Abelardo, una vida lograda

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Abelardo, una vida lograda
Abelardo, una vida lograda

Al mirar por fuera el penoso deterioro físico y cognitivo de los últimos años del querido Abelardo, no se puede por menos de tener ese sentimiento de compasión y de pena que nos lleva a lamentar el espectáculo de una vida prometedora malograda cuando aún tenía tanto que ofrecer. Sin embargo, cuando se extienden los repliegues de su vida interior, después de haber aprendido de su magisterio a distinguir lo verdaderamente importante de lo banal, nos encontramos admirados con lo que es la plenitud de una vida lograda.

Primero se encontró con un hombre, Tomás Morales, que simplemente lo invitó a acompañarle. Y en el camino que hacen juntos le estaba esperando —como él afirmaba— la Virgen Santa María. A partir de ese momento, su estar en la vida es un estar queriendo. Aprende que no es el conocer lo que da sentido a la vida, sino el querer. Y vive queriendo a los muchachos, queriendo a sus hermanos, los cruzados, queriendo a Dios hasta llegar a ser voluntad de él. «Mi amor es mi peso», podría afirmar con san Agustín (Confesiones, XIII,9). Sabe Abelardo que el amor es el impulso clave que impele a la búsqueda de la verdad como perfección del hombre.

Es en ese tejer diario de quereres en el que Abelardo elaboró el rico tapiz de una vida con sentido. Una vida lograda, ganada con el negocio de perderla. Cuando, al cumplir sus cincuenta años, en aquel remanso carmelitano de Duruelo le pide al Señor volver un día a él con «las manos vacías», probablemente Abelardo no sabía el precio de lo que pedía, pero no iba de farol, sino que tomó su vida en serio, y en serio se tomó el Señor su palabra, de la misma manera que se tomó en serio su vida el P. Eduardo Laforet y Dios le tomó en serio su ofrecimiento.

Ir en serio con la propia donación y aceptar que Dios siempre va en serio (con todos los «riesgos») creo que es la clave de la vida cristianamente lograda de Abelardo el Bueno. Nada se ha desperdiciado con su enfermedad; nada se ha perdido en su deterioro. «Subió bajando» y germinó entre los desechos de la aparente inutilidad y el dolor. Llenó sus alforjas con la dedicación paterna a los jóvenes, con charlas y conferencias, con vigilias de la Inmaculada, con tandas de ejercicios espirituales, etc., etc. Pero seguramente, cuando comenzó a vaciarlas, su vida cuajó de verdad en una suerte de fermentación silenciosa y oculta: se empezó a lograr.

Estas son las cosas que no se ven nunca con los ojos y quizás no siempre con el corazón. Estas cosas solo son visibles a Dios y él se las enseña solamente a los pequeños resistiéndose a los sabios. Por eso Abelardo, que entendió la vida desde las coordenadas de Dios, aspiraba a «una Cruzada de almas pequeñitas», cuyo patrimonio no serán nunca los títulos universitarios ni las grandes obras, sino la disponibilidad —el «fiat»— como manera de vivir por la que la existencia alcanza la plenitud a la que está destinada.

Abelardo, un hombre bueno que iba en serio, y Dios le correspondió también en serio.

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