El trabajo más insignificante

42
Panes. Ilustración: Juan Francisco Miral
Panes. Ilustración: Juan Francisco Miral

El trabajo bien hecho no es solo una responsabilidad social, es también una necesidad emocional.

Carlos Slim

Se cuenta de Thomas Carlyle (1795-1881), filósofo escocés, historiador, traductor, matemático, crítico social, ensayista, catedrático y rector de la Universidad de Edimburgo, que, en cierta ocasión, su esposa perdió la paciencia al pasar casi toda la noche junto al horno preparando pan para su marido, pero el pan no cogía el tostado que ella buscaba y, por fin, malhumorada, explotó:

—¡Que tenga yo que ocuparme en trabajo tan insignificante!

Su marido le recordó el caso del escultor italiano Benvenuto Cellini que se pasó toda la noche de vela vigilando el horno con su famosa estatua de Perseo.

—¿Y qué diferencia hay —preguntó a su mujer— en vigilar una estatua o el pan en el horno? La intención
—se respondió Carlyle a sí mismo—.

Efectivamente, hasta algo tan común como tostar pan, podemos hacerlo con toda el alma y, por eso, la persona que más respeto merece no es la que hace grandes cosas —que también—, sino la que cumple las tareas más pequeñas con la mayor dedicación, porque las pequeñeces hacen lo perfecto, y la perfección no es pequeñez.

No cabe duda de que sentimos profunda satisfacción cuando trabajamos con alma y vida; es decir, cuando hacemos con verdadero entusiasmo, con corazón, todos los trabajos, incluso los más insignificantes, porque lo principal no es la importancia del trabajo, sino la disposición con que lo realizamos.

Es muy importante concienciar a los jóvenes —y menos jóvenes— de que el deber cumplido utilizando todos los recursos del alma, educa el carácter, y que, en cambio, el trabajo hecho con desgana y superficialmente, lo deteriora.

El trabajo hecho sin entusiasmo, a regañadientes, sin alma, rezongando, es la carcoma de la integridad personal, socaba el carácter por dentro.

El trabajo no es algo antinatural de lo que hay que huir para disfrutar de la vida: todo lo contrario, el trabajo es algo inherente a la misma naturaleza y, por eso, el trabajar con sentido nos encumbra y perfecciona, de ahí que la ociosidad, la pereza, el trabajar con desgana…, generen más complejos mentales y mayores fatigas que cualquier trabajo bien hecho.

El problema no es el trabajo en sí, el problema es la postura mental con la que cada uno se enfrenta al trabajo; por eso uno se puede amargar con un gran trabajo o puede disfrutar enormemente realizando el trabajo más insignificante.

Artículo anteriorEl puzle de la educación actual (I)
Artículo siguienteAbelardo de Armas: confidencias sobre su madre