De senectute

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Opinión 307. De senectute
Opinión 307. De senectute

01Hace un tiempo, tuve la fortuna de disfrutar de la compañía de varios matrimonios muy jóvenes que tuvieron la generosidad de dedicar un tiempo de tertulia conmigo, un setentón en la plenitud de su vejez. Había allí al menos tres miradas: las ilusionadas miradas jóvenes de quienes, naturalmente, viven en estado proyectivo y dirigen sus ojos a dúo hacia el futuro, afanados en valores de creación como corresponde a la etapa vital que les pertenece; para ellos, la existencia es, ante todo, futuro.

Esa mirada se cruzaba irremediablemente con la del anciano que, a la espera del paso del último tren, percibe que ya no hay posibilidad de proyectos y trata de repasar sus trayectos queriéndolos convertir en lección magistral, sublimada con el nombre de experiencia que a nadie le interesa. Para él, su existencia es pretérito, todavía imperfecto, pero pretérito. Decía Bobbio hablando de su vejez que el mundo del pasado es aquel donde a través de la remembranza te refugias en ti mismo y reconstruyes tu identidad. El recuerdo ¿como escapatoria o como narcisismo? Cuando el viejo habla del pasado suspira: «En mis tiempos…». Cuando juzga el presente, impreca: «¡Qué tiempos éstos!».

Los mayores construimos nuestro sistema de valores y de principios así como nuestros hábitos de conducta en una circunstancia o vigencia cultural determinada. Pero los sistemas de valores y los hábitos vitales tienden a cristalizar con el paso del tiempo. La disfunción se produce sobre todo en un tiempo histórico marcado por el cambio, por el «transitivo permanente». Ello facilita que el mayor esté permanentemente descolocado, inseguro y desorientado. Tiende entonces a dar un juicio negativo sobre lo nuevo, únicamente porque ya no lo entiende ni le apetece esforzarse por entenderlo.

Comprendí que, en esas dos miradas cruzadas suele estar el origen de la incomunicación generacional: miramos en dirección contraria y vemos realidades distintas. Esa retromirada del mayor le alimenta la melancolía, le lleva al solipsismo discursivo y, con frecuencia, al rechazo resentido a los jóvenes y sus tiempos. Es señal, quizás, de que no se ha envejecido bien. Y es que, cuando el pasado llega a tener una presencia tan obsesiva que absorbe todo el espacio interior, se convierte en prisión de nuestro presente, corrompe la memoria, cierra el camino a todo comenzar de nuevo y dificulta todo posible crecimiento.

Es esa mirada melancólica la que le induce a vivir como un okupa del presente, buscando con ansiedad qué hacer para «okupar» el tiempo. Nos quejamos dolidos los ancianos de lo breve que es la vida, pero, viendo la generosidad con la que perdemos el tiempo de que disponemos, se podría pensar que es inagotable, como ya observaba Séneca.

Tan patológica puede resultar la manía propia del anciano de absolutizar el pasado como la tendencia a absolutizar el presente y el futuro, tan frecuente en los despreocupados adolescentes. En efecto, cuando se absolutiza el futuro en una suerte de voluntad adámica, haciendo de la utopía o revolución los instrumentos para la construcción del eterno «hombre nuevo», entonces se suelen obturar posibilidades permanentes de la vida.

Sin embargo, allí sentado, con ese hermoso grupito de jóvenes, tenía yo una tercera mirada que me hacía interrogarme: ¿Qué hago yo aquí ahora? ¿Es éste mi sitio? Y en ese momento volví a comprender que la vejez, como cualquier otra etapa de la vida, tiene que tener un sentido propio y que ese sentido ha de ser tan rico y profundo como el de la niñez o el de la juventud. Como cualquier otra etapa de la vida, ha de tener un sentido propio y un sentido de apoyo o fundamento para las etapas que lo siguen. Y que, por tener sentido, es preciso vivirla con la mayor conciencia posible en presente continuo.

Opinión 307
Opinión 307

Ellos, los jóvenes y yo, puesto que estamos vivos, estamos en proceso de llevar a cabo, de lograr, nuestra vida. De lo que disponemos a tal efecto en el momento de comunicarnos, es del mismo fragmento de tiempo presente. Su pasado, más corto que el mío, ya no es nada, igual para ellos que para mí. El futuro, igualmente carece para ambos de realidad. Sólo tiene existencia real, la misma para ambos, este instante que compartimos. ¿Cuál es, pues, el sentido propio de la vejez? Llenar el presente, el instante presente, de conciencia de ser y de ser con significado. Y ello no tiene nada que ver con «okupar» el tiempo que, con frecuencia, no es sino anestesiar el aburrimiento.

«No es que la vejez sea mala; lo malo de la vejez es que dura poco», escribe melancólico Bobbio. No tiene por qué ser ni dramática ni trágica la vejez. Como afirmaba Isaías Perlman, eminente violinista, al finalizar un concierto ejecutado con sólo tres cuerdas de su violín por inoportuna ruptura de la cuarta cuerda al inicio del mismo, «a veces hay que hacer música con lo que nos queda». Quizás sea ésta la actitud virtuosa propia de la discapacidad y de la ancianidad: seguir interpretando la partitura con lo que nos quede. ¡Ah!, pero, como me decía mi amigo J.S. sagazmente: «para eso es necesario haber aprendido a tocar muy bien el violín…»

Es cierto que es un período, en el que entre debilidades, nos vamos asomando al brocal de la muerte. Pero no es menos cierto que, por ello, nos vamos asomando simultáneamente a lo eterno. Por eso, creo que el anciano debiera haber aprendido con tiempo a pensar, a familiarizarse con el pensamiento de las cosas eternas, de las cosas que cuentan. Y tomar conciencia de que, ante las cosas que cuentan, uno ha de confrontarse solo con la verdad de lo real. Por ello, aun agradeciendo la afectuosa compañía cuando se nos brinda, bueno será entrenarse y aprender a vivir espacios de fecunda soledad.