El «suelo pegajoso» y la santidad laical

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Visitación. Marko Rupnik (2019
Visitación. Marko Rupnik (2019). Colegio de Montserrat (Barcelona)

«Suelo pegajoso» es un término que se emplea frecuentemente para subrayar las dificultades que encuentran las mujeres para salir del hogar familiar y adentrarse en el mundo laboral.

Pero la imagen del «suelo pegajoso» podemos aplicarla a otros ámbitos, como el de las dificultades que encontramos los laicos para lanzarnos decididamente a la santidad. A menudo esgrimimos nuestras responsabilidades familiares y laborales, las preocupaciones de todo tipo, la falta de tiempo, etc., para justificar nuestro escaso avance en la vida cristiana. Son nuestro «suelo pegajoso». ¡Pero el ámbito familiar y la vida pública constituyen precisamente, los lugares donde el Señor desea nuestra santificación!

Abilio de Gregorio contaba que, en una audiencia con el papa Juan Pablo II, en el breve tiempo que se le concede a cada invitado, le dijo al papa que era necesario canonizar más santos laicos que sirvieran de modelo. El papa le sonrió, y clavando en Abilio esa mirada profunda que tenía le dijo: ¡póngaselo fácil al papa!

¿Cómo «poner fácil» la santidad de quienes vivimos en el mundo? Fijémonos en los santos laicos: empezando por la Virgen María y san José, siguiendo por san Isidro y su familia, y desembocando en tantos «santos de la puerta de al lado», como los llama el papa Francisco.

Pongamos los ojos en la Virgen cuando visita a su prima Isabel. «María se levantó y partió sin demora» (Lc 1,39). (¡Este es precisamente el lema de la próxima Jornada Mundial de la Juventud 2023 en Lisboa!). María se levantó, superó el «suelo pegajoso». ¿Cómo? Señalemos tres claves.

1.- Fue «movida por el Espíritu Santo» (P. Tomás Morales). Es Él quien nos levanta del «suelo pegajoso» y nos pone en movimiento para hacer el bien a los demás.

2.- Con espíritu de servicio. María estuvo esos tres meses haciendo el bien a los demás, desplegando la misión en lo cotidiano.

3.- Llevando «la revolución de la alegría». Juan Bautista saltó de alegría en el seno de Isabel al escuchar el saludo de María.

Precisamente en la fiesta de san Juan Bautista, el 24 de junio de 1855, Juan Bosco pidió a sus muchachos que le escribieran qué regalo les gustaría recibir para celebrar su santo. Algunas de las papeletas pedían «cien kilos de turrón», un cachorro o incluso una trompeta. Pero hubo una nota que conmovió a Don Bosco; era la de Domingo Savio, y contenía solo cuatro palabras: «Ayúdame a ser santo».

Don Bosco le llamó y le planteó los tres ingredientes de su receta:

«Primero: la alegría. Lo que te perturba y te quita la paz no agrada al Señor. Elimínalo.

Segundo: tus deberes de estudio y oración. Atención en la escuela, compromiso con el estudio, rezar de buena gana cuando se te invita a hacerlo.

Tercero: hacer el bien a los demás. Ayuda a tus compañeros cuando lo necesiten, aunque te cueste un poco de trabajo y esfuerzo. La receta de la santidad está toda aquí», concluyó.

¡Vaya fórmula magistral: combinar la alegría, la misión de lo cotidiano, haciendo el bien! Como santo Domingo Savio, como santa María camino de la montaña. ¡Qué buena receta para aplicarla también en nuestra vida y así levantarnos
—despegándonos del suelo adherente que nos atrapa—, para ponernos en camino!

Si lo hacemos, impulsados por el Espíritu Santo, también nosotros y muchos laicos nos levantaremos del «suelo pegajoso» y, como María, «partiremos sin demora» por rutas de santidad.

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