A la ejemplaridad de los sanitarios

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La Santa Faz, El Greco
La Santa Faz, El Greco

En estos días se ha puesto de actualidad la lectura de la novela La peste, de Albert Camus. Se interpretó en 1947 como una alegoría contra el nazismo e incluso contra el comunismo. Pero su lectura es un reflejo del comportamiento humano en momentos de cataclismo. La peste bubónica ha despertado en los habitantes de la ciudad argelina de Orán, las mismas reacciones psicológicas que el coronavirus, al dejarnos confinados en la ciudad o en nuestras casas. Lo mejor y lo peor del ser humano va a tener ocasión de manifestarse.

Curiosamente el protagonista es un médico, Rieux, que se entrega hasta el límite a frenar y eliminar la enfermedad. Refleja el pensamiento del autor: Rieux es un agnóstico convencido de que su misión es rehacer la creación, y que la tarea universal es luchar contra el triunfo de la muerte. Dice así:

«¿No es cierto, puesto que el orden del mundo está regido por la muerte, que acaso es mejor para Dios que no crea uno en Él y que luche con todas sus fuerzas contra la muerte, sin levantar los ojos al cielo donde Él está callado?

—Sí, —asintió Tarrou— puedo comprenderlo. Pero las victorias de usted serán siempre provisionales, eso es todo.

Rieux pareció ponerse sombrío.

—Siempre, ya lo sé. Pero eso no es una razón para dejar de luchar.

—No, no es una razón. Pero me imagino, entonces, lo que debe de ser esta peste para usted.

—Sí, —dijo Rieux— una interminable derrota».

En la novela aparece la voz apocalíptica del jesuita padre Perrelux, pero la gente pasa de todo, huyendo como puede de la evidencia de la muerte. Camus piensa en su novela que no existe Dios, pero opina que el escepticismo no nos ha hecho más libres. Solo nos ha dejado más desamparados. El último párrafo de la novela comienza así: «Oyendo los gritos de alegría que subían de la ciudad, Rieux tenía presente que esta alegría está siempre amenazada».

En nuestra COVID-19, mientras a la mayoría nos encerraban en nuestras casas, un grupo numeroso tenía que acudir a un campo de batalla arriesgando sus vidas por salvar las nuestras y, de una manera extrema, los sanitarios, que en los primeros momentos tuvieron que acudir sin los medios de protección elementales. Ahí está el número de contagiados y muertos.

Supongo que, aunque numerosos profesionales son creyentes, la mayoría se guiará por un ideal humanitario o incluso filantrópico. En esta ocasión Saber mirar quiere recordar las palabras de san Juan Pablo II comentando la parábola del buen samaritano: «Buen Samaritano es el que ofrece ayuda en el sufrimiento, de cualquier clase que sea. Ayuda, dentro de lo posible, eficaz. En ella pone todo su corazón y no ahorra ni siquiera medios materiales. Se puede afirmar que se da a sí mismo, su propio “yo”, abriendo este yo al otro». Buen samaritano no es solo el que recoge al herido, lo lleva a la posada y paga sus gastos, sino los profesionales que prestan su saber y esfuerzo para aliviar y curar al enfermo. El buen hacer no hay sueldo que lo pague. Tiene su recompensa en la mirada de Dios.

Por eso hoy dedicamos a los sanitarios este hermoso óleo La santa faz del Greco. En vuestra heroica entrega está pintado el rostro de Cristo. Lo que hagáis a los necesitados a mí me lo hacéis.

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