¿A quién vas a creer, a mí o a tus propios ojos?

9
Groucho Marx
Groucho Marx. Ilustración: José Miguel de la Peña.

«¿A quién vas a creer, a mí o a tus propios ojos?», pregunta Chico, uno de los hermanos Marx disfrazado de Groucho, a la Sra. Dumón cuando trata de dar sentido a una situación absurda.

La misma pregunta parecen hacernos hoy día muchos pedagogos y políticos cuando mostramos sorpresa o indignación ante el ambiente, los usos o la normativa de la educación actual.

En un artículo anterior, preguntábamos cómo hemos podido llegar hasta aquí, cómo hemos podido perder el sentido común. La situación actual de la educación no es fruto de un seísmo o de un acontecimiento natural, sino la siembra constante y consciente de una ideología a través de una estrategia bien concebida. No es por tanto un fracaso de los educadores —profesores y padres—, sino el triunfo de una pedagogía, cuyas ideas se volvieron locas al prescindir de su punto de anclaje con la realidad.

No debemos olvidar que para que ese triunfo haya sido posible, ha sido necesario el consentimiento, la pasividad de muchos educadores, incluidos los padres e instituciones, algunas de ellas católicas, que abandonaron su carisma, su identidad y, en definitiva, la antropología cristiana que les dio fundamento y vitalidad en su origen.

La pedagogía actual tiene su origen en Rousseau, si bien eclosiona en América a finales del siglo XIX para plasmarse definitivamente de nuevo en Europa a partir del siglo XX. Propone una educación sin autoridad, sin esfuerzo, sin exámenes ni castigos. En España llega a su plena implantación a partir de los noventa con la aprobación de la LOGSE, precedida de una intensa formación al profesorado, y permanece en el ADN de todas las reformas legislativas. No es el cambio de leyes lo que ha producido el mal de la enseñanza en España, sino la ideología subyacente a todas ellas que tiene distintas variables. Las consecuencias no solo han afectado al ámbito escolar, sino también al social o al familiar como podemos comprobar cada día.

Por un lado, está la vertiente cognoscitiva. Como toda ideología, ya no importa la realidad, y, por tanto, tampoco la verdad en la medida en que esta consiste en la adecuación entre lo que pensamos y lo que existe. El conocimiento ya no es un descubrimiento, sino una invención, una construcción subjetiva que cada uno elabora a partir de sus propias experiencias. Es lo que se ha denominado como el constructivismo. Esta teoría, por exagerada que parezca, es la que reina en nuestras escuelas, con una cara amable y divertida, incluso lúdica: se trata de eliminar contenidos, de «investigar» y realizar trabajos —a menudo en la etapa escolar e incluso en la universitaria, queda reducida a la yuxtaposición de información sacada de internet—, pero sin los criterios propios de rigor, objetividad y veracidad. La escuela será más un espacio lúdico que un aula, «más un laboratorio que un auditorio». Al no existir la realidad, no existe más que la subjetividad, la opinión y en todo caso, la amenidad o aceptación social que tenga.

El correlato ético de esta teoría es la desaparición del bien y el relativismo moral. Si no existe la verdad, tampoco el bien objetivo y, por lo tanto, todo queda reducido a la emoción, a los sentimientos ya sean los propios o los de la colectividad, muchas veces impuestos por presión social. La conciencia es reducida al sentimiento, pero como este es inestable, es imposible que el compromiso ético sea duradero. ¿Cómo es posible mantener la palabra dada cuando no existe más vínculo ni obligación que mi propio yo y mi situación emocional?

No es de extrañar, a título de ejemplo, la drástica reducción del número de matrimonios a la vez que ha aumentado el número de divorcios. En el ámbito escolar, la única norma parece ser no herir los sentimientos de los alumnos, aunque algunos de ellos con su comportamiento estén generando un clima que, de hecho, impide el aprendizaje en condiciones idóneas.

Un tercer elemento, que ya está presente en el propio Rousseau, es la concepción ingenua del niño como un ser bueno por naturaleza al que lo hace malo la sociedad. No existe el pecado original, que no es otra cosa que la propia condición humana en la que coexisten la tendencia al bien y al mal: «Veo el bien y lo apruebo, pero hago el mal que no deseo», tal como señalaban Ovidio, san Pablo o san Agustín. Todo es pura espontaneidad y bondad. Pero, como demuestra la realidad de forma tozuda, la ausencia de socialización y de límites es lo más nefasto que le puede ocurrir a un niño de hoy para llegar a ser un adulto maduro y comprometido. «Su majestad el niño», lema central de esta pedagogía, no acepta más normas, principios ni sentimientos que no sean su puro capricho.

En el fondo, la situación de la educación actual es el choque entre dos modelos de entender el mundo, el hombre y la historia, algo que ya está presente en el Génesis. Por un lado, está el modelo que emana de un Dios que crea la realidad, establece los límites del bien y el mal, pero dada la debilidad humana, se hace hombre para redimirlo, o el modelo en el que el hombre juega a ser como Dios, ya sea a través de su conocimiento tecnológico, generando unos valores nuevos o, como hemos visto, negando la realidad a través de sus propias ideas. En este caso, los paraísos prometidos acaban siendo infiernos, como podemos comprobar en los países totalitarios o en los millones de vidas rotas, cuya existencia acaba siendo inhumana cuando el propio hombre decide convertirse en Dios.

«¿A quién vas a creer?», preguntaba Groucho Marx. Nos toca responder a la ideología pedagógica actual: «Creer, creer solo a Dios. Para lo demás me bastan mis propios ojos».

Artículo anteriorSusan Kinyua: «Mujer a mujer vamos cambiando nuestro país»