Abelardo de Armas, un río en constante descenso hacia el mar

Los ritmos de una conversión permanente

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Foto: Tanders Ipsen
Foto: Tanders Ipsen

El 22 de noviembre se ha cumplido un año desde que Abelardo de Armas (1930-2019) nos dejara. Se ha ido en silencio, pero su legado y su espíritu permanecen.

Cuando nos acercamos a su persona, Abelardo no deja de transmitirnos enseñanzas. Una de ellas, en la que nos fijaremos hoy, la apertura a Dios para una constante conversión. Puede decirse que jugó limpio con Dios, y por ello estuvo atento a lo que Dios le pedía. «Conversión es la primera palabra del Evangelio —dijo Juan Pablo II en el segundo de sus viajes a África—, palabra ineludible y eterna. Y la palabra permanente. Nunca acabamos de ser cristianos».

La conversión, una tarea permanente

En la vida de cualquier cristiano que aspire a la santidad, si nos adentramos e intentamos profundizar, nos daremos cuenta de que se operan no una sino varias conversiones o, mejor dicho, que hay una conversión constante, continua. Aunque haya un ideal claro en el horizonte, hay que actualizarlo cada día; y esto se suele hacer con una corrección del tiro que se va realizando gradualmente. Hay una elección de vida que hay que redefinir cada día, porque viviendo en un mundo cambiante, este nos obliga a resituarnos.

Los cambios de vida pueden ser imperceptibles para quien lo observa desde fuera a diario, salvo en determinados momentos de la vida, en que se abre un abismo. Es la imagen del río, cuyas aguas van descendiendo desde el monte lenta y paulatinamente, aunque a veces haya un salto, una cascada que hace precipitarse las aguas. «Nuestras vidas son los ríos que van a dar a la mar, que es el morir», como canta J. Manrique. Como los ríos en su descenso hacia el puerto, nuestra vida es un descenso constante, un continuo bajar hacia el anchuroso mar. Poco a poco, el caudal se hace mayor y, al desembocar, aquel pequeño manantial que nació de la tierra sin mérito propio, ha arrastrado a multitud de seres en su cauce, hasta convertirse en caudaloso río.

En la historia de la Iglesia ha habido muchos tipos de conversión, desde las más intelectuales, fruto del raciocinio, hasta las más voluntaristas o las emocionales, motivadas por una conmoción irresistible. En Abelardo, que es y se ve huérfano, quizás se operó en un primer momento el hallazgo de un Dios padre que le acoge, y verdades eternas que no perecen en medio de una realidad de bienes caducos.

Pero entonces, ¿cuántas conversiones hubo en Abelardo? ¿Cuántas vidas distintas vivió, cuántas personas reunió en una sola existencia?

Una vida, muchas fases

Niño con una niñez truncada, donde la guerra civil le arrebata días de afecto y juegos, y le obliga a hacerse mayor antes de tiempo en un campo para niños huérfanos en Valencia. Trabajador a los trece años, pasa una adolescencia fugaz en la que quema etapas saboreando la fruta madura. Es como si tuviera que representar una obra en la que le han arrancado varias páginas del guion, y tiene que saltar al segundo acto sin haber acabado todavía el primero.

La primera ruptura hacia la verdad comienza a los 21 años, aprendiendo a entrar en su interior. Como otro Agustín, el joven que vivía hacia afuera, descubre que no está hueco y que en su interior pululan riquezas inexploradas: «Tú dentro, yo fuera» decía el santo africano. Aprende lo que es la intimidad. El río manso encuentra ahora un desnivel. Se precipitan las aguas al vacío.

Esta primera conversión es aparatosa, radical, con un cambio que le lleva del pecado a la vida de gracia. San Juan de Ávila dirá que «es más fácil pasar de una vida de pecado a una vida de gracia que de esta a una vida de santidad». Surgirá después de aquellos ejercicios de Las Navillas (febrero de 1951) un hombre rigorista, escrupuloso, y bastante intransigente con él y con los demás en lo concerniente a las formas de vida alejadas del evangelio, especialmente las relacionadas con la moral sexual. Esta actitud provocará enfrentamientos con las personas que le rodean: familiares, amigos, su equipo de fútbol, sus compañeros de empresa. Pero la corriente moderará su ímpetu por un tiempo.

En enero de 1953 un nuevo salto, inesperado, imprevisto; puede decirse que es una nueva conversión, aunque no tan brusca. Un proverbio mexicano, con el que se inicia la película Bella, dice que «si quieres hacerle sonreír a Dios, cuéntale tus planes». Dios viene a trastocarle la vida. De nuevo en Las Navillas (enero de 1953) el P. Morales cita a unos cuantos jóvenes para plantearles una entrega total a Dios como laicos, sin abandonar sus puestos de trabajo. «Y yo, que llevaba desde mi conversión una vida limpia y deseaba encontrar una mujer para unirme en matrimonio cristiano, veo que tengo que renunciar también a ella».

En 1956 un nuevo cambio de vida. Abandona el trabajo —él que quiere santificarse precisamente en él, sin salir del mundo—, para dedicarse por completo a la institución en la que se ha consagrado. Encuentra allí la realización completa en la entrega al Hogar y a los Cruzados.

Pero en junio de 1960 las aguas de su amansado río experimentarán otro salto en el vacío. Tendrá que salir de su zona de confort para capitanear la ruptura de los Cruzados de Santa María con el Hogar del Empleado, en cuyo seno habían nacido, y salvar así la vida de un Instituto Secular naciente. De nuevo, la radicalidad evangélica en el horizonte. Pobreza frente a seguridades. Será elegido, por quienes han formalizado la ruptura, como responsable de que el grupo lleve una vida que aspire realmente a la santidad. Consciente de que la empresa le sobrepasa, Dios le comenzará a susurrar la confianza que ha de tener en Él para poder sacar este proyecto adelante. Era el único que no tenía estudios y tendrá que gobernar a personas que inician una preparación profesional de cierto calado, tanto en la banca como en el sacerdocio; y pronto en el mundo de la educación. La etapa voluntarista va dejando paso a un paisaje de más confianza en la divinidad.

Tras muchos meandros, en que ha ido descendiendo sin grandes sobresaltos, en febrero de 1981 las aguas de su vida van a protagonizar otra cascada. Esta vez formará un bello entorno que será visitado y fotografiado por cientos de personas, cada vez más. Quien desee contemplar este río de su vida, sabe que ha de venir a este punto a beber y aprender. Igual que las cataratas del Iguazú tienen su mirador, donde se concentran los turistas para disfrutar del espectáculo y hacerse selfies, quienes quieran seguir este carisma que él encabezó, tienen que captar de cerca este momento. Se precipita ahora en el vacío de la confianza. En realidad, ha sido preparado para ello durante años, pero ahora se consuma. La gracia del 17 de febrero de 1981, en que él ve en la acción de gracias de la misa que así como nació desnudo y sin mérito propio, así quiere morir, es una vuelta de tuerca más dejándose hacer por Dios.

Y Dios comienza su despojo, ofrecido tantas veces en la meditación del Rey eternal de ejercicios: «Eterno Señor de todas las cosas, yo hago mi oblación con vuestro favor y ayuda, delante vuestra infinita bondad, y delante vuestra Madre gloriosa […] que yo quiero y deseo y es mi determinación deliberada, sólo que sea vuestro mayor servicio y alabanza, de imitaros en pasar todas injurias y todo vituperio y toda pobreza, así actual como spiritual, queriéndome vuestra sanctísima majestad elegir y rescibir en tal vida y estado» [98].

Pobreza actual como spiritual, casi nada. Dios comienza su despojo por lo físico. No vuelve a jugar al fútbol, ni a subir a las cumbres de la montaña, se quedará en los valles ayudando a otros a subir, pero a subir bajando. Comienzan las señales de dependencia, siempre costosa de asumir en una persona de solo 51 años. Más tarde, 1997, vendrá otro salto en el vacío. Debe abandonar el gobierno de la institución para ir a regar otras tierras. Vendrá entonces el despojo de lo inmaterial. Tras la movilidad, vendrán ahora las capacidades intelectuales, desde la memoria hasta la facultad de decisión. Será reducido a la máxima pobreza en sus últimos años, donde ya ni siquiera podrá recibir los sacramentos.

Quebrada desembocadura

Su final de vida pudo ser a los ojos humanos una pérdida, pero hay otros criterios de valoración que no terminamos de entender; ese sinsentido paulino de «cuando soy débil, entonces soy fuerte». El hombre tiene un deseo de hacer, de demostrarle a Dios que se ha convertido de verdad, y por ello hace cosas y más cosas, no se deja hacer. El hombre quiere comprar su redención, acumula méritos, olvidándose de que hay un redentor que en la cruz compró para él la salvación. Más de veinte años aislado de la realidad, para venir «a morir en cruz» como el Cristo de la contemplación del nacimiento de Ignacio.

Su vida podría haber tenido una trayectoria mucho más rectilínea, pero los muchos y pronunciados meandros le han permitido irrigar muchas más hectáreas; muchas más personas se han beneficiado de su acción y pensamiento. Nos veremos.

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