Teresa, alma de fuego

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Por José Luis Acebes
El 28 de marzo hemos conmemorado el V centenario del
nacimiento de santa Teresa. Exposiciones, itinerarios culturales, conciertos,
veladas de oración, y muchas otras actividades jalonan nuestra geografía a lo
largo de este año teresiano.
¿Qué tiene Teresa, que sigue encandilando hoy a cuantos se
acercan a ella?
Antonio Machado lo expresa con lenguaje poético:
“¡Teresa,
alma de fuego,
Juan de la Cruz, espíritu de llama
por aquí hay mucho frío, padres, nuestros
corazoncitos de Jesús se apagan!”
            (Proverbios
y cantares, XX)
Y es que Teresa es un foco de luz que resplandece en un mundo
surcado por las sombras. Es calor vital que se propaga en esta sociedad en la
que hay mucho frío. Es en definitiva espíritu de llama: fuego interior, contagioso,
expansivo, que incendia a quien se acerca a ella.
Estáse ardiendo el mundo fue el título del V encuentro Laicos
en Marcha, que acabamos de celebrar. De él hemos salido con el corazón en
ascuas. Hemos comprendido que solo un fuego mayor es capaz de combatir la
descristianización y la deshumanización que se propagan incendiariamente en
nuestros días. Y ese fuego es el de Jesucristo, el que nos transmite Teresa.
¿Qué tiene Teresa que así encandila?
En un mundo de apariencias, resplandece su autenticidad: escribe como habla, y habla de lo
que vive. Su reflexión es comunicativa y contagiosa. Así lo declaró el
licenciado Aguiar, un médico joven que gozó de su trato en Burgos: su habla era muy graciosa, su conversación suavísima y
muy grave, cuerda y llana.
¡Cuánto daríamos por retroceder en el
tiempo y conocer a la misma Teresa!
Disponemos de un recurso para ello: leer sus escritos. En efecto, como declaró D. Pedro de
Castro, que la trató, los que leyeren sus libros
pueden hacer cuenta que oyen a esta santa Madre; porque no he visto dos
retratos tan parecidos entre sí, como son los libros escritos y el lenguaje y
trato ordinario de la santa Madre.
¡Cuánto bien siguen haciendo los libros
de la santa abulense y universal! Edith Stein, por entonces
judía agnóstica, se topó en 1921 con el “libro de la vida”. Lo leyó de un tirón
durante una noche. “Cuando cerré el libro, me
dije: esta es la verdad”. Recibió el bautismo, ingresó después en el
Carmelo y acabó ofreciendo su vida en Auschwitz en 1942. No en vano Azorín opinaba que la Vida de santa Teresa es el libro más hondo, más
denso, más penetrante que existe en ninguna literatura europea.
Pero hay otro recurso más eficaz si cabe para conocer a la
santa Madre: conocer a sus
hijas. Es la ley de la
herencia. Acercarse al locutorio de un convento teresiano es una experiencia
que deja una huella viva y profunda. ¡Cómo se empapa el espíritu cuando te
dejas envolver por la atmósfera de humanidad y espiritualidad que emanan de los
Carmelos! Teresa resplandece como mujer de oración, como fundadora, como
escritora, pero sobre todo como madre. Así lo dicen sus hijas. Y así lo
constatamos los que nos acogemos a su maternidad.
Y por último cabe señalar otro medio no menos eficaz para
conocer a santa Teresa: practicar
sus obras. El P. Morales
repetía que las ideas no se comprenden hasta que no se viven. Imitar a Teresa
en su autenticidad, en su alegría, en su maternidad, en los pequeños detalles,
en su dejarse hacer por el Señor. Entre los pucheros. En las circunstancias de
la vida ordinaria: con la familia, con los compañeros, con los vecinos. Desde
la normalidad.
Machado comentaba en su diálogo que nuestros corazoncitos de Jesús se apagan. Alguien
podría haberle sugerido: “Mira Antonio, tú tienes la solución; tú puedes
calentar el mundo y los corazones. Sé con Teresa alma
de fuego en medio del mundo”.

Leer sus libros. Conocer a sus hijas. Practicar sus obras.
¿No es este un buen reto para el V centenario teresiano?