Aportaciones de Abelardo de Armas a la evangelización de los laicos: las Vigilias de la Inmaculada

6
Vigilia de la Inmaculada de 1979
Vigilia de la Inmaculada de 1979

Por Ángel Gómez de la Torre

Fue el P. Tomás Morales S. J., el iniciador de las Vigilias de la Inmaculada en el año 1946. Comenzaron en Madrid, cuando los jóvenes que formaban el Hogar del Empleado decidieron celebrar la gran festividad litúrgica de la Virgen adelantándola unas horas en espera penitencial e ilusionada. Estas vigilias estaban definidas por un estilo de catolicismo comprometido, pues no se asistía a ellas solamente para honrar a la Virgen y celebrar la eucaristía.

La aportación de Abelardo

Abelardo comenzó sus alocuciones en estas vigilas en el año 1969. Esta intervención del seglar se situaba en un lugar destacado dentro de la celebración litúrgica, pues uno de los mensajes que el P. Morales quiso dejar en ellas era el de la importancia insustituible de los laicos en la Iglesia. Por ello, un seglar dirigía su palabra a laicos como él: padres de familia, empleados, estudiantes…, gente de la calle, practicantes o no. Miles de hombres, que abarrotaban alguno de los templos más capaces de Madrid, salían enardecidos.

Su estilo es inconfundible: claro, directo, plástico, penetrante. A veces incisivo, quizá duro, en la forma por la pasión que ponía en sus palabras. Pero enardecía. Nos lanzaba a «abrir las puertas a Cristo» para encontrarnos con él y seguirle de cerca; a imitar las virtudes de María; a amar a la Iglesia, aquí y ahora, sin condiciones. Era una llamada apremiante a una reforma de vida continua; reforma interior, en y desde la Iglesia. Nada de beaterías, porque los que participábamos, nos sentíamos zarandeados hasta despertar en nosotros el deseo de ser responsables, coherentes con nuestro bautismo. Nueva evangelización, sin salir del mundo, en nuestro ambiente profesional, familiar; cultivando amistades; en cualquier momento y lugar; ofreciendo siempre la posibilidad de hacer ejercicios espirituales ignacianos.

Su mensaje

Las propuestas que repitió incansable en todas sus alocuciones a lo largo de treinta años rebosan estilo evangélico, lleno de radicalidad y entusiasmo, que distingue a los seguidores de Jesucristo

1. Conversión continua

Es la permanente y apremiante llamada de Cristo a cada cristiano, sin dar lugar a aburguesarnos, como hizo con Pedro al principio de su vida apostólica, junto al lago, y recién resucitado: «¡Tu, sígueme!» Cristo llama a cada bautizado para seguirle desde la «alegría del Evangelio» (papa Francisco). Exhortaba sin cesar:

«El papa Juan Pablo II nos ha dicho en diferentes ocasiones: “no tengáis miedo a dejarlo todo, a dejar vuestras redes. El Señor nos pide a una minoría dejarlo todo y seguirle, como hizo san Ignacio de Loyola en una noche en vela ante la imagen de la Virgen de Montserrat… Decid a la Virgen: “¡Elígeme!”. Yo quiero ser santo» (Vigilia 1991).

2. Oración personal

No hay posibilidad de crecer en el conocimiento interno del Señor, de seguirle y de imitarle, si uno no se determina a conectar y permanecer en su presencia, todos los días por medio de la oración personal. Este es el barómetro que marca la permanencia en el servicio alegre y fiel con cada persona que nos toca convivir a lo largo del día. Su llamada a la intimidad personal con Cristo fue permanente:

«Hay muchos seglares que quieren cubrir huecos en la Iglesia en todas las partes del mundo. Vosotros lo podéis hacer también. A esto es a lo que os exhorto, pero no podréis hacerlo si no sois hombres de oración. Si no hacéis oración, no tendréis fe» (Vigilia 1971).

Veinte años más tarde, su mensaje era el mismo:

«Saquemos un propósito serio en esta noche: Hacer todos los días un rato de oración, para poder escuchar a Dios que me ama, escucharle en silencio. Porque el que no guarda silencio, no piensa; si no piensa, no ama; si no ama no puede encontrar a Dios, porque Dios es amor» (Vigilia 1991).

Para Abelardo, la oración es la respiración del alma. Sin ella, no puede haber crecimiento espiritual. Con ella, se descubre la imagen de Dios en todas las personas con las que convivimos.

3. El manantial oculto

Necesitamos alimentar nuestro cuerpo. De hecho, ni un día dejamos de alimentarnos, porque todos los días gastamos nuestras energías en el trabajo. Este alimento lo necesitamos con mayor urgencia si estamos enfermos y nos falta el apetito. Lo mismo nos sucede en nuestro espíritu: cuando nos sentimos tentados o cuando la depresión y la tristeza se apoderan de nosotros, entonces precisamente, necesitamos más este alimento de la eucaristía que nos fortalece y nos devuelve la paz.

«Necesitamos recibir la fuerza que nos falta en la fracción del pan, en la eucaristía. Lo mismo que comemos cada día para alimentar nuestro cuerpo dándole comida, tenemos que recibir la vida del espíritu en la comunión. Si no lo hacemos, iremos perdiendo la ilusión de día en día, porque necesitamos no solamente tener vida divina, sino fuerza para defenderla luchando; y esa fuerza la da la eucaristía, pan amasado en la sangre de la Virgen María» (Vigilia 1975).

4. Hacen falta guías espirituales

Abelardo reflexionó con visión de futuro sobre la población mundial. Hoy supera los 7.700 millones. La cuarta parte de esta población casi 2.000 millones, son jóvenes de entre 10 y 24 años de edad. Ante esta situación se preguntaba:

«¿Quiénes serán los que enseñen a estos jóvenes el camino, la verdad y la vida? ¿Quiénes han de ser esos conductores? Los que ahora tenéis entre los 15 y los 20 años, pronto seréis padres y madres de familia, educadores, profesores, deportistas. Estaréis inmersos en el mundo de la cultura, del arte, del mundo laboral… ¡Vosotros estáis llamados a guiar a esta juventud! Y para esto, jóvenes, os tenéis que enamorar de Jesucristo.» (Vigilia 1981).

En efecto, todos necesitamos orientación y ayuda para crecer en nuestra vida. Cuando tenemos necesidad de asesoramiento, recurrimos a personas expertas en los diferentes temas que no conocemos… Cada uno de los laicos que vive coherentemente su bautismo tiene la obligación moral de convertirse en guía de otros más jóvenes que necesitan ayuda. Ante el panorama desalentador de nuestra juventud ¿quién puede negarse a ello?

5. María

Hablar de la Virgen, al final de sus intervenciones, supone el colofón. Toda la fuerza espiritual de Abelardo manaba del amor a Jesucristo, hijo de la Virgen María. La devoción que el venerable P. Morales le inculcó la transmitió a raudales. Él mismo se fue transformando en un niño pequeño entre sus manos de madre. Así se refería a ella en su alocución del año 1978:

«Los ojos de la Virgen tienen dulzura. Los ojos de la Virgen tienen belleza. Los ojos de la Virgen tienen comprensión. Los ojos de la Virgen tienen ternura… caridad, inocencia, candor… Los ojos de la Virgen tienen humildad, tienen mansedumbre, fortaleza, tienen todo lo que tú necesitas… Los ojos de la Virgen… tienen a Dios».

Artículo anteriorEs ya tiempo de desembarcar
Artículo siguienteEl recuerdo de Abelardo ante un cuadro de Murillo: La Virgen de la faja