Cruzada-Carmelo. Singular hermanamiento.

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Por Javier de la Iglesia
A veces
circulamos por la carretera y nos encontramos a la entrada de un pueblo
cualquiera con un cartel que nos indica que esa población está hermanada con
cierta ciudad de otro país. En ocasiones con una nación completa, y a primera
vista no percibimos bien la causa. Si bajamos el puerto de Tornavacas
(Extremadura) y vemos que Jerte está hermanado con Japón, nos extrañamos y
podemos preguntarnos a qué se debe. A algo que los une, evidentemente: los
cerezos. Del mismo modo en una comunidad de vecinos, siempre hay especial
afinidad con alguno, ese al que siempre vamos a pedirle la sal o el azúcar
cuando la tienda está ya cerrada. Puede ocurrir también que en la Iglesia dos
instituciones tan aparentemente distintas como una orden contemplativa femenina
con cinco siglos de rodaje y un Instituto secular masculino naciente se
encuentren hermanados.
El origen hay que buscarlo en los primeros pasos de nuestra
institución. Ya en 1948 el P. Morales subía en peregrinación al Cerro de los
Ángeles con los miembros del incipiente Hogar del Empleado y entraba en el
locutorio para hablar con las carmelitas. El Instituto de los Cruzados no
estaba aprobado, ni siquiera diseñado. Las actividades apostólicas del Hogar
del Empleado, especialmente las tandas de ejercicios, estaban respaldadas desde
la oración por las órdenes contemplativas. Cuando en 1956 emprendió el P.
Morales los cursillos de formación en Comillas, que se iniciaban con una tanda
ignaciana de mes, envió 400 cartas a otros tantos conventos de contemplativas
para que pidieran por esa intención.
El año 1960 marca un momento importante en la vida del P.
Morales, al ser separado de la obra que había fundado. Un año después, octubre
de 1961, será enviado a Badajoz, y comienza allí una relación importante con
aquel Carmelo, adonde le dirigían los cruzados sus cartas. Cuando en 1962
comienza a escribir la historia de la institución, dirá:
“fueron precisos los sufrimientos y angustias de la
separación, para soldar, en amalgama irrompible, para el cielo y la tierra,
Cruzada y Carmelo. Esas carmelitas descalzas (…) en cartas que me escriben,
añaden muchas a su nombre y a la Orden a que pertenecen, esas emotivas
palabras: «y cruzada de Santa María»; esas cruzadas que les gusta llamarse y
que se les llame «carmelitas de fuera», y que en sus charlas íntimas llaman
Carmelo a sus casas, revelan bien a las claras, con otros muchísimos recuerdos
y hechos que todos evocáis, una alianza providencial, que sólo ha podido surgir
gracias a lo sucedido en esos inolvidables años” (Génesis
y Desenvolvimiento, p. 7).
En efecto, a partir de 1960 el P. Morales tuvo estrecha
relación con muchos Carmelos de nuestra geografía, y especialmente con sus
prioras. Santa Maravillas había fundado en Duruelo, cerca de la “fonte do mana
y corre”, un palomarcico carmelitano en julio de 1947. Santa Maravillas, con
quien tantas veces tuvo confidencias el P. Morales en distintos locutorios de
España, le ayudó en todos los sentidos, no sólo el espiritual y de consejo.
Pero no fue la única. Muchas prioras de distintos Carmelos de
España gozaron de la conversación y espiritualidad del P. Morales y viceversa.
Él experimentó la fuerza de esos “neveros ocultos” (Hora de los Laicos, p. 109), la profundidad de sus
palabras y, por ello, se acercaba a sus locutorios. Sería imposible nombrar
todos, porque siempre nos dejaríamos alguno, pero en algunos halló algo
especial.
Y no sólo él, sino que enseñó a los cruzados a que
frecuentasen los distintos locutorios de la orden. Tres veces al año hacía él,
y luego han seguido haciendo los cruzados, lo que llamaba rutas carmelitanas;
la del norte: Gijón, Ruiloba, Torrelavega, Zarauz…; la castellana: León, Grajal
de Campos, Palencia, Valladolid, Medina del Campo; Segovia, La Granja… En
otras ocasiones emprendía otra más clásica: La Encarnación, San José, Mancera,
Duruelo, Cabrera, Salamanca… A ellos hay que añadir los de Madrid y los
fundados directamente por santa Maravillas, como el de la Aldehuela, del que
era confesor ordinario. En muchos de esos carmelos fueron entrando dirigidas
espirituales suyas, militantes de la Virgen, hasta más de cien jóvenes que hoy
día piden por las distintas instituciones fundadas directamente por el P.
Morales.
