De dos en dos

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Quixote. Ilustración: Juan Francisco Miral
Quixote. Ilustración: Juan Francisco Miral

Triste puedo estar solo; para estar alegre necesito compañia.

—Elbert Hubbard—

La alegría es ese elemento especial que le da textura y sabor a nuestra vida diaria. La alegría es un bien expansivo, necesita compartirse con los demás.

—Pepe, ¿qué te ha pasado en esa oreja?

—Estaba planchando, llamaron al teléfono, me confundí y contesté con la plancha.

—¡Caramba! ¿Y en la otra?

—¡Querrás creer que el imbécil volvió a llamar…!

Ese estado anímico eufórico que engendra la alegría, lo contagiamos a todo lo que nos rodea. Hiperbólicamente, Cervantes muestra esta característica contagiosa de la alegría en el comienzo del capítulo 4 del Quijote: La del alba sería cuando don Quijote salió de la venta tan contento, tan gallardo, tan alborozado por verse ya armado caballero, que el gozo le reventaba por las cinchas del caballo.

La alegría tiene un halo expansivo y cálido que se engendra en el contacto con las personas, y produce una sensación de bienestar que se refleja en el rostro y anida en el corazón.

Es necesario que nos abramos a la alegría de ser, de vivir, de compartir; y no deberíamos conformarnos con menos.

La generosidad es constitutiva de la alegría, y por eso esta tiende a compartir, convirtiéndose en un nexo de unión y en una impulsora del vínculo social. La alegría hace más fluidas las relaciones sociales.

La alegría nos hace explotar, es comunicativa, se irradia. No se puede gozar a solas, sino que hay que compartir con los otros la fiesta como nos cuenta el Evangelio con el pastor que ha encontrado la oveja perdida, y la mujer que halla la moneda desaparecida entre el polvo: Alegraos conmigo (Lc 15, 1-10).

Ánimo, pues. Con la alegría de tu corazón puedes hacer mucho bien a tu alrededor, en medio de una sociedad que vive de alegrías efímeras y que desconoce, o no quiere reconocer, que la alegría que nunca se acaba es la que nace en Dios y en él tiene su fin.

Sepan los que pretenden reconstruir un pueblo —dijo Azorín— que el primero, el más hondo y fundamental de nuestros deberes es la alegría.

Y es que la alegría tiene un componente de bien social, solidario, porque si el dolor puede bastarse a sí mismo, la alegría, para ser completa, requiere ser compartida.

Es importante saber alegrase con quien festeja y no solo saber llorar con quien sufre. Porque, como escribe el poeta francés Paul Éluard (1895-1952): no llegaremos a la meta uno a uno, sino de dos en dos.