Eutanasia. Una ley sin contar con los expertos

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No hay ningún enfermo que no pueda ser cuidado
No hay ningún enfermo que no pueda ser cuidado

«Al enfermo que sufre hay que cuidarlo siempre (…) No hay ningún enfermo que no pueda ser cuidado»


Por Rafael Núñez Martín, médico, especialista en Oncología

1./ Consecuencias de la ley

El pasado jueves, 17 de diciembre de 2020, fue aprobada por el Parlamento español la proposición de ley de regulación de la eutanasia. Un día que tendremos que recordar como de los más tristes de nuestra historia reciente, y probablemente no solo reciente; aunque una minoría trate de venderla como un avance en la libertad y un signo de progreso, es difícil encontrar en nuestras páginas más recientes una señal más clara y patente de retroceso y de inhumanidad.

Esta ley no ha sido debatida o discutida con ninguna asociación médica; de hecho, el Consejo General de Colegios Médicos de España (CGCOM) se ha posicionado en contra de que la eutanasia se considere un acto médico. Por su parte, el Comité de Bioética de España, que es el órgano consultivo del Ministerio de Sanidad, se ha manifestado claramente en contra de la ley, a través de un informe de 74 páginas con una argumentación intachable sobre la cuestión. Es decir, la ley ha sido aprobada en contra de los que serían considerados los expertos en este tema.

Con la aprobación de esta ley, España se suma a los cinco países en los que hasta la fecha se encontraba legalizada la eutanasia: los países del Benelux (Holanda-que fue el primer país en aprobarla en 2002, Bélgica y Luxemburgo), Canadá y Colombia.

¿Qué implicaciones tiene la aprobación de esta ley?

La primera y más evidente es que, una vez entre en vigor, va a permitir que aquellos pacientes con determinadas condiciones (enfermedades consideradas graves, invalidantes e incurables o condiciones crónicas que puedan conllevar un sufrimiento estimado como insoportable para el paciente, incluyendo enfermedades mentales o psiquiátricas) puedan solicitar a su médico responsable que se termine con su vida.

Otra de las consecuencias, perfectamente conocida y avalada, además, por ejemplos como el de Holanda, es el temido efecto de la «pendiente resbaladiza». Cuando se aprueba una ley para cubrir una serie de casos muy excepcionales e infrecuentes, el abanico de casos contemplados por esta regulación se va ampliando posteriormente de forma progresiva. Si la ley contempla a quienes tienen enfermedades graves incurables o enfermedades crónicas e invalidantes, ¿por qué no aceptar que contemple también a quienes tienen situaciones de demencia y no pueden decidir por sí mismos, pero generan situaciones de gran sufrimiento en sí mismos y en sus familias?; y si se acepta que contemple a estos últimos casos, ¿por qué no a quienes tienen enfermedades psiquiátricas, que acarrean también un profundo sufrimiento tanto personal como a sus propias familias?; y si esto es así, ¿por qué no a los adultos que refieren un enorme sufrimiento existencial, que es otra forma de sufrimiento no menos importante, o a aquellas personas que simplemente afirman estar «cansados de vivir»?; y siguiendo esta cuesta resbaladiza, se podría incluir también a aquellos niños que se estime que tienen un sufrimiento insoportable y que no pueden dar su consentimiento legal como el caso de los adultos. De hecho, uno de los primeros casos de eutanasia fue un niño, en la Alemania nazi.

Esto, que podría sonar a una posibilidad teórica, actualmente está ocurriendo en Holanda donde ya se han cruzado todas las barreras anteriormente descritas y, en estos momentos, se discute en el Parlamento holandés la puesta en marcha de una ley que permita dispensar en farmacias una pastilla (llamada «píldora Drion») que produzca la muerte a aquellas personas mayores de 70 años que simplemente aludan que no tienen ya ganas de vivir.

Otra consecuencia de esta ley es la grave perversión que implica respecto a la profesión médica. Hoy en día, en casi todos los ambientes, es común escuchar a la gente —incluso a gente muy formada— esgrimir como argumento en favor de la eutanasia: «Bueno, cada uno que haga lo que quiera con su vida». Lo que poca gente repara, y creo que es importante hacérselo ver, es que el hecho de que «uno haga lo que quiera» se llama suicidio, y el suicidio es una realidad distinta a la eutanasia. NO es, pues, un argumento válido para defender la eutanasia. Pues exiges a quien se ha formado para lo contrario, para cuidar, que te quite la vida, y eso es una auténtica barbaridad, de la que, además, observo con perplejidad, poca gente es consciente.

Una de las consecuencias más temidas, y que también ha podido quedar patente en el caso de Holanda, es el quebrantamiento de la confianza médico-paciente. La relación médico paciente, si en algo se basa, es en la confianza, pero en el momento en que el médico deja de ser ese profesional que vela por la salud, y se le otorga esa terrible atribución de dar muerte a los enfermos, la confianza entre el médico y el paciente se quebranta de una forma irreversible.

