¿Y si hacemos un viaje estas vacaciones?

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Ilustración. José Miguel de la Peña
Ilustración. José Miguel de la Peña

En estas vacaciones voy a hacer una oferta de viaje a los lectores: no se trata de un sorteo, ni exige un presupuesto económico sólido, ni equipajes sofisticados, ni siquiera acompañantes, aunque el propio viaje ayudará a encontrar compañeros de viaje.

Solo se exige un poquito de paciencia, mucho de coraje para superar las primeras dificultades, una buena dosis de tenacidad, un buen sentido del humor para reírse de uno mismo, y una capacidad de admiración y de aceptación de lo que descubramos.

La propuesta consiste en un viaje por el interior de nosotros mismos que es lo más próximo y, con frecuencia, lo más desconocido para nosotros.

La aventura no es fácil porque existen impedimentos tanto externos como internos, pero la experiencia merece la pena si queremos tener una vida personal y no queremos pasar por este mundo como seres que nunca supieron quiénes eran ni por qué —ni para qué— habían venido a la vida.

El universo es maravilloso, como la naturaleza y la vida misma. Pero nada comparado con un minuto de vida personal, consciente de ser único e irrepetible. De los más de siete mil millones de personas que somos, cada uno tiene su propia dotación genética, su huella dactilar, su tono de voz y, por encima de todo, la conciencia de ser distinto a todos los demás. Por ello no es vida personal aquella en la que el ser humano vive de modo masificado, anulado en sus diferencias ya sea por coacciones externas o por limitaciones internas.

Una vida auténtica exige tomar conciencia de la singularidad, disfrutarla, aceptarla y amarla, para lo cual es imprescindible el conocimiento de sí mismo, primer objetivo de toda sabiduría.

«Conócete a ti mismo» señalaba el aforismo griego inscrito en el templo de Apolo en Delfos. Y en este mismo sentido decía Platón: «Sentir curiosidad por lo que no me concierne hallándome todavía en ignorancia de mi propio yo, sería ridículo». Por citar solo un ejemplo de la cultura china, decía Lao Tse: «Quien conoce a los demás posee inteligencia. Quien se conoce a sí mismo, posee clarividencia».

Pero el encuentro consigo mismo, no es fácil: muchas son las dificultades tanto externas como internas.

Entre las primeras, destaca ante todo el ruido, enemigo del silencio y, por lo tanto, del encuentro consigo mismo. Entre las segundas, el miedo al encuentro consigo mismo. Vayamos por partes.

El ruido o, en sentido contrario, la ausencia de silencio, está en el aire que respiramos. Como el oxígeno es el elemento esencial para el cuerpo, el silencio lo es para el alma. Nos preocupa la contaminación del aire necesario para los cuerpos, pero somos inconscientes del ruido que despersonaliza las almas. Por ello existen muchos «zombis, cuya alma está muerta, aunque su cuerpo siga vivo» (Erich Fromm).

Somos adictos al ruido externo: sonidos, imágenes, sensaciones que nos diviertan, que nos distraigan, en definitiva, que nos impidan encontrarnos con nosotros mismos. A fuerza de ver la vida de los otros, nos olvidamos de vivir la propia, la auténtica. Hagamos la prueba: ¿cuánto tiempo somos capaces de estar desconectados y a solas con nosotros mismos?

Pero también somos adictos a ruidos internos: deseos constantes de consumir algo nuevo, de hacer planes, de imaginar el futuro o dolernos por el pasado…; miedos, anhelos, rencores, frustraciones y un largo etc. Todo ello nos impide el silencio, la paz interior que nos permita el encuentro con nosotros mismos.

En segundo lugar, están las dificultades internas. Una vez recuperado el silencio, surge la segunda prueba. No es fácil conocerse a sí mismo, primero porque toda persona tiene algo de misterioso e inabarcable, en segundo lugar porque tal vez lo que conozcamos no nos guste y en tercer lugar por la facilidad para auto engañarnos.

Para este viaje hacia el interior al que invito, solo se necesita querer hacerlo. Buscar un pequeño rato cada día, un lugar tranquilo y la voluntad firme de perseverar aunque el aburrimiento y el cansancio aparezcan al principio. Tal vez se necesite la ayuda de alguna persona de gran vida interior. También pueden ayudar las lecturas clásicas sobre el tema o de autores recientes tales como Pablo d´Ors (Biografía del silencio) o el cardenal Sarah (La fuerza del silencio).

No hacerlo, en este tiempo de vacaciones, supone seguir en el engaño: no eres ni tus cosas, ni tus ocupaciones, ni tus éxitos, ni tus fracasos, ni tu posición social, ni tu belleza o tus saberes. Seguirás siendo un actor que vive una vida cuyo guion han escrito otros. Intentarás agradar a todos, a muchos de los cuales ni los quieres, pero de los que mendigas su aprobación. No intentar este viaje será, al menos, perder la ocasión de vivir una vida personal auténtica, de ser alguien en lugar de algo que consume sensaciones. Como decía Séneca: «Es mucho más importante conocernos a nosotros mismos, que darnos a conocer a los demás».

Hacerlo, por el contrario, es la experiencia más revolucionaria que existe. Nada vuelve a ser como antes. Así es como descubrirás que todo lo que necesitas para ser feliz está dentro de ti. Muchos son los beneficios: Aprender a quererse mucho y a gustarse poco, es decir, a aceptarse y a superar las limitaciones; descubrir las motivaciones ocultas, sin dramatizar ni autocompadecerse; comprender a los demás; tener una mayor libertad interior, y un largo etcétera.

Por último, no podemos olvidar que, para los creyentes, como decía san Agustín, «en el interior del hombre habita la verdad», y es allí donde el hombre puede encontrar a Dios. Nada mejor que oírle al finalizar este artículo: «¡Tarde te amé, hermosura tan antigua y tan nueva, tarde te amé! Tú estabas dentro de mí y yo fuera, y por fuera te buscaba; y deforme como era, me lanzaba sobre estas cosas hermosas que tú creaste. Tú estabas conmigo, pero yo no estaba contigo; me retenían lejos de ti cosas que no existirían, si no existieran en ti. Pero tú me llamaste y clamaste hasta romper finalmente mi sordera».