Siempre hay una mejor manera de hacerlo, encuéntrala.
Thomas A. Edison
Bob Richards (1926-2023) fue un atleta estadounidense, especialista en la prueba de salto con pértiga en la que llegó a ser campeón olímpico en 1952 y 1956.
Bob era de esos que piensan que hay que apoyarse en los gigantes para que te ayuden a crecer. Siempre que podía se ponía en contacto con los mejores para aprender de ellos:
«Jamás olvidaré la vez que yo intentaba superar la marca establecida por Dutch Warmerdam. Como yo estaba casi treinta centímetros por debajo de su marca, lo llamé por teléfono.
—Dutch, ¿puedes ayudarme? —le pregunté—. Tengo la impresión de no poder saltar más alto.
—Claro, Bob, ven a verme y te explicaré todo lo que sé.
Pasé tres días con el maestro, el campeón mundial de salto con pértiga, y durante ese tiempo Dutch me ofreció todo lo que él sabía. Yo estaba haciendo mal algunas cosas y él intentó corregirlas, con lo que salí ganando veinte centímetros. Aquel deportista modelo me regaló lo mejor que tenía. He comprobado que los campeones y héroes deportivos están siempre dispuestos a ayudarte para que tú también llegues a ser grande».
Sabemos que John Wooden, el gran entrenador de baloncesto de la Universidad de California en Los Ángeles, piensa que lo que se espera de él es que, día a día, ayude a alguien que jamás pueda devolverle el favor y, según afirma, ayudar al prójimo es su obligación.
Hay muchos ejemplos de personas así, altruistas, encantadas de ayudar desinteresadamente a quien lo solicita, aunque, claro, también hay personas cuya visión del mundo acaba en su ombligo, pero estas personas no nos interesan aquí.
No interesan esas personas —genios o no— espíritus mezquinos, que viven como los topos, prefiriendo la oscuridad de su hoyo a la luz del horizonte. Hay que buscar hombres antorchas —genios o no— que iluminan y alegran, que siembran sus caminos de bendiciones y simpatías, que tienen para todos una palabra de aliento y un cálido apretón de manos.
La disposición a ayudar suele ser una característica de los grandes, esos genios sencillos y humildes que disfrutan compartiendo sus secretos y saben tener para todos una palabra de aliento y de consuelo.
Búscalos, llámalos por teléfono o lee sus libros. Ve adonde ellos estén, ponte en contacto, habla con ellos, porque, lo afirma Bob Richards avalado por su propia experiencia, «cuando te acercas a los grandes, es fácil ser grande».







