Aguantar un poco

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Para siempre
Para siempre

—Pero, María —reprocha el anciano marido a su esposa—, ¿tú no decías que me habías de querer siempre?

—Pues, claro —repuso ella malhumorada—. Pero no pensé que ibas a durar tanto.

Parece que nuestra sociedad del usar y tirar se incapacita para vivir compromisos de larga duración. La perseverancia en la palabra dada no es una virtud que esté de moda.

Para llegar a cualquier sitio hay que seguir un camino, pero hoy parece que se prefiere ir saltando de camino en camino que nos distraen y entretienen pero que, al final, no llevan a ninguna parte.

En esta sociedad de la prisa y la inmediatez, parece que la norma de vida es «vive como quieras y haz lo que te guste». Y se tiende a vivir dejándose llevar del viento que sopla por cambiante que sea. El problema está en que, con frecuencia, ese viento acaba llevándonos a donde no queremos ir. Y esto, al final, resulta frustrante.

Cabría preguntarnos: ¿Qué capacidad tengo para firmar y vivir compromisos definitivos? ¿Lucho por ser fiel a la decisión tomada? ¿Intento aislarme del relativismo reinante, y darle a mi vida profundidad y trascendencia?

Al papa Juan Pablo II le gustaba repetir que en estos tiempos se tiene la impresión de que hay cierta resistencia frente a los compromisos definitivos (…) es como si se tuviese miedo de asumir decisiones que duren toda la vida. Y por eso le gustaba afirmar: el hombre es capaz de compromisos definitivos: ¡para siempre! (23 febrero 2004).

Nos asusta el para siempre, pero desde la perspectiva de la fe, ¡qué distintas son las cosas!

Como se explica en el editorial de este número, a Lucía, cuando tenía 10 años, se le aparece la Virgen en Fátima. En una de las apariciones le pregunta a la Virgen si sus primos irían pronto al cielo; la Virgen le dice que sí.

—¿Y yo? —Preguntó Lucía.

—Tú también, pero tendrás que esperar un poco —le respondió la Virgen.

«Un poco». Lucía murió el 13 de febrero de 2005 a los 97 años.

Dios tiene otra perspectiva, y mirado desde su punto de vista el «no pensé que fuera a durar tanto» se transforma en «qué poco ha durado»; porque con visión de eternidad, toda una larga vida, 97 años, es un poco.

Y cuando Dios nos encandila, ¿quién no es capaz de aguantar un poco?