque viven lo que enseñan y enseñan lo que viven, muestran a sus alumnos (o a sus hijos) un modelo de excelencia, a pesar de sus imperfecciones personales. Valores y virtudes se educan en y desde la práctica, por medio del trabajo y la convivencia; pero más especialmente por el trato frecuente y habitual con personas que hacen brillar la virtud en su ser y en su obrar, es decir, con maestros. Las virtudes se dan vivas en la persona y con la singularidad que es propia de la persona. Es maestro, en el más noble y amplio sentido de la palabra, quien sabe transmitir y suscitar en otro esa calidad humana. El maestro no nace, se hace maestro en la lucha consigo mismo, para poner a disposición de otros su mejor yo, sabedor de que solo podrá esperar de sus alumnos lo que diariamente se esfuerza en conquistar sobre sí mismo. Sus propias limitaciones personales, incluso, aceptadas con sencillez y paciencia, pueden ser un privilegiado argumento para acompañar y comprender a sus alumnos en sus dificultades y en sus reticencias.

El maestro es entonces una persona dotada de autoridad (auctoritas, capacidad de dar auge, de ayudar) porque con su modo de vivir enseña a crecer en humanidad. Su credibilidad nace de una disposición de servicio cualificado que muestra a través de su saber y de su actitud. Pero esto no es solo propio del oficio de educador, es inherente también a la condición de padres. Si la familia no respalda con una formación humana de base el trabajo del profesorado, este será seguramente en vano.

Padres que son maestros

Hace unos meses asistí al funeral por la madre de unos amigos, gente sencilla y buena. Al final de la celebración, uno de ellos se dirigió a los presentes para agradecer su asistencia y su oración, pero añadió que quería también transmitir junto con sus hermanos lo que habían recibido de su madre, sin necesidad de que ella les insistiera explícitamente en ello, solo con su ejemplo: Primero, cumplir siempre los compromisos contraídos. Segundo, buscar la felicidad por medio del esfuerzo honrado. Tercero, que su vida fuera siempre fiel a su pensamiento, y no al revés.

Me quedé pensando. A veces no hace falta ser doctor en educación o en pedagogía para impulsar a los que queremos hacia su perfección humana y cristiana. Basta, como en ese caso, con tener ideas claras y verdaderas, quererlos, convertirse en ejemplo vivo de lo que se aspira a enseñar, y así «completar personas por el amor y la exigencia», como diría el venerable Tomás Morales. Y tener mucha paciencia, claro. Y rezar, rezar mucho…

Aunque se podría reflexionar muy por menudo en todo esto, cabe enunciar algunas pautas básicas para padres de familia que quieran tener claro lo más esencial de su misión educadora con sus hijos para que estos sean capaces de distinguir y de apreciar el bien y de orientar hacia él su vida; para que sean hombres y mujeres en quienes se pueda confiar; para que se sepan creados y queridos por Dios y llamados a hacer de su vida un don de amor y servicio a los demás.

1.- Para empezar, un proyecto de educación familiar compartido: Uno de los asuntos esenciales ya desde el noviazgo es conocer los criterios morales y religiosos de la otra persona y llegar a una comunión de creencias, de convicciones en todo lo esencial, que fundamentarán y orientarán la misión educativa de la familia que se va a formar. De ahí surgirá un proyecto de educación familiar compartido, que habrá que enriquecer, impulsar y revisar a menudo:

a) Un modelo auténtico de persona: en el que la dimensión moral y trascendente es más importante que la económica y material; apuntar siempre en esta dirección, con tacto pero claridad.

b) Prioridades educativas compartidas: valores fundamentales, coherencia moral, comunidad de vida que ayuda a ser mejor. Nunca desautorizarse mutuamente ante los hijos.

c) Formarse en cuestiones fundamentales de educación (familiar). Buscar ayuda y consejo cuando sea preciso.

2.- Amor entre los esposos: Es la mejor enseñanza, porque los hijos aprenden lo que ven vivir. Decía Aristóteles que amar es querer el bien para alguien. Y eso lleva a poner a su disposición lo más valioso que uno tiene, es decir a sí mismo. El amor vivido es el cauce educativo fundamental cuando es verdadero y consecuente. No se inculca, se vive y se ve vivir. Desciende a las cosas cotidianas —Abilio de Gregorio suele decir con gracia que «amar es recoger los pelos de la ducha después de haberla usado…»— ; no se cansa de perdonar y de aspirar a lo mejor.

3.- Intentar vivir nosotros los valores que les proponemos: Educamos por lo que somos, más que por lo que decimos: ejemplo alegre. «Dar ejemplo no es la principal manera de influir sobre los demás, es la única» (Einstein). Cuando se dice algo y se hace justo lo contrario, lo que los hijos interiorizan es la fragilidad de los principios de sus padres. Sin la coherencia del decir y el hacer la actuación educativa pierde toda su fuerza y sentido.

4.- Dedicación de tiempo a los hijos: escuchar, aconsejar, compartir vida y acontecimientos. Estar. Que cada uno se perciba como atendido, comprendido, aceptado y valorado. Y eso significa: tiempo, tiempo, tiempo. En este sentido podría hablarse de una «pedagogía de la calma». Los niños necesitan tiempos para hacer, pero también tiempos para pararse a pensar en aquello que hacen. La acumulación de actividades en una sociedad que se autodefine como competitiva no lleva a nada bueno si no se apoya en tiempos para la reflexión y la calma. Niños y niñas necesitan tiempos para jugar y para aburrirse, para leer y para hablar; y los padres necesitan tiempos para transmitirles no solo conocimientos y habilidades técnicas, sino todo el cariño que les tienen.

5.- Dar seguridad, certeza de que son apreciados, por ser ellos: Es la base de su futura autoestima, el cimiento de su personalidad. Evitar comparaciones con otras personas o con nosotros mismos. No condicionar nuestro afecto sincero al cumplimiento de determinados objetivos, valorar las intenciones y el arrepentimiento que nos reorienta al bien. Confiarles tareas y felicitarles por esforzarse en realizarlas lo mejor posible.

6.- Establecer normas y límites: Razonando a su nivel. Las normas han de ser pocas, claras y bien comprendidas, distinguiendo entre las fundamentales y las secundarias. El NO también forma parte de la educación. Cuando a un hijo se le educa solo desde el , lo que realmente aprende es a decir NO a sus padres. Los límites marcan los cauces que harán más fácil a los niños el construir un modo personal y positivo de ser y estar en la vida. Evitar el «conflicto del NO» o sobreproteger para evitar frustraciones son estrategias con un recorrido muy corto e ineficaz. Poner límites no está reñido con la libertad.

7.- Animar al ejercicio de los valores/virtudes en la práctica: no evitarles esfuerzos que les toca hacer a ellos. Que experimenten en primera persona el gozo y la satisfacción de obrar el bien. Vivir como virtudes los valores en los que se cree: «El que no vive como piensa, acaba pensado como vive».

8.- Presentar modelos desde las edades más tempranas: en primer lugar, los padres con su actitud (no con el autoelogio ni comparándose con los hijos). Los niños aprenden de lo que dicen los adultos pero, fundamentalmente, de lo que ven que hacen sus padres. Por eso es indispensable ofrecerles ideales de vida nobles y entusiastas y procurar vivirlos día a día, mostrar personajes ejemplares y animarles a ser lo mejores que puedan ser. No olvidemos que a los niños y jóvenes, si se les pide poco, no dan nada; si se les pide mucho, dan más.

9.- Promover y frecuentar ambientes que favorezcan el desarrollo de valores (familia, grupos juveniles, parroquia, cuidar compañías y amistades…): Se aprenden los valores viviéndolos y viéndolos vivir, a través de la convivencia.

10.- Fomentar en ellos la vida interior y la oración personal, propiciar el encuentro personal con Cristo, y no solo cuando son niños. Que nos vean rezar, que sigamos rezando con ellos cuando crecen, que vean que nuestra vida es consecuente con nuestra oración. Ayudarles en sus relaciones con Dios, con los demás, con las cosas. Rezar siempre por ellos. Hablarles de Dios, hablarle a Dios de ellos.

Concluyendo…

Es cierto que la dura competencia por los primeros puestos, por las calificaciones necesarias para acceder a determinados estudios, por triunfar en el trabajo o los negocios, no van a desparecer. Pero cuando un joven o una joven se presenten a una entrevista para pedir un trabajo, serán las virtudes de honradez, responsabilidad, iniciativa, lealtad, constancia, laboriosidad, etc., las que contarán. O cuando tengan que afrontar problemas familiares, cívicos o de conciencia profesional, por ejemplo, serán sus convicciones más profundas, sus criterios, hábitos y disposiciones morales y sus certezas religiosas, si las tienen, los que iluminarán y darán valor a sus decisiones.

Escribe Abilio de Gregorio: «Esa educación blanda y barata de mínimos, de bisutería y baratija, de simples indicios, de grosera espontaneidad en la expresión y en el trato, puede ser la causa de la cultura de quiosco, del zapping intelectual, del pensamiento anémico y de las conductas amorfas que caracterizan a muchos de nuestros contemporáneos. Frente a ello se sitúa la pedagogía del «magis» tan presente en los Ejercicios Espirituales: no es suficiente con lo bueno; es preciso empeñarse en lo mejor. Más de lo normal; más de lo acostumbrado. «¿Qué más puedo hacer para en todo amar y servir?» podría ser también el lema de toda excelencia educativa. Es la pedagogía de llegar siempre hasta el final, hasta la última gota de mis posibilidades, del trabajo bien hecho, del «no cansarse nunca de estar empezando siempre», como decía el P. Morales».