De fecundos y multiplicativos, a lo contrario

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Foto: Eric Froehling
Foto: Eric Froehling

Por Alejandro Macarrón Larumbre

«Sed fecundos y multiplicaos; llenad la tierra y sometedla»

(GÉNESIS 1,28)

El mandato bíblico de tener abundancia de hijos se cumplió a satisfacción durante varios milenios. Hasta hace muy poco, la generalidad de los seres humanos, cristianos o no, eran fecundos y se multiplicaban. La tierra se llenó de nuestros prójimos. De unas pocas decenas de millones de Homo sapiens en total en los tiempos de Abrahán, según las estimaciones demográficas históricas, y vastísimas extensiones deshabitadas en zonas del globo terráqueo sin clima demasiado frío o fuentes de agua potable, a los más de 7.500 millones de humanos actuales y la escasez de tierras habitables poco pobladas, la humanidad ha recorrido un largo trecho. Pero en un giro abrupto de nuestro devenir humano, últimamente, en Occidente, y no solo aquí, hemos emprendido un camino de regreso, que augura tiempos tristes y de decadencia. Ahora somos muy infecundos y tendemos a perder población. Es el llamado «invierno demográfico» o «suicidio demográfico».

Cabría pensar que el mandato bíblico fundamental que encabeza estas líneas ya ha sido satisfecho, con una tierra bastante llena y en no pocos lugares por mucho, y que, de seguir creciendo indefinidamente en número, los humanos seríamos demasiados algún día, del que no hay evidencias sólidas de que haya llegado, pero que acabaría llegando. Y, por tanto, parece razonable creer que ya no habría que llenar (mucho) más la tierra. Pero una cosa sería mantenernos más o menos como estamos ahora, y otra muy distinta que en Europa y en muchos países de otros continentes y culturas, tengamos en media tan pocos niños que tendamos a perder población, y además a un ritmo creciente.

En ausencia de grandes aflujos de inmigración extranjera, esa pérdida de población ya está sucediendo en España, Italia, Portugal, Grecia, Suiza, Austria, Finlandia, casi toda la Europa del Este o Japón. En ellos muere más gente autóctona de la que nace, porque su tasa de fecundidad (el número medio de hijos por mujer) es, desde hace décadas, sensiblemente inferior al necesario para que se produzca el relevo generacional. Los países con fecundidad insuficiente son cada vez más, y con las tendencias actuales, en unas pocas décadas, serían virtualmente todos los del mundo.

Lo malo de tener pocos niños no es solo perder población, lo que ya conlleva efectos negativos para las familias, las naciones, la economía y las empresas. Si en una sociedad cada vez hay menos niños y jóvenes, el peso relativo en ella de los ancianos y personas cercanas a la senectud aumenta. Y si la esperanza de vida sigue creciendo —algo maravilloso, pero que puede ser un regalo envenenado, si de viejos no tenemos quien nos cuide ni quien produzca la riqueza que necesitamos para poder vivir bien en lo material—, aún más. Por ello, en nuestro tiempo, las sociedades infecundas, como la española, tienden a estar tremendamente envejecidas, algo muy negativo para su pujanza y prosperidad.

Pero no solo de pan vive el hombre. Y en este asunto, el riesgo de empobrecimiento material que entraña una sociedad decrépita y menguante, probablemente no será el peor problema de los que esa dinámica demográfica conllevará, porque hemos alcanzado un nivel de prosperidad altísimo (y podríamos vivir perfectamente con menos cosas que ahora), y porque nuevos desarrollos tecnológicos paliarán en parte el efecto empobrecedor de la disminución y envejecimiento de la población en edad laboral, y de la reducción del cociente entre número de personas que trabajan y jubilados. Difícilmente lo compensarán en su totalidad, pero lo podrían aliviar.

En mi opinión, peor aún será —ya empieza a ser— el problema de la soledad generalizada por falta de parientes cercanos, a lo que se suma el efecto de las rupturas de pareja, el que cada vez más gente no se case/empareje, y que pocos hijos adultos acojan en nuestro tiempo a sus padres ancianos en su casa.

El efecto de la soledad se siente especialmente en el amanecer y el crepúsculo de la vida. En la infancia, por escasez o carencia de hermanos de los que aprender, en los que apoyarte y con los que jugar; y en la vejez, por falta de cariño y ayuda en tareas cotidianas básicas, tristeza/melancolía y aburrimiento. Además, la soledad cuesta dinero. Es más caro por persona vivir solo o poco acompañado, que algo o muy acompañado. En los hogares donde habitan varias personas se comparten gastos, y en general, cuanta más gente conviva, menos cuestan muchas cosas de primera necesidad por morador, con lo que una misma cantidad de dinero cunde más. Pues bien, entre 1970 y 2019, en unos 50 años, se ha multiplicado por seis el porcentaje de españoles que viven solos, mientras que el de compatriotas que conviven con cuatro o más prójimos, casi siempre sus padres, hijos o hermanos, ha caído en picado. Y ese incremento de la soledad va a más.

A caballo entre el problema de soledad y empobrecimiento económico que conlleva el invierno demográfico, habrá que añadir algo moralmente devastador: la tentación de no tratar adecuadamente a los ancianos, cuando no de eliminarlos, por lo caro y pesado que resultará mantenerlos, si ellos son muchos, y quienes deben cuidarlos y producir la riqueza que necesitan son pocos. Entre muchos, un peso considerable se transporta bien. Entre pocos, cuesta mucho más, y a partir de cierto umbral de peso, directamente, no se puede transportar.

En definitiva, por primera vez desde tiempos del Génesis, y aun mucho antes, el género humano tiende a la infecundidad generalizada. Sin entrar en consideraciones morales, ya solo por ser contraria a nuestra supervivencia como especie, y por razones de peso ligadas a cómo se estructuran las sociedades, la insuficiencia reproductora no es sostenible a la larga, y nos acarreará graves problemas sociales y personales, que se describen en detalle en nuestro libro Suicidio demográfico en Occidente y medio mundo (solo disponible a través de Amazon) [Ver reseña].

Ojalá reaccionemos, y recuperemos las ganas de tener niños, y la estructura de valores familiares/sociales/morales, y de leyes, que lo propicien. Porque si no lo logramos, como siempre se ha dicho en España ante situaciones catastróficas, «que Dios nos pille confesados», ante la triste decadencia humana en que nos tocará malvivir.


Alejandro Macarrón Larumbe es Ingeniero y consultor de estrategia empresarial y Director de la Fundación Renacimiento Demográfico