Ante el suicidio demográfico, ¿cómo recuperar el sentido de la vida?

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Foto: Adriano Cantarello
Foto: Adriano Cantarello

Por Antonio Moreno Almárcegui.
Profesor titular de Historia de la Economía,
Universidad de Navarra.

Europa, que llegó a dominar el mundo a lo largo del siglo XIX y comienzos del XX, se empequeñece a pasos agigantados. Si en 1950 era el 25% de la humanidad, en el 2000 es el 12%, y la tendencia sigue.

La causa de la crisis demográfica, para los especialistas, es incontestable: no es el alargamiento progresivo de la vida —logro espléndido de nuestra civilización— sino la continua caída de la fecundidad. El ejemplo que sigue trata de ilustrarlo.

Las dos pirámides tienen una esperanza de vida igual y muy alta —la esperanza de vida española actual es la segunda más alta del mundo—, la única diferencia entre las dos pirámides es la fecundidad. En la primera, la fecundidad es de 1,32 hijos por mujer —una fecundidad semejante a la actual española—; en la segunda pirámide la fecundidad es de 2,8 hijos por mujer— por encima de la tasa de reemplazo—. El resultado es evidente. Con nuestra fecundidad actual, el crecimiento es negativo y la población se invierte: muchos ancianos, menos adultos y muy pocos niños. A la inversa: basta una fecundidad algo por encima de la tasa de reemplazo para que el perfil se modifique: dominan los niños, y los ancianos solo constituyen un pequeño porcentaje de la población total. Con esa fecundidad, España podría sostener a la población de la tercera edad sin problemas. El problema es la fecundidad.

¿Por qué la fecundidad se hunde?

Las preguntas que hay que responder son: ¿por qué la fecundidad se hunde en todo el Occidente?, ¿por qué en Europa el problema es aún más grave? Para nosotros todavía hay una pregunta más directa: ¿por qué en España o, más en general, en los países católicos de Europa del sur —hasta hace pocos decenios, con un crecimiento positivo— tienen las peores pirámides de población de Europa, con la excepción de Alemania?

La primera respuesta que hay que dar es: habiendo un acuerdo general acerca de la importancia del problema, ¿por qué no se ha hecho nada?, ¿por qué la opinión pública no ha reaccionado? Una cierta explicación —relevante en los sistemas políticos que funcionan a partir de la «opinión pública»— deriva de la misma naturaleza de los fenómenos demográficos. En una pirámide de población natural (con más niños que ancianos), la caída de la fecundidad alienta un aumento de la renta per cápita durante los primeros 30 años de la caída. Con cada vez menos niños —que no han entrado en la edad adulta— y todavía pocos ancianos, los adultos dominan la pirámide de población: hay muy pocos dependientes y muchos trabajadores. Con otras palabras, durante los primeros 30 años de la caída, la gente vive mucho mejor que antes. Al invertir menos en la formación de la siguiente generación, se pueden producir más bienes y servicios para los adultos, lo que literalmente produce un «subidón» en el nivel de vida. Hasta que esas generaciones de niños —cada vez más recortadas— ingresan en la edad de trabajar y, por arriba, cada vez se jubila más y más gente. Entonces viene la situación inversa. Treinta años de dificultades, y se ve lo que ha pasado: ha habido una generación que literalmente ha vivido a costa del bienestar de la siguiente.

¿Qué nos ha pasado? En el caso de España, el cambio se produjo de una forma rápida y brutal en torno a la generación protagonista de los años 60 del siglo pasado, que accedió en España a la madurez con la Transición política. Si comparamos la generación anterior de la Transición con las generaciones posteriores a la Transición, los cambios son sobrecogedores.

La estabilidad conyugal y el amor humano: de la familia numerosa a la familia de hijo único

En la generación anterior a la Transición, el crecimiento demográfico era positivo; la mayoría crecimos en familias numerosas, arropados en una red tupida de hermanos, tíos y primos que nos acompañaban a lo largo de la vida. En esa situación, era normal que en todas las familias —en sentido amplio— hubiera un niño pequeño, lo que hacía la convivencia mucho más fácil: cuando hay un pequeño, sus intereses se ponen en primer lugar, pasando a un segundo lugar los egoísmos personales. Venerábamos a nuestras madres —cuyo oficio fundamental era la atención a su familia—, dábamos por natural la estabilidad del matrimonio de nuestros padres —a pesar de los problemas y dificultades de la vida— y, a pesar de las enormes dificultades materiales, había una alegría de vivir radiante que se palpaba cada primavera cuando las calles se llenaban de niños. Las relaciones personales —ya familiares, ya vecinales, ya de amistad o de trabajo— eran estables, intensas y fuertes, y se dedicaba mucho tiempo a cultivarlas. No eran perfectas, pero eran sólidas y daban seguridad. Era raro hablar de «soledad», o de «depresión» o de «inseguridad».

En las generaciones posteriores a la Transición, el panorama es radicalmente distinto. En el horizonte vital de los jóvenes, ocupa el primer puesto la superpreparación profesional —las generaciones mejor preparadas de la historia aseguran—; el segundo puesto lo ocupa la «estabilidad económica», paradójicamente, en un mundo cada vez más y más inestable laboralmente. A pesar de eso, muchos piensan que es más seguro el estado del bienestar o un contrato laboral que un «vínculo de amor», porque, tras la revolución sexual de los 60 del siglo pasado, el marco normativo de la sexualidad —fruto de siglos de experiencia y cauce natural del amor humano— saltó por los aires. Todo era legítimo. Dos generaciones después, el resultado es desolador: muchos jóvenes y no tan jóvenes, que han visto y vivido ya de todo, no saben hablar el bello lenguaje natural del sexo. Se encuentran con que son incapaces de establecer relaciones personales profundas con una chica, con un chico. Realidad grande y misteriosa: lo que debería ser fuente de unión y felicidad mutua, se ha convertido en un lenguaje críptico e indescifrable, en una relación en la que son incapaces de reconocerse, fuente de dolor profundo y desgarrador.

Estamos ante un punto crítico de nuestra civilización. Muchos de nosotros hemos vivido en una sociedad en la que el matrimonio era para toda la vida. Pero los jóvenes actuales no tienen esa experiencia. Han vivido de cerca o muy de cerca la experiencia desgarradora —porque es desgarradora cuando se ama de veras— de la separación, lo que es fuente de incertidumbre que ahoga la esperanza. Y lo que ya no se espera, ni se busca ni se lucha por ello.

¿Qué hacer?

Urge recuperar el sentido cristiano y humano de la sexualidad: don-de-sí incondicional e irrevocable, misterio de amor que nos sobrepasa y nos hace grandes, único fundamento digno de la vida humana. Hay que decirles a los jóvenes que esperen, que se guarden —que guarden el gran tesoro de su virginidad (signo de su propia dignidad)— hasta que encuentran al hombre o a la mujer que Dios ha dispuesto para ellos, y entonces sí, se entreguen a él o a ella de modo incondicional toda su vida. Y a aquellos que han vivido de todo, decirles que siempre se puede volver a empezar por muy tirada y arrastrada que haya sido su vida. Vale la pena.

Porque, sin estabilidad conyugal no habrá hijos. Primero la «parejita» y luego el «hijo único» se han convertido en el modelo ideal de muchas familias y, culturalmente, el modelo dominante. Si el vínculo matrimonial no es sólido, la gente tiene el número de hijos que puede sostener «por sí misma». Para la mayoría muy pocos.

Las consecuencias sociales de las familias de hijo único

Los resultados de las familias de hijos únicos son socialmente devastadores (*Nota). Cuando cristaliza, transforma a la familia en una realidad inexpresiva: sin hermanos, sin primos, sin tíos, sin sobrinos, sin cuñados…, la familia deja de ser fuente de cohesión social. Nadie lo dice, pero las familias de hijo único son fuente de una verdadera «implosión social»: desaparecen los grupos familiares amplios que recorrían trasversalmente toda la sociedad contribuyendo a su cohesión, sustituidas por moléculas sociales aisladas unas de otras. Las familias de hijos únicos —actualmente vivimos muchos años— no justifican la existencia de una madre dedicada profesionalmente al hogar, lo que hace que aparezcan barrios dormitorio sin vida social, donde las relaciones de vecindad tienden a desaparecer. Así, un individualismo desolador se extiende por toda la sociedad. Muchos piensan que ese vacío social lo puede llenar o el Estado: la policía, los servicios sociales, la escuela pública…, o el mercado: la empresa y el contrato como fuente de servicios cada vez más personales. Pero eso no es verdad. Lo propio del Estado es «dar por deber (el que establece la ley que “debe” cumplirse siempre)»; lo propio del mercado es «dar para tener (el contrato) que es un dar interesado». Ni el dar por deber, ni el dar para tener son capaces de crear vínculos personales fuertes, cohesión social, sentido de pertenencia profundo. Que eso es así, está a la vista. Cuanto más Estado y más mercado, más cosas tenemos, pero más solos nos sentimos.

Solo en la familia y en la amistad, de modo natural, se da por amor, gratuitamente, sin esperar nada a cambio; son las únicas formas de dar capaces de generar vínculos profundos personales fuertes, y, por tanto, cohesión social y sentido de pertenencia. No en vano la patria es el hogar de los padres. Al final, la sociedad depende de la generosidad de los padres que es la expresión natural de la alegría de vivir.

En cambio, una sociedad de hijos únicos genera amplias carencias afectivas: matrimonios que pasan muchos años solos, abuelos quejosos por la ausencia o desapego de los nietos. No hay nada más que ver la evolución de las estanterías de los supermercados: cada vez hay menos espacio dedicado a los alimentos infantiles y más, a los alimentos destinados a los animales de compañía, alimentos cada vez más sofisticados y caros. ¿Sabías que había alimentos para gatitos de menos de un año? Cada vez menos jugueterías y más dentistas, o peluquerías, o centros de estética o cuidados de las uñas. ¡A quién si no le contamos nuestras cuitas!

También para los hijos únicos hay carencias afectivas. Sin hermanos, sin primos —que alimentan las fiestas familiares en las que se reúnen decenas y decenas de parientes de todo tipo y condición— crecen solos, sin referentes que les permitan conocerse a sí mismos mejor, la propia carne de la que están hechos.

Una sociedad de hijos únicos se suele justificar diciendo «menos hijos, mejor preparados». Pero eso implica una sociedad en la que todos quieren ser ingenieros, médicos, arquitectos, abogados, generales…, lo que es legítimo, pero inviable. Conocemos el resultado de eso: paro, mucho paro. Muchas veces no porque no haya trabajo, sino porque el trabajo que hay no lo queremos hacer. ¡Lo hacen los inmigrantes!

Cómo recuperar los vínculos personales fuertes

Sin vínculos sólidos, todos deben trabajar para ganarse el sustento (no se puede depender económicamente del otro). En nuestra sociedad compleja, eso significa que se multiplican los horarios distintos de sus miembros. Así, los hogares pasan muchas horas sin nadie que los cuide. De este modo, la familia se convierte en una empresa intermitente sin una dirección clara. Y las familias se adelgazan: desaparecen los abuelos —celosos de su autonomía, viven en su propia casa para no ser una carga—, los hijos —cada vez menos— pasan más horas fuera del hogar, o largas horas en el hogar solos. Y desaparecen las comidas familiares diarias sustituidas por los comedores escolares. ¿Y qué es un hogar sin una mesa común en torno a la cual se reúnen diariamente todos? Los matrimonios con vínculos débiles generan familias con vínculos débiles.

Al menos una comida al día bien preparada —rito sagrado al que deben acudir todos puntualmente para asistir a su bendición, en la que todos participan y cuentan lo que llevan en el corazón— debe ser un elemento imprescindible de todo hogar que aspire a alimentar la vida de familia de sus miembros. El hogar, de siempre, se vertebra en torno a la mesa y la cama.

La cama. En estos momentos la Iglesia vive momentos muy difíciles. Todo el mundo se escandaliza del mal ejemplo de muchos sacerdotes, lo que es profundamente doloroso; pero nadie habla de cuántos matrimonios cristianos han dejado solos a tantos sacerdotes con el mal ejemplo de su vida conyugal. El acto conyugal no es solo un acto «fisiológico», y traer un hijo al mundo no es solo un acto «biológico» semejante a lo que hace el resto de los animales. Desde Juan Pablo II los cristianos sabemos que el acto conyugal es el signo del don-de-sí incondicional, y por eso alimenta el amor de los esposos y, al mismo tiempo —y por lo mismo—, es fuente de vida que une, religa, a los esposos con Dios, pues los dispone —aunque no lo sepan, o no lo quieran— a actuar al unísono con Dios, único señor de la vida. Pero la condición para que eso se produzca —don-de-sí-incondicional del uno al otro y unión a Dios, lo sabemos los cristianos y los hombres piadosos de buena fe— debe ser un acto abierto a la vida. Si no, no hay verdadera entrega incondicional del uno al otro, ni unión con Dios (siendo copartícipes con él en la obra de la creación). Por eso, el acto conyugal, de suyo, es un acto sagrado, de naturaleza naturalmente sacramental, como siempre ha creído la Iglesia, es decir, que de suyo lleva a Dios. Eso explica por qué una vasectomía no es lo mismo que una operación de apendicitis, porque la primera deja a la carne —de la que estamos hechos— muda, incapaz de hablar el lenguaje del amor incondicional al cónyuge y a Dios. Para un cristiano, la cama es un altar, donde ambos esposos se ofrecen a sí mismos el uno al otro y, unidos por su amor, se ofrecen a Dios mismo.


Nota: Aquí, al referirme a las familias de hijo único, no me refiero a aquellas familias que, por motivos imponderables para los padres, solo han podido tener un hijo, que son perfectamente normales y felices. Me refiero a aquella situación social en la que ya por egoísmo, miedo, indiferencia…, la familia de hijo único se convierte en el tipo de familia «ideal» y más frecuente estadísticamente.