El valor de los invisibles

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JMJ
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Acabamos de celebrar la Navidad. Hemos contemplado a Jesús entrando en la historia como los que no cuentan. ¿Qué meditaría María en su interior? El ángel le había dicho en la Anunciación que su hijo sería grande y que el Señor Dios le daría el trono de David su padre; pero cuando llegó a Belén, la ciudad de David, no hubo sitio para ellos en la posada, y en lugar de un trono, tuvo que recostar a su hijo en un pesebre. Después vio crecer a Jesús en una ciudad sin renombre (Nazaret), y trabajar en un oficio humilde (carpintero). Su vida pasó inadvertida, invisible, treinta años…

Qué contraste hoy, que todo es aparecer, destacar, «ser alguien», triunfar. La vida es una gran «operación triunfo».

Comenta el P. Morales a propósito de la vida de Nazaret: Dios en la aldea… Treinta años, casi todo el tiempo que vivió en la tierra. Jesús es el último entre los últimos. Y extrae esta conclusión: tengo que desaparecer para salvar al mundo. Jesús nos enseñará la verdadera grandeza: la grandeza de lo pequeño. Ejerce y predica la verdadera virtud: ser perfecto en las cosas corrientes y menudas, santo en las profanas, celestial en las terrenas, eterno en las temporales. Nos enseña a sacar todo el partido posible a una vida en apariencia vulgar.

¡Cuánto cuentan los que no cuentan, los invisibles! Son como las raíces: no se ven, pero sustentan la esbelta copa del árbol que admiramos.

Permitidme un testimonio personal. Durante la Jornada Mundial de la Juventud (JMJ) de Madrid fui enviado un día al Palacio de Congresos para apoyar el trabajo de los voluntarios (mejor sería decir voluntarias) en el centro de acreditaciones. Ellos se encargaban de resolver las incidencias en las acreditaciones, un trabajo poco vistoso, pero imprescindible, ya que todos los participantes en los actos con el Papa tenían que llevar su acreditación en regla. Cuando llegué a las 9,30 de la mañana ya una cola de centenares de personas esperaba para recoger su documentación. Los voluntarios pacientemente, uno tras otro, con buen humor, resolvían los montones de problemas que surgían, y todo el mundo se iba con su acreditación.

Aquellos voluntarios fueron todo un testimonio para mí. Una de ellas me confesó que el enorme esfuerzo de esos días la estaba transformando. Comenzó dedicando las tardes como voluntaria a la preparación de la JMJ —después de su horario de trabajo— y terminó sustituyendo sus vacaciones de agosto para completar la organización de las acreditaciones. Y tras cumplir el periodo comprometido, vio tal cantidad de gente y de problemas que comprendió, sin que nadie se lo mandara, que debía quedarse y echar una mano. Como ella respondieron otras dos más de la organización.

Ese día fui testigo de la abnegación de aquellos voluntarios invisibles. Se cumplía de nuevo lo de los apóstoles en el evangelio: no tenían tiempo ni para comer…, ¡y apenas para dormir! Ellos, que se desvivían para que todos pudieran estar con el Papa, solo pudieron verle por la televisión… Comprobé el valor de su trabajo oculto, ajeno a las críticas de quienes pretendían resolver sus asuntos «urgentísimos» pasando por delante de las urgencias reales de los demás.

Veinte horas después, a las 6,15 del día siguiente, nos despedimos, cansados, pero contentos. Aquellos voluntarios no se colgaron medallas, ni las recibieron, pero hicieron visible el valor de los invisibles, encarnando la vida de los auténticos invisibles de Nazaret. ¿Te apuntas?