“Tronco ignaciano y savia carmelitana”
Así es como definió a los Cruzados y Cruzadas de Santa María
el P. Morales, “tronco ignaciano, pero savia carmelitana” (Itinerario litúrgico, p. 640). Una síntesis de lo
que supone para el cruzado esta savia carmelitana aparece en su obra Tesoro escondido (p. 11): “Vuestra vida se
impregna con «savia carmelitana». Ella [santa Teresa] quiere que vosotros seáis
también «eremitas contemplativos» y «hombres celestiales» (carta de 21-10-1576
al P. Mariano), pero para ayudar a todos a conseguir la perfección del
Evangelio, siendo «en este tiempo amigos fuertes de Dios» (Vida 15,5)”.
Santa Teresa fue desde el comienzo, junto a san Ignacio de
Loyola y san Francisco Javier, adalid y protectora de la institución. La
lectura de sus obras estuvo presente desde sus años de formación jesuítica. De
aquellas lecturas fue entresacando cientos de fichas escritas a mano, que luego
utilizó en sus tandas de ejercicios y predicación en general, así como en sus
distintos escritos. San Juan de la Cruz constituyó igualmente en los años
cincuenta un baluarte en su formación, que él supo transmitir. Sus obras le
devolvieron la paz en los momentos en que más arreciaba la tempestad contra su
persona y obra, en el año 1960.
Pero a ellos le siguió en su etapa de madurez el descubrimiento
de Teresa del Niño Jesús, la santa más grande de los tiempos modernos, con el
camino de infancia espiritual y la espiritualidad de las manos vacías. A una de
estas prioras le invitaba a hacer la ofrenda al amor misericordioso: “Hace más
o menos seis años hablaba yo con M. Carmen en Duruelo, y le hablaba
precisamente de esta consagración al amor misericordioso. Me dijo ella que no
la había hecho nunca. Llevaba ya en el Carmelo más de quince años. Yo creía que
ya no me iba a decir nada. Y en una de las cartas que me escribió, lástima que
no conserve yo todas las cartas, que fueron bastantes: «No puedo explicarle,
padre, la evolución que ha habido en mí. Casi sin yo buscarlo, me ha ido
empujando el Señor a buscarle de una manera más auténtica. Siento que su amor
misericordioso ha iluminado muchas tinieblas, y ha puesto en erupción este
corazón volcánico»” (Ejerc. 29-VIII-1983).
Carmelos, modelos de vida para los cruzados
En primer lugar son un modelo de vida de familia.
Los Carmelos son “esos «palomarcicos de la Virgen», vanguardia y modelo de
hogares para la Cruzada de Santa María” (Reglas
22). “La austeridad de vida que llevan no se resistiría sin un amor enorme a
Jesucristo, pero esto sólo no bastaría. Sin el amor íntimo y respetuoso entre
ellas en caridad, la más estrecha, sin la más cálida vida de familia, sería
imposible tolerar esa vida. El amor íntimo a Jesucristo y la vida íntima de
familia bastan para explicar la perseverancia en la vida austera de un Carmelo”
(Tesoro escondido, p. 311).
En segundo lugar constituyen un modelo
de ardor apostólico, con Teresa del Niño Jesús, patrona de
las misiones, como guía. “Amor carmelitano, que no desperdicia un solo instante
del día sin ofrecerlo por [las almas]. Amor del cruzado, que sabe que para la
conquista de la juventud vale más un pequeño impulso de amor que todas las
obras exteriores juntas” (Itinerario litúrgico,
p. 344).
En tercer lugar, resultan un modelo de formación de minorías.
Nos invitan a ser forjadores de almas una a una. El P. Morales da este consejo
a los cruzados sacerdotes, pero sirve igualmente para los laicos: “Si en algo
se tiene que notar vuestra estrecha vinculación al Carmelo, es en este vivir de
fe en el apostolado formando minorías siempre actuantes en la masa. Sed, más
que predicadores, confesores o directores, forjadores de almas una a una” (Sacerdotale, p. 61).
Finalmente, los Carmelos representan un modelo
de sufrimiento en el amor. Las carmelitas son expertas en
el arte de amalgamar dolor y plenitud de amor, que caracterizan la vida de un
cruzado. “En sus oídos resuena aquella canción que entonaron las carmelitas a
Juan de la Cruz, recién fugado de la prisión. «Quien no sabe de penas / en este
valle de dolores, / no sabe de cosas buenas, / ni ha gustado de amores, / pues
penas es el traje de amadores»” (Reglas, p.
234).

Estas carmelitas, que tanto conocen nuestra institución y
tanto se han ofrecido en estos últimos años por la unidad de los Cruzados, se
inmolan lentamente por la Iglesia y por sus misioneros. Para quienes lean estas
líneas y nunca se hayan acercado a un Carmelo a visitarlas, les aconsejo que no
pierdan esta oportunidad. De esa forma valorarán en su justa medida qué misión
cumplen ellas en esos conventos.