Quiero ser alguien y ayudar a mi familia. Quiero ayudar.
Por Jesús Jaraíz Maldonado
Italia, 2023
121 minutos
Director: Matteo Garrone
En el 104.º aniversario del Día Internacional del Migrante y el Refugiado el papa Francisco afirmó que el pecado consiste en renunciar a conocer al otro e invitó a superar nuestros miedos para ir a su encuentro, recibirlo, conocerlo y reconocerlo:
El cine también nos ayuda en ese camino de acercamiento al migrante. En El visitante (Estar 309) conocíamos a un exiliado político sirio en Nueva York. Posteriormente, en El Havre (Estar 313) acompañamos en su indefensión a un niño inmigrante. Y en El médico africano (Estar 327) el protagonista era un doctor africano, emigrado a Francia desde Zaire.
Los tres casos nos aproximaban al inmigrante al final de su largo viaje. En Yo, capitán, conoceremos su vida en origen y el largo y demasiadas veces mortal viaje desde África hasta la anhelada Europa.
Dakar, Senegal. Seydou y su primo Moussa son dos jóvenes alegres y responsables. Van al colegio, juegan al fútbol y componen canciones. Con dieciséis años también trabajan y ahorran todo para cumplir un sueño: emigrar a Europa para trabajar y sacar a su familia de su precaria situación: «Quiero ser alguien y ayudar a mi familia. Quiero ayudar».
Sin embargo, recorrer miles de kilómetros de desierto a través de Senegal, Mali, Níger y Libia, implica ponerse en manos de tratantes de personas a cambio de sus escasos dólares.
En semejante travesía aflorará en estos jóvenes la nostalgia por el hogar abandonado, el sentimiento de culpa y la necesidad de recibir el perdón de la madre: «La echo muchísimo de menos, solo quiero que me perdone».
La dureza de la prueba y la imposibilidad de una vuelta atrás reforzará más aún su amistad. Ambos darán lo mejor de sí mismos: esperanza frente al desaliento, fortaleza y responsabilidad en los momentos críticos. En ningún caso abandonarán al otro.
Hasta ahí la película. Pero ¿qué ocurre cuando los migrantes llegan a tierra? Hace unos meses observé a grupos de jóvenes africanos —como Seydou y Moussa— deambular durante el día por calles y playas de Las Palmas de Gran Canaria. Ya de noche, patrullas de la policía realizaban controles a esos inmigrantes. Un joven canario me dio un dato: en una de las islas pequeñas, por cada dos habitantes hay un inmigrante africano. Otro canario aportó otro dato: él tiene una empresa de construcción, en la isla hay gran oferta de trabajo en ese sector, pero no encuentra mano de obra disponible. ¡Está prohibido contratar a esos jóvenes inmigrantes! Son alojados y mantenidos, pero ¡no se les permite trabajar!
Ante tal sinsentido, Francisco marcaba el camino al Cuerpo diplomático: «No existe peor pobreza que aquella que priva del trabajo y de la dignidad del trabajo».
Don Juan José Aguirre, obispo en República Centroafricana, completa: «En Europa y en España tenéis una visión desenfocada sobre las personas inmigrantes. Los 64.000 que vinieron en 2024 a Canarias son los mejores de la clase, los más valientes, los más emprendedores, esos a los que su familia eligió para pasar todas las barreras… Vamos a necesitarlos».







