Abelardo y los ejercicios espirituales

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Puntos de oración en Porma, 1989
Puntos de oración en Porma, 1989

Por P. Miguel Ángel Íñiguez

Si algo tenía claro Abelardo era la eficacia de los ejercicios espirituales ignacianos en la evangelización. Lo había comprobado en su propia vida, pues su conversión se debió a aquella tanda providencial que hizo a los veintiún años, en Navas de Riofrío con el P. Morales, y a la que asistió simplemente para ganar una apuesta. Y yo lo pude comprobar en las casi cien tandas de ejercicios a las que le acompañé como ayudante. Todo un privilegio, sin duda.

¿Qué tenían de especial aquellos ejercicios que daba Abelardo y que ayudaron a muchos jóvenes a encontrarse con Jesucristo? ¿Cómo era posible que jóvenes de la calle, que asistían sin ningún tipo de preparación, salieran entusiasmados con la misión de la Iglesia, con seguir al rey eternal en su día a día?

Lo primero que hay que decir es que Abelardo era fiel al método ignaciano. Esa era la mayor eficacia. Sabía que el sistema funcionaba, que los ejercicios tienen fuerza en sí mismos, porque ponen al alma en contacto con Dios, que es lo único importante. Y precisamente por ello, se esforzaba en ser muy fiel al silencio, a las adiciones, a las meditaciones… En un tiempo en el que muchas veces las tandas de ejercicios rebajaban su exigencia —especialmente en el silencio— él luchó con fuerza para que los ejercicios siguieran siendo precisamente eso, ejercicios espirituales y no unos simples días de convivencia y reflexión.

Pero a la vez, Abelardo sabía darle su toque personal. Ya se lo advirtió al P. Morales cuando en aquella memorable tanda de Santurde de la Rioja, le dejó a media tanda con los ejercitantes y se marchó. «Padre, que le voy a estropear la tanda». Pero el P. Morales, sabio educador, supo impulsarle a que diese la tanda tal y como él era.

¡Y vaya si lo hizo! Metió de lleno su capacidad de contar chistes, su humor, sus historias, su afectividad, su trayectoria personal…, al servicio de los ejercicios. Y supo adaptarse especialmente a los jóvenes que tenía delante. Con la plasticidad de su imaginación te metía en la acción y en la contemplación «como si presente te hallases». Y sencillamente hacías oración mientras él hablaba, porque en cada palabra ponía el corazón. Y las anécdotas fluían para acercar, con mil y una imágenes e historias, la meditación a la cabeza y el corazón de los jóvenes ejercitantes.

Y no siempre era fácil. Especialmente en aquellas tandas de la «campaña institutos» que se llevó a cabo en los años setenta y ochenta del siglo pasado. Eran centenares los jóvenes que acudieron a ejercicios después de unas charlas en los institutos, y que iban sin ninguna preparación. A veces un buen grupo de una misma clase o instituto, con más ganas de juerga que de rezar. Ahí sabía ponerse serio, sobre todo en la primera charla. La amenaza de que a quien hablase se le echaría inmediatamente hizo que a más de uno le entrase el miedo por el cuerpo. «Aquí lo que se dice se hace», repetía con el P. Morales. Filtro necesario para que aquellos jóvenes se tomasen la experiencia en serio.

Y a partir de ahí, esa mezcla de espíritu, afecto, entrega personal y ejemplo de vida, hacían que los Ejercicios fuesen una experiencia única. Salían con el corazón ardiendo en amor a Jesucristo y también con la cabeza un poco más amueblada, porque Abelardo sabía aprovechar la ocasión para dejar criterios claros, ideas de apologética, claves para la vida.

Quizás en lo que se veía más evidente la adaptación de Abelardo a los jóvenes era en su capacidad de contar historias y de combinarlas con un sano humor, especialmente en las charlas de final del día, en las que, sin sacar a los ejercitantes de la tanda, hacía que se rieran y que liberasen mucha de la tensión con la que habían vivido el día al tomarse tan en serio la experiencia. Seguro que muchos recuerdan aún con una sonrisa en los labios la multiplicación de los panes y los peces o la boda de Caná, tal como lo contaba Abelardo. Más de una monja, de las casas de espiritualidad, se quedó escuchando aquellas simpáticas historias por las noches.

Y todo llevaba a Jesucristo. Abelardo se volcaba en amor a Cristo y hacía, casi por imitación, que los jóvenes aprendiesen a amar a Jesús y a su Madre. Ese es el último y más definitivo secreto de cómo daba los ejercicios, y que hizo que tantos jóvenes se encontrasen con Dios.

Hay un tema de suma importancia que Abelardo lo vivió con toda naturalidad y con mucha responsabilidad. Sobre todo, con visión sobrenatural. Siendo laico, sabía perfectamente que era imprescindible la vida sacramental en los ejercitantes y después de la experiencia. Por lo tanto, derivaba a los chicos al encuentro con un sacerdote, bien en los sacramentos, o bien en la dirección espiritual. Este tándem del laico y el sacerdote dio unos resultados dignos de tener en cuenta durante décadas. De todo esto también soy testigo.

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