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La Iglesia, como su fundador, se ha dedicado a hacer el bien

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Pintura barroca que representa la parábola del rico Epulón y el pobre Lázaro, resaltando el contraste social y espiritual entre ambos.
El rico Epulón y el pobre Lázaro, de Juan de Sevilla y Romero, siglo XVII. Museo del Prado.

No podía ser de otra manera. La muchedumbre proclamó de Jesucristo, su fundador: «Todo lo hizo bien» (Mc 7,31-37). Y la Iglesia solo tiene sentido si prolonga la acción de su fundador: hacer el bien, practicar las obras de misericordia.

Dejando a un lado la decisiva misión espiritual de la Iglesia, lo que más llama la atención es la beneficencia, fruto de la «caridad». Y la caridad es una virtud teologal, que tiene a Dios por objeto inmediato y nos es dada por su gracia. Es la mayor de las tres virtudes teologales. Y la caridad no es otra cosa que el amor, el grado supremo del amor, es decir, el amor a Dios sobre todas las cosas, y al prójimo y a nosotros mismos por este amor de Dios.


Todo lo hizo bien

De aquí arranca toda la obra social: de la persona histórica de Jesucristo. En él destaca una primera nota: su universalidad. No pertenece a ningún partido (fariseo, saduceo, esenio, zelota), abarca toda la tierra sin distinción de lengua, raza, nación.

En su «escala de valores» el espíritu de servicio y caridad ocupa el primer puesto. «El hijo del hombre no ha venido para ser servido sino para servir y dar su vida en rescate de muchos» (Mc 10,45).

Ennoblece el trabajo haciéndose obrero, hijo de obreros, maestro de discípulos trabajadores (sus apóstoles eran pescadores mayoritariamente); de ahí que se haya podido hablar del «Evangelio del trabajo». Jesús se duele de los males del mundo, llora por ellos, cura las enfermedades (Lc 4,38; 5,4; 6,12).

Restaura la familia y la dignidad de la mujer como bien nos enseña Juan Pablo II en su carta Mulieris dignitatem (nn 12-16).

Condena el lujo, el ocio, las riquezas mal empleadas. Baste con recordar la parábola del rico Epulón y el pobre Lázaro (Lc 16,19), según la cual, la propiedad privada tiene una función social.

Pero donde sus enseñanzas alcanzan cotas inefables es en el Sermón de la montaña, donde proclama las bienaventuranzas para con los pobres, los que lloran, sufren injusticias, los mansos, los hambrientos, los limpios de corazón, los misericordiosos, los perseguidos por su causa (Mt 5,3). Su mensaje final «amaos los unos a los otros como yo os he amado» será programático, elevando el grado de convivencia social a cotas insospechadas.

Una Iglesia samaritana al servicio de la sociedad

Con meridiana precisión enfatiza el papa Pío XII en su Mensaje de Pentecostés (La Solemnitá 1941) cómo ha vivido «perennemente en el alma de la Iglesia el sentimiento de responsabilidad colectiva de todos por todos, que ha sido y sigue siendo la causa motriz que ha impulsado el heroísmo caritativo de los monjes agricultores, de los libertadores de los esclavos, de los ministros de los enfermos, de los portaestandartes de la fe, de la civilización y de la ciencia en todas las edades y en todos los pueblos, a fin de crear condiciones sociales únicamente encaminadas a hacer posible y fácil una vida digna del hombre y del cristiano».

El historiador Emile Chenon en su célebre obra rescata el significativo texto del emperador Juliano el Apóstata:

¿Por qué no hemos de imitar lo que ha hecho el éxito de la impía religión de los cristianos: ¿la hospitalidad para los extranjeros, los cuidados en el entierro de los muertos? […] ¿No es vergonzoso para nosotros que no se vea a ningún judío mendigar, que los impíos galileos alimentan no solamente a sus propios indigentes, sino también a los nuestros, mientras que nosotros dejamos a nuestros hermanos sin socorros? (El papel social de la Iglesia, Jus, México, 1946 p. 459).

Benedicto XVI en Deus caritas est nos recordó nombres concretos de santos de la caridad, como Martín de Tours, Antonio Abad, Francisco de Asís, Ignacio de Loyola, Juan de Dios, Camilo de Lelis, Vicente de Paúl, Luisa de Marillac, José B. Cottolengo, Juan Bosco, Luis Orione, Teresa de Calcuta, como verdaderos portadores de luz en la historia (n. 40).

El papa Francisco en el Jubileo del Año de la Misericordia enfatiza la misericordia como «la viga maestra que sostiene la vida de la Iglesia» y cómo «todo en su acción pastoral debería estar revestido por la ternura con la que se dirige a los creyentes para ser creíble» (n. 10).

De igual manera nos lo comparte al culminar su entrañable encíclica Dilexit nos con esta apremiante oración: «Pido al Señor Jesucristo que de su Corazón santo broten para todos nosotros esos ríos de agua viva que sanen las heridas que nos causamos, que fortalezcan la capacidad de amar y de servir, que nos impulsen para que aprendamos a caminar juntos hacia un mundo justo, solidario y fraterno» (n. 220).

Iniciativas proféticas recientes

Como botón de muestra de todo este legado veamos algunos ejemplos sobresalientes en nuestro pasado más reciente.

En primer lugar, cabe resaltar las Misioneras de la Caridad de la madre Teresa de Calcuta (1910-97), quienes, desde su fundación en 1950, se han destacado por su servicio de «los más pobres de los pobres».

En Alemania, tras los horrores de la Segunda Guerra Mundial, surgió, el célebre «Padre Tocino», P. Werenfried van Straaten, fundador de la organización Ayuda a la Iglesia Necesitada, dedicada a apoyar espiritual y materialmente a la Iglesia perseguida. Allí mismo nacieron dos dinámicas instituciones. Misereor, nacida en 1958, para combatir el hambre y la enfermedad con programas de desarrollo. Adveniat, en 1960, para ayudar a América Latina.

En España, las mujeres de Acción Católica, en 1960, fundaron Manos Unidas, para la lucha contra el hambre, la pobreza y el subdesarrollo de los países más pobres y contra las causas que lo provocan.

En Italia, en 1968, nació la Comunidad de San Egidio, con el específico carisma de acoger a los inmigrantes y tender puentes de paz en los conflictos.

Al calor de los papas han surgido iniciativas de alcance mundial como Caritas Internationalis: vinculada a la Santa Sede y formada por las Cáritas nacionales y diocesanas, El Pontificio Consejo Cor Unum para la promoción humana y cristiana: creado por el papa Pablo VI, en 1971, como instrumento ejecutivo de la caridad del papa, promoviendo iniciativas humanitarias y la reflexión teológica y social y la caridad de los fieles. El papa Juan Pablo II creó la Fundación Populorum Progressio al servicio de la población indígena afroamericana y de los campesinos pobres de América Latina y el Caribe.

Conclusión

El papa Francisco, entre sus numerosas iniciativas, al final del Jubileo de la Misericordia, instituyó —desde el 2017— la Jornada Mundial de los Pobres, para que «en todo el mundo las comunidades cristianas se conviertan cada vez más y mejor en signo concreto del amor de Cristo por los últimos y los más necesitados». Una realidad y un desafío para que los cristianos sigan siendo el «alma en el cuerpo» de nuestra sociedad (Carta a Diogneto).

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