Para los enfermos, especialmente para aquellos que necesitan más cuidados, la existencia de esta ley —y esto ya se ha comprobado suficientemente en Holanda— supone una cierta coacción a solicitar la eutanasia. Muchos pacientes, llegada una cierta situación de su enfermedad o de su dependencia, tienden a pensar: «Si tengo la opción de la eutanasia, es egoísta querer que me sigan cuidando mis familiares». Se produce así el paso peligroso del «derecho a morir» a «la obligación moral de pedir la muerte».

¿Cómo se ha llegado a esto?

Son muchos los factores que en cierto modo han ido contribuyendo a crear el caldo de cultivo de esta «cultura de la muerte», germen inequívoco de leyes como esta. Hay que destacar dos factores. Uno de ellos, es la exaltación mediática de casos excepcionales y extraordinariamente infrecuentes, pero de un enorme impacto emocional. Es paradigmático el ejemplo de Ramón Sampedro, y cómo, a través de su historia, se han removido los medios audiovisuales para ir repitiendo una y otra vez (hasta hacerlos normales en nuestra mente) discursos en favor de esta cultura de la muerte. España y su «cultura» llevan al menos 20-25 años preparando el «terreno» valiéndose de casos tan puntuales como el de Ramón Sampedro (es difícil traer a la cabeza muchos más). El otro factor que, sin duda, más influencia ha tenido es la exaltación de la autonomía del paciente. Si bien la autonomía del paciente es un pilar importante en la relación medico-paciente, cuando esta se consagra de forma absoluta por encima de todo, degenera el acto médico. Estos dos factores, unidos a otros que por cuestiones de espacio es imposible enumerar, han ido contribuyendo decisivamente a que la sociedad haya ido acogiendo lo excepcional como «normal», y se haya ido creando el caldo de cultivo.

2./ La alternativa: los cuidados paliativos

¿Qué alternativas hay para los pobres pacientes que sufren?

La alternativa que hay a la eutanasia no es otra que los cuidados paliativos. Habría que llamarlo sencillamente cuidados, pero es cierto que, mayoritariamente, nos referiremos a cuidados paliativos. Así como hay enfermos incurables, no existen los enfermos incuidables, y esto es lo que hace que nuestra profesión sea muy bella. Dicho de otra forma, al enfermo que sufre hay que cuidarlo siempre, y no matarlo nunca. No hay ningún enfermo que no pueda ser cuidado.

¿Qué son los cuidados paliativos?

Al comenzar la carrera se repite una frase que condensa el contenido de la vocación médica: «La medicina consiste en curar, aliviar, acompañar…».

Si quitamos la palabra curar, nos quedamos con lo que son los cuidados paliativos. Son tan amplios que da cierto vértigo definirlos, pero serían todos aquellos cuidados (en su sentido más amplio) que necesitan un paciente y su familia, cuando el paciente tiene una enfermedad de la cual no se va a poder curar y que le va a producir un sufrimiento intenso. Es decir, engloban el alivio y el acompañamiento, casi nada.

¿Quién proporciona los cuidados paliativos?

Los cuidados paliativos los reciben los pacientes de sus médicos habituales (su médico de familia, su oncólogo…). Cuando los pacientes tienen situaciones clínicas difíciles y requieren unos cuidados «complejos» o más sofisticados, estos los administran equipos especializados en cuidados paliativos, que los integran personas con una formación específica en este campo. A veces, estos cuidados se reciben en el hospital y, siempre que es posible, en el propio domicilio del paciente.

¿Quiénes forman los equipos de cuidados paliativos?

El equipo suele estar formado por un mínimo de un médico y una enfermera. Algunos equipos, además, cuentan con las figuras de psicólogo, fisioterapeuta, trabajador social, persona de pastoral (sacerdote o no) y voluntarios. La extensión del equipo depende del tipo de equipo y de los recursos disponibles para esa zona o área geográfica.

¿Por qué tienen esa composición los equipos?

La razón de esta composición es la de poder dar una atención integral al paciente y su familia. Si por algo se caracterizan los cuidados paliativos, es por atender a la persona de forma integral, en todas sus dimensiones, es decir la física, la psicológica, la social y, por supuesto, la espiritual.

¿Qué consiguen los cuidados paliativos?

El objetivo de los cuidados paliativos es proporcionar bienestar al paciente y sus familias en situaciones de sufrimiento intenso, que generalmente, aunque no siempre, coinciden con momentos de final de la vida. Uno de sus principales objetivos es que los pacientes vivan bien hasta que mueran, y lo suelen conseguir.

¿Por qué no aplicar los cuidados paliativos en lugar de la eutanasia?

Los cuidados paliativos adecuadamente aplicados, harían que fueran anecdóticas las peticiones de eutanasia, como demuestran los estudios científicos internacionales. En uno de ellos, se partía de una serie de pacientes que habían manifestado que deseaban recibir la eutanasia. Tras ofrecerles a todos cuidados paliativos de una forma adecuada, casi el 100% de ellos decidieron declinar su petición, y declararon no desear la eutanasia. Cuando los pacientes se sienten cuidados, queridos y tratados como personas no desean morir.

Y si son tan buenos, ¿por qué es necesaria una ley de eutanasia en España?

En España no se necesita una ley de eutanasia. Se ha creado una necesidad que no existía. Lo que se necesita en España es un auténtico cuidado de los enfermos, entendido desde la esencia y vocación médica. Desde hace más de 20 años, innumerables grupos políticos y asociaciones han reclamado la elaboración de una ley nacional de cuidados paliativos. No sabemos porqué, pero aún no se ha elaborado.

En España, de todos los pacientes que necesitan una atención compleja de cuidados paliativos, solo el 50% la reciben de forma adecuada. El otro 50% (unos 75 000 enfermos) no tienen siquiera esa oportunidad. Los cuidados paliativos deberían ser un derecho universal, y no un privilegio de una parte de la población.

No se entiende que, si 75 000 personas aún no están recibiendo unos adecuados cuidados paliativos, sea necesario aprobar la ley de la eutanasia; ¿no sería más lógico tratar de cuidarlos antes de quitarles la vida?

La situación en España es tan ridícula como queda descrita en la pregunta. Es tan surrealista como intentar terminar con la pobreza matando a los pobres en lugar de buscando formas de ayudarlos. Pero la realidad es que así es, como suena.

Según cálculos realizados en 2014, y que hoy serían muy similares, la inversión que se necesitaría en España para que toda la población española tuviera acceso a una mínima atención de cuidados paliativos (basada en equipos con médico y enfermera) es de aproximadamente 28 millones de euros (implementación de 200 unidades de cuidados paliativos en el territorio nacional). Por poner esta cifra en contexto, esto equivale a aproximadamente el doble de lo que se invirtió en plena pandemia en dotar de fondos a las televisiones privadas (no conocemos ni la necesidad ni el motivo por el que se hizo). Mirado así comparativamente, da la sensación de que esa cantidad invertida en cuidar a los enfermos no es demasiada, ¿verdad? La pregunta es ¿por qué no se hace?

3./ iniciativas para cambiar la situación

Y dada una situación tan injusta, ¿qué se puede hacer para intentar solucionarla?

A nivel inmediato, da la sensación de que poco va a poder hacerse en la práctica para cambiar esta ley. No obstante, son muchas las cosas que podemos hacer, no solo los médicos, sino cualquier ciudadano, para ir cambiando las cosas en el corto, medio y largo plazo. Pues la responsabilidad de que esta «cultura» vaya cambiando es de todos, y cada uno debemos acoger nuestra parte en forma de pequeñas acciones. Cada granito suma mucho. Veamos algunas posibilidades. Lo ideal sería que si, mientras lees el artículo, sientes que esto también es responsabilidad tuya, puedas pensar en lanzarte con alguna pequeña cosa de las que se proponen aquí, o sumarte a alguna que ya esté en marcha. Entre todos, no tengo duda de que iremos cambiando la situación.

1. Proponer charlas de formación en tu parroquia, en tu trabajo, en tu comunidad más cercana… Algunas personas nos encargamos de dar charlas, conferencias, tertulias… sobre este tema de la eutanasia y los cuidados paliativos, para aclarar conceptos y explicar bien en qué consiste todo esto.

2. Promocionar a nuestros mayores como valores esenciales de la sociedad. No cabe duda de que uno de los sectores más castigados y olvidados de nuestra sociedad son los ancianos, nuestros mayores. Cualquier acción, personal, familiar, o social para favorecer, visibilizar o apoyar a los ancianos sería una buena idea en este sentido.

3. Promocionar y cuidar la familia. La familia, núcleo esencial donde el individuo crece seguro y armónicamente, ha de ser cuidada y protegida para evitar que las personas, cuando lleguen a mayores o enfermen, se sientan cargas. Si normalizamos la familia como el entorno natural de cuidado del otro, esta situación es difícil que se dé.

4. Combatir el individualismo. Es esencial tomar consciencia del individualismo en nuestra propia vida, en nuestras familias, nuestros grupos, y en la sociedad en general. En una sociedad más sana socialmente es muy complicado que germine la cultura de la muerte, pues la adecuada vinculación social transmite siempre vida y ganas de vivir.

5. Naturalizar la muerte. Reflexionar sobre la propia muerte, y tratar de ella con naturalidad en la sociedad, en los funerales, en los entierros, ante la enfermedad…; solo si estamos tranquilos ante nuestra propia muerte, podemos tratar este tema con naturalidad.

6. Por último, pero no por ello menos importante, revindicar en nuestros entornos y en la sociedad la necesidad de unos adecuados cuidados paliativos, que no lleguen al 50% de los españoles, sino al 100%. No debemos olvidar nunca que ningún ser humano, cuando se siente cuidado, desea su propia muerte.

No cabe ninguna duda, de que, con la pequeña contribución de cada persona, iremos haciendo de nuestro entorno una sociedad mejor donde reine la cultura de la vida.

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