Abelardo de Armas: compañero de cordada

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Los Tres Hermanitos
Los Tres Hermanitos

Por Jesús Sanz Montes, ofm
Arzobispo de Oviedo

Conocí a Abelardo de Armas en el despertar de mi mocedad, esa época de la vida en la que ya tienes conciencia de no ser un niño, pero en donde todavía no aciertas a ser una persona adulta. Una encrucijada en la que se necesita, de un modo especial, la presencia de alguien que acompañe ese momento tan lleno de preguntas, y tan convulso para reconocer serenamente las adecuadas respuestas.

Providencialmente, tras unos ejercicios espirituales a los que fui invitado, tomé contacto con la Milicia de Santa María. El banderín de enganche no fueron aquellos ejercicios como tales, sino mi afición por el montañismo. Cosas que tiene el Señor en su divina providencia. Lo que me atrajo fue algo no tan profundo como el encuentro con Dios en un retiro espiritual, sino algo aparentemente banal como un deporte de montaña en donde pacientemente él me esperaba.

Así emergió esa figura, para mí determinante, que representó Abelardo. Porque él fue el compañero de cordada que me permitió otear otro horizonte y comenzar a escalar una cima que ni siquiera yo me sospechaba. Primero fue el montañismo sin más, acudiendo a marchas invernales disfrutando de la ascensión en medio de la nieve y el hielo que tanto nos desafiaban. Luego vinieron las marchas estivales, permitiendo pernoctar el sábado en un campamento improvisado, para ascender al día siguiente a la cumbre escogida. Pero no era un ejercicio deportivo sin más, sino todo un cúmulo de factores que me fueron conquistando a mí. Un sin fin de valores humanos, de virtudes cristianas, que en ambiente montañero me iban enrolando en aquella cordada.

Abelardo aparecía como el adulto que se hacía referencia: su sana simpatía que verdaderamente seducía; su hondura espiritual que te hacía fácil profundizar en el evangelio y entender, como nunca antes, lo que era la vida cristiana; la humanidad llena de sencillez, que permitía que la tuya se cotejara hasta quedar entusiasmada en la de él; la alegría del testimonio, que encendía en ti la garra apostólica que te empujaba a querer comunicar y contagiar a los amigos y compañeros de estudio y trabajo lo que inesperadamente e inmerecidamente se te había regalado.

No era el único, pero Abelardo por muchos motivos destacaba. No en vano figuraba como quien quizás más fielmente había entendido el carisma singular de aquel hombre de Dios que fue decisivo en tantas generaciones de jóvenes: el padre Tomás Morales, jesuita. En este sentido, Abelardo era una «traducción» (valga la expresión) sencilla y cotidiana, accesible y amable, de la preciosa doctrina y el exigente mensaje del P. Morales. No lo eclipsaba, no lo abarataba, sino que lo hacía asequible con una sencillez cordial y atractiva, que te permitía dar gracias.

Además de las actividades montañeras con Abelardo, que fueron para mí como un punto de partida, luego fueron apareciendo otros momentos educativos de diversa índole, en donde siempre aparecía él como una referencia a no perderse jamás. Llegaron los círculos de estudio cada semana en los que abordábamos las cuestiones de actualidad, pero vistas y juzgadas desde una visión eclesial y cristiana; los retiros mensuales, que tantas veces él mismo nos predicaba siendo laico y no sacerdote, y que hacía las delicias de desentrañar con verdadero afecto espiritual tantas páginas del Evangelio que todavía hoy me resultan inolvidables, y que guardo en mi corazón como un tesoro de piedad; los ejercicios espirituales una vez al año; el tierno amor a la Virgen María, a san José y a los santos; las jornadas de estudio y las de convivencia, que con motivo de la Semana Santa o el verano nos permitían formarnos como cristianos intrépidos y sanamente críticos.

A Abelardo no se le pidió ni ser sacerdote ni tampoco formar una familia, sino que se le confió esa delicada planta que representa la juventud como algo a lo que él se consagró totalmente desde su consagración personal al Señor.

Hoy, teniendo ya a mis espaldas tantas andanzas en mi itinerario vocacional como religioso franciscano, como sacerdote y como obispo, echando la vista atrás emerge con una luz propia la figura de Abelardo de Armas como un regalo que quiso concederme Dios, a fin de darme en él tantas cosas que han sido un precioso bagaje en mi camino creyente y eclesial, verdaderas gracias que en este buen hombre y fiel cristiano se me entregaban en aras de lo que luego el Señor me iría pidiendo. Por eso, surge con una espontánea gratitud el hacer memoria de su paso por mi vida, como sembrador de las gracias que Dios quiso darme con sus manos. Este agradecimiento no solo representa una justa actitud en mi plegaria por él, sino la inolvidable deuda de amor ante quien fue para mí un educador que jamás me suplió, sino que me acompañó con respeto y discreción, a fin de que yo pudiera vivir fielmente aquello para lo que nací de parte de Dios: un auténtico compañero de cordada en la única importante ascensión.

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