Abelardo: la grandeza de lo pequeño

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1974 San Lorenzo de El Escorial
1974 San Lorenzo de El Escorial

Es fácil escribir sobre Abelardo: la riqueza de su vida y sus escritos así lo demandan. Plumas autorizadas lo harán. Me corresponde en estos momentos una tarea más humilde: glosar brevemente algunos de los recuerdos y vivencias que tuve con él. Cuantas veces releo sus escritos o escucho sus canciones, brotan en mi interior, como «agua viva», ideas, sentimientos y propósitos que tienen a su vez la solera de algo ya oído, pero con la fuerza de algo nuevo.

En estos momentos, son muchos los recuerdos y sentimientos que se me agolpan, pero necesariamente debo sintetizarlos.

El primero de todos ellos es la alegría de su encuentro definitivo con Cristo: Por fin, «Abe» ha llegado a su meta: «Ya eres semejante a él, porque le ves tal cual es» (1 Juan 3,2). Es lo que durante toda su vida nos mostró: quería ser «alter Christus». Pocas personas he conocido que hayan logrado transmitir lo que es el amor del Padre como él con su vida.

El segundo sentimiento es de admiración y gratitud. Recuerdo que le conocí a principio de los años setenta estando yo interno en un colegio menor que regentaban los Cruzados y que él visitó ocasionalmente. Su mirada y sonrisa desprendían alegría, cariño e ilusión contagiosa. Sus chistes, sus historias, sus anécdotas y sus canciones eran un espectáculo que nos cautivaba y, sin darnos cuenta, nos llevaba a la reflexión y al encuentro con Dios. Era un comunicador con mucho magnetismo, especialmente con los jóvenes, cualidad que siempre puso al servicio del apostolado.

Más tarde, cuando era adolescente, lo conocí como educador en campamentos y convivencias. Fiel al P. Morales y al espíritu jesuítico, sabía, y así nos lo inculcó, que hay que poner en juego todos los talentos que Dios nos ha dado y de los que tenemos que dar cuenta. La excelencia solo se consigue si se cultivan los pequeños detalles de forma continuada, sin caer en el desánimo. Educar es exigir y exigirse.

Pero, siempre, una exigencia amorosa. Muchas veces he contado aquellas palabras suyas cuando le preguntaron por qué los jóvenes le querían tanto a pesar de que los tratabas «a patadas». Su respuesta era gráfica y acertada: «Porque, decía, tengo el corazón en la punta del pie». Una síntesis perfecta de lo que debe ser la educación en este tiempo de confusión y desesperanza.

Y, lo más importante, tuve la suerte de conocerle como maestro espiritual en ejercicios espirituales, retiros, escritos, canciones y conversaciones personales. Me costó entenderlo. Llevado por la mística de exigencia campamental, parecía que el cielo había que ganárselo a pulso. Por el contrario, él nos enseñó que la espiritualidad auténtica consiste en bajarse para abrazar las miserias propias, sentir las manos vacías y dejarse acariciar por el amor del Padre. «Subir bajando», como le gustaba decir.

La pequeñez humana y el enamoramiento divino de esa pequeñez, fue el «leit motiv» de su apostolado. «Abba», decía, no significa Padre, sino papá, incluso «papaíto», como lo pronunciaría un niño.

Su recuerdo nos rememora aquellas palabras del evangelio: «Mirad qué amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, pues ¡lo somos! (1 Juan 3,1)». Hoy al recordarle, solo queda dar gracias a Dios por su vida y por su grandeza al ayudarnos a descubrir el valor de la pequeñez. Que él nos ayude a conseguirla.

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