Cinco ideas

Mis recuerdos del P. Morales

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P. Tomas Morales
P. Tomas Morales

Conocí al P. Morales en persona cuando apenas era un adolescente. Tuve ocasión de asistir a varias de sus tandas de ejercicios y retiros y mantuve algunas conversaciones con él. La última, dos años antes de su fallecimiento.

Pero si es cierto que por sus frutos los conoceréis, lo conocí bien a través de los Cruzados de Santa María, que en los años sesenta eran los responsables educativos del Colegio Menor Santa Ana, situado en Almendralejo. Desde entonces mantengo contacto y amistad con la Cruzada. A ese internado llegábamos cientos de niños extremeños provenientes de entornos rurales y con muy escasas posibilidades. La pobreza de medios en aquel internado era suplida con la ilusión y la entrega de educadores que lograban sacar lo mejor de sí de cada uno de nosotros. Muchos de aquellos muchachos están desempeñando distintos cargos de responsabilidad en la vida social, política y eclesial.

A escasos kilómetros de allí, en Villafranca de los Barros, años antes había sido destinado el P. Morales después de ser desterrado tras su apartamiento del Hogar del Empleado, una obra social creada por él, que llegó a tener grandes medios. A partir de ese momento el P. Morales decidió que la Cruzada no tuviera obras propias. De ahí la presencia de los Cruzados en Almendralejo, un colegio propiedad de la Cooperativa fundada por el Marqués de la Encomienda. Lo que importa no es tanto tener medios como fines claros: lo importante no son los recursos, sino las personas.

En ese entorno descubrí mi vocación docente de la que hoy estoy plenamente agradecido y satisfecho. Si en algo he acertado a lo largo de estos años —dedicado a la educación en sus diversos ámbitos—, se lo debo, en gran medida, a los principios que empecé a asimilar allí y que me han servido más que las múltiples teorías y modas pedagógicas que he tenido que conocer a lo largo de casi cuarenta años de labores educativas.

Ahí aprendí la primera lección: «Quien sabe lo que quiere, puede buscarlo enérgicamente». La educación actual, y más en concreto el sistema educativo, ha perdido el norte porque, centrado en la consecución de recursos y medios, se ha olvidado de la transmisión de valores de sentido y de ayudar a descubrir el porqué. En el mismo sentido había sentenciado un filósofo moderno: «Quien encuentra un porqué para vivir, encontrará casi siempre el cómo».

La segunda lección que aprendí es que no basta el conocimiento técnico o teórico de las cosas, acontecimientos o ideas. Lo que de verdad importa —la vida, la muerte, el amor, las virtudes, el valor o el miedo, la entrega, la maternidad y un largo etcétera—, solo se entiende cuando se vive.

Una de esas cosas, principio para entender todo lo demás, es el conocimiento de uno mismo y la posterior aceptación. Fiel al espíritu ignaciano, el P. Morales insistía en la necesidad del examen diario. Hoy día esta práctica es recomendada por innumerables escuelas de negocio y de equilibrio y desarrollo personal.

Solo quien conoce sus limitaciones puede superarlas, pero solo quien conoce el tesoro que lleva dentro puede y debe explotarlo. En cada uno de nosotros hay algo que nos hace únicos, irrepetibles y mejores. Esta tarea, que empieza por uno mismo, es la clave del educador: ayudar a que los otros puedan llegar a ser lo que son en potencia, a que desarrollen al máximo sus posibilidades.

La superación de las propias limitaciones, el crecimiento moral y la entrega a los demás requieren de un modo de vivir, de una entrega mediante la cual no solo se hacen cosas, se transforman realidades, sino que se modifica el propio sujeto que las realiza. El generoso hace el bien y goza haciéndolo. El egoísta no entiende ni siquiera por qué se ha de ser generoso. En palabras del P. Morales: «quien no vive como piensa, acaba pensando como vive».

Esto no se consigue más que a través de un constante y reiterado esfuerzo, a pesar de los fallos y limitaciones. Requiere el cultivo de una de las asignaturas más olvidadas de la educación actual: el ejercicio de la voluntad y la constancia. Otra de sus perlas pedagógicas, «no cansarse nunca de estar empezando siempre», ha quedado grabada como clave del éxito en los miles de hombres y mujeres que nos consideramos discípulos suyos.

En tercer lugar aprendí, en aquel colegio extremeño «privado», —privado de casi todo, suelo decir con ironía— que lo más importante son los hombres que transmiten a los jóvenes ideas e ideales. El P. Morales solía decir que no hay crisis de jóvenes, sino de educadores. Fiel y consecuente con esta idea se empeñó en la tarea de despertar vocaciones a la enseñanza. No hablaba de ocupar púlpitos, sino cátedras. Formar hombres y mujeres que se encargaran de ese oficio imprescindible para la humanidad como es el ser maestro. Hombres eruditos en su materia pero, sobre todo, ejemplos de vida y de entrega a sus alumnos, despertando en ellos el tesoro que cada uno encierra.

Hoy, cuando aquella generación que accedimos a la enseñanza motivados por el P. Morales y otras tantas instituciones de Iglesia, estamos dando los últimos pasos de nuestra vida laboral, me preocupa la ausencia de esos despertadores de vocaciones docentes. Un tercio del profesorado, más de doscientos mil profesores, serán renovados en los próximos años. Como ponen de manifiesto los informes internacionales —cuánta razón tenía una vez más el P. Morales—, nunca la calidad de la enseñanza puede estar por encima de la calidad de los profesores. Dicho de otra forma: si quieres mejorar la enseñanza, mejora el profesorado. Lo mismo cabe decir de los educadores en general. En esta vida, educar, educamos todos, pero principalmente los padres.

Más educa el amor que el temor. Es la cuarta idea básica que recibí. El educador quiere a los alumnos, el padre a sus hijos, y quiere lo mejor para ellos; por ello desea a toda costa su perfección. Eso supone muchas veces exigencia y sufrimiento. Nadie alcanza la excelencia ni la virtud si no renuncia a cosas, a veces, legítimas.

El P. Morales solía repetir que hay que ganarse el corazón de los chicos a los que se quiere educar. Pero hay que señalar inmediatamente que eso no significa andar mendigando su cariño y afecto, error en el que con frecuencia caen muchos pedagogos y educadores actuales. El propósito final no es ser amado, sino amar al educando.

Un catedrático, discípulo del P. Morales, me decía al comienzo de mi vida profesional: «Existen dos modos de actuar en esta profesión: decirle al alumno yo te apruebo y que te suspenda la vida, o yo te suspendo, si es necesario, para que puedas aprobar la vida».

Educar es amar y, por ello, porque se quiere el bien para el amado, en este caso el joven educando. Se le exige que desarrolle todas sus dimensiones humanas y que domine sus defectos que limitan su perfección, lo que implica a veces decir «no», dar disgustos y recibirlos. Supone, en definitiva, enseñar a sufrir, no por el sufrimiento mismo, sino para conseguir un bien mayor.

Y por último, pero no menos importante, la quinta idea, es la clave de todas las anteriores. Al P. Morales le debo haberme inculcado mi condición de cristiano comprometido con la Iglesia desde el bautismo: basta ser cristiano para sentir la grandeza de ser humano, creado, redimido, amado con generosidad casi incompresible y, a la vez, verse obligado a comunicar a los demás esta alegría.

Educar y educarse para el cristiano tiene, además de una dimensión humana, otra divina. El mandato de conseguir la perfección como nuestro Padre es perfecto no es solo válido para atletas espirituales, sino para cualquiera que sintiendo, y quizá precisamente por ello, su condición de pecador apela a la ayuda divina para alcanzar un desarrollo moral y espiritual que está por encima de las posibilidades humanas.

La exigencia constante que inculca el P. Morales podría parecer inhumana si no estuviera inserta en la misericordia divina. El mismo Dios que nos exige la perfección es quien se hace hombre y busca constantemente a la oveja perdida. No es que seamos amados en la medida en que seamos buenos, es que somos y seremos amados siempre porque Él es bueno. Aquí entramos en el misterio de la misericordia divina, que salta todas las barreras lógicas de la justicia humana para entrar en la locura divina que se hizo semejante a nosotros por amor, locura que es el último y definitivo argumento para nuestra cordura humana.

Sería injusto por mi parte si cerrara esta breve reseña sobre la pedagogía del venerable Tomás Morales Pérez sin agradecerle el habernos inculcado el amor a la Madre. No puede haber mejor ejemplo de educadora y, a la vez, de amor desinteresado que María. Por ello termino como solía hacerlo el P. Morales, agradeciendo a la Virgen tantas gracias recibidas, entre las cuales está el haber conocido al P. Tomás y a su obra, a Abelardo de Armas y a tantos cruzados. A todos ellos, sencillamente, ¡gracias!