Dos películas

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Dos películas. Un hombre para la eternidad. Waterloo.
Dos películas. Un hombre para la eternidad. Waterloo.

Una de las pérdidas más funestas para el mundo moderno y contemporáneo es el rechazo de la conciencia, con razón delimitada por la Iglesia católica con el adjetivo especificativo de recta. Todo está puesto en manos de los hombres, menos la autorización de cambiar el bien y el mal. «Atrevámonos a todo» anuncia para la modernidad el príncipe Segismundo, y las brujas que vaticinan a Macbeth su porvenir, al comienzo del acto primero, proclaman con alegría: «El mal es bien, y el bien es mal: cortemos los aires y la niebla». Pero ¿qué tiene que ver la conciencia con la política? Y ¿qué tiene que ver la fantasía de los poetas con el curso de la historia? Pues esta es la cuestión. Para una autoridad católica «Del Rey abajo ninguno» estaba exento de cumplir la ley de Dios, como enseñaba en su drama Francisco Rojas Zorrilla, a pesar de que ya Maquiavelo y su Príncipe habían difundido que la razón de estado estaba por encima del bien y del mal.

Hoy propongo contraponer dos películas de sobra conocidas por todos: Un hombre para la eternidad (1966), y Waterloo (1970), esta sobre la derrota definitiva de Napoleón.

Cómo me sorprende que Inglaterra —la que Galdós en los Episodios Nacionales llamaba la Pérfida Albión— tenga entre sus hombres eximios nada menos que a adalides en defensa de la conciencia. El cardenal Newman, subido a los altares por haber sabido ser fiel a una conciencia objetiva por encima de una subjetividad propia de la tradición luterana, en este caso anglicana. Y el mártir de la conciencia, santo Tomás Moro.

De Un hombre para la eternidad solo quiero que os detengáis en tres diálogos, cuando ya Tomás va a ser perseguido y encarcelado. El primero es con su amigo, el Duque de Norfolk, cuando le pide que tiene que ceder, como han claudicado todos los demás. Moro replica que la religión no significa nada para ellos y que si hubieran escuchado el sermón de la montaña se habrían quedado roncando. El segundo es el que tiene lugar con Cromwell, de nuevo Norfolk y con la autoridad religiosa. Solo resalto la respuesta de Moro: «Si yo, por no ser fiel a mi conciencia, voy al infierno, ¿vendrás conmigo?». El tercero es el encuentro con su familia en la torre. La hija le arguye para que firme. Moro le responde que sería como abrir los dedos cuando en las manos tienes agua. Todos los aspectos de la vida, tanto personales como sociales o colectivos, dejan de estar al servicio del bien común por el interés de quien sea.

Waterloo. Napoleón, desterrado a la isla de Elba tras haber sido derrotado en Leipzig, a su regreso de Rusia, proclama que todavía le queda la voluntad, contra toda lógica. Retornó a Francia, pudo haber salido victorioso, pero quedó derrotado. ¡Qué importaron los sufrimientos y desastres que sus ambiciones ocasionaron a Francia y a Europa! Lo tremendo es que esa su voluntad fue el modelo político que explica el terrible curso de la historia que configura la vida social y política de Europa.

El poeta Alessandro Manzoni escribió una oda funeral a la muerte de Napoleón: Los últimos versos pronuncian estas proféticas palabras:

Dios que alza y postra, dándonos
tribulación y aliento,
ya solitario el túmulo,
al lado vigiló.
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