Dos minutos después

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Dos minutos después. Ilustración: Juan Francisco Miral
Dos minutos después. Ilustración: Juan Francisco Miral

Cada vez que tomas una actitud con respecto al tiempo, en realidad, expresas algo sobre ti mismo. El tiempo, en un sentido subjetivo, es un espejo.

—Deepak Chopra—

La casa donde vivo está atendida por dos señoras: una, hace la comida; y la otra, atiende la limpieza y la lavandería.

Una mañana de marzo llega una de las señoras y me dice:

—¡Qué mañana más rica! Hace casi calor.

Dos minutos después llega la otra señora y me comenta:

—¡Vaya malo que hace! Con la helada que ha caído, hace un frío que pela.

¿Ha cambiado el tiempo en dos minutos? No, es la percepción subjetiva de cada uno lo que hace que el tiempo parezca distinto.

Todas las personas estamos irreversiblemente maniatadas por la subjetividad, y esta circunstancia nos hace falibles en cualquier observación. Todo criterio, toda conclusión, todo veredicto siempre está teñido por esa subjetividad con la que vivimos, con la que observamos, con la que pensamos. Todas nuestras ideas y todos nuestros juicios están filtrados, condicionados por nuestra particular perspectiva, por el color del cristal con el que miramos.

Existe una técnica de pintura denominada trampantojo que intenta engañar a la vista jugando con el entorno arquitectónico (la perspectiva, el sombreado y otros efectos ópticos) consiguiendo una «realidad intensificada» o «sustitución de la realidad».

La imagen que cada uno percibe no es una mera copia de la realidad, sino que es el resultado de un proceso «constructivo», mediante el que se interpretan los datos que aportan los sentidos. Así, se puede decir que todo lo que vemos o sentimos es relativo, ya que depende de con qué lo comparemos.

Esta construcción está condicionada por diferentes factores, como por ejemplo la atención, la memoria, la imaginación y los aspectos culturales, psicológicos, emocionales y sociales de cada individuo. Por eso, la mayoría de las personas tienen una percepción diferente de las cosas, ya que, a pesar de recibir los mismos datos, las interpretaciones que tienen los cerebros son muy diversas, debido a que los factores que condicionan estas interpretaciones son en gran parte diferentes.

Algunas enfermedades alteran la percepción hasta tal punto que no se puede distinguir una ilusión o una alucinación de algo real. Esto suele ocurrir en casos extremos como la esquizofrenia o la anorexia nerviosa, en las que los pacientes ven y oyen cosas que un individuo sano no percibe.

Tenemos, pues, que esforzarnos en ser objetivos para no caer en la esclavitud del subjetivismo que nos puede llevar del frío al calor, dos minutos